– Podriamos comentar el asunto. Y a lo mejor descubrimos alguna via aceptable para los dos.

– Muy bien. Le aseguro que no deseo que este hombre vuelva a matar. Yo tambien tengo una hija.

Eche un vistazo por el apartamento.

– Vive con su madre, en Baviera. Estamos divorciados.

– Lo siento.

– No pasa nada.

– ?Y el hombre que estaba aqui cuando vine por la manana?

– Ah, se refiere a Beppo. Es amigo de mi esposa y vino a llevarse algunas cosas de ella en el coche. Es estudiante en Munich -Kassner bostezo-. Lo siento, comisario, pero ha sido un dia muy largo. ?Hay algo mas? Me gustaria darme un bano. No se imagina las ganas que tengo de darme un bano despues de un dia en la clinica. Bueno, puede que si se lo imagine.

– Si, senor, me lo figuro.

Nos despedimos, de forma mas o menos cordial, pero me preguntaba cuan cordial habria sido Kassner si yo hubiera mencionado a Joey Goebbels. No habia nada en el apartamento que indicase la afinidad nazi de Kassner. Sin embargo, no me imaginaba que Goebbels corriese el riesgo de tratarse con alguien que no fuese un miembro de confianza del partido nazi. Joey no era de esas personas que confian en la etica y la deontologia profesional.

Lamentablemente, nada sugeria tampoco que el lider del partido nazi en Berlin fuese un asesino psicopata. Una cosa era la sifilis y otra muy distinta el asesinato y la mutilacion de una nina de quince anos.

CAPITULO 9

BUENOS AIRES. 1950

No abri los viejos expedientes del Kripo que habia recibido de Berlin el coronel Montalban. A pesar de lo que le habia dicho, recordaba bastante bien los detalles del caso. Sabia perfectamente por que no habia logrado detener en su momento al asesino de Anita Schwartz. De todos modos, me puse manos a la obra.

Buscaba a una chica desaparecida que tal vez habria muerto. y buscaba a uno de mis viejos camaradas que podria ser un psicopata.

No parecia probable que ninguna de las preguntas indagatorias planteadas por el policia y admirador argentino condujese a la respuesta que el buscaba. Decidi indagar principalmente por mi cuenta. Pero segui adelante con su idea, por supuesto. No tenia eleccion.

Al principio me ponia nervioso interpretar el papel que me habia asignado el coronel. Para empezar, queria relacionarme lo menos posible con antiguos miembros de las SS; y, por otro lado, estaba seguro de que, pese a las convicciones de Montalban, se mostrarian hostiles con cualquiera que hiciese muchas preguntas sobre acontecimientos que preferian olvidar. No obstante, el coronel tenia razon. En la mayoria de los casos, en cuanto mencionaba la palabra «pasaporte», no habia nada de lo que no estuviesen dispuestos a hablar los criminales de guerra mas buscados de Europa. De hecho, a veces parecia que muchas de estas criaturas agradecian la oportunidad de desahogarse, de hablar sobre sus crimenes y justificarlos, como si estuviesen en la consulta de un psiquiatra o en un confesionario.

Al principio los visitaba en el lugar de trabajo. La mayor parte de los nazis residentes en Buenos Aires tenian empleos de categoria bien remunerados. Trabajaban en diversas empresas, como la constructora Capri, el banco Fuldner, la agencia de viajes Vianord, la planta de Mercedes-Benz, la fabrica de bombillas Osram, Caffetti, los electrodomesticos de gas Orbis, el laboratorio Wander y la fabrica textil Sedalana. Unos cuantos ocupaban puestos algo mas humildes, como la libreria Durer Haus, en el centro de la ciudad, el restaurante Adam y el cafe ABC. Uno o dos trabajaban para la policia secreta, aunque yo lo ignoraba por el momento.

Sin embargo, la actitud de un hombre en el trabajo suele ser muy distinta de la que adopta en casa. Era importante que estuviesen relajados y desprevenidos cuando me reuniese con ellos. Por eso, al cabo de cierto tiempo, empece a visitarlos en sus domicilios al estilo de la Gestapo, es decir, a altas horas de la noche o a primera hora de la manana. Mantenia los ojos y los oidos bien abiertos en todo momento y me reservaba mis verdaderas opiniones sobre estos hombres. Por supuesto, a veces me entraban ganas de desenfundar la Smith & Wesson que me habia dado Montalban y meterles una bala en la cabeza a mis viejos camaradas. Por lo general, salia de alli preguntandome que clase de pais era aquel que acogia a semejantes bestias. Ya conocia bien, demasiado bien, que clase de pais los habia engendrado.

Algunos se sentian contentos, o cuando menos satisfechos, con su nueva vida. Algunos tenian nuevas esposas o amantes muy atractivas, y a veces las dos cosas. Uno o dos eran ricos. Muy pocos se arrepentian en silencio. En su mayoria eran inexorablemente contumaces.

Lo unico que lamentaba el doctor Carl Vaernet era que ya no podia dedicarse a experimentar libremente con presos homosexuales en el campo de concentracion de Buchenwald. Declaro explicitamente que aquel habia sido el «trabajo mas importante» de su vida.

Vaernet era danes pero vivia con su mujer y sus hijos en la calle Uriarte numero 2251, cerca de la plaza de Italia, en el barrio bonaerense de Palermo. Moreno, un tipo corpulento, de ojos sombrios y boca pesimista y maloliente, dirigia una clinica de endocrinologia que ofrecia «remedios» muy caros para los padres de homosexuales argentinos con posibles. Argentina, que era un pais muy masculino, consideraba que ser joto o pajaro era un peligro para la salud nacional.

– Cuando caduque su pasaporte de la Cruz Roja -le dije a Vaernet-, si es que no ha caducado ya, tendra que solicitar a la policia federal un pasaporte especial. Para conseguir ese pasaporte, tendra que demostrar que ha tenido buena conducta durante su estancia en Argentina. Sus amigos, en el supuesto de que tenga alguno, pueden hacerle el favor de declarar como testigos de su buen caracter e integridad. Si este es el caso, como sin duda lo sera, yo mismo le emitire un certificado de buena conducta que le servira para solicitar un pasaporte argentino en un juzgado de primera instancia. Naturalmente, en el pasaporte puede figurar un nombre distinto. Lo importante es que asi podra viajar a Europa libremente como cualquier ciudadano argentino, sin miedo a posibles detenciones.

– Si, claro, quisieramos visitar a nuestro hijo mayor, Kjeld, que vive en Dinamarca – confeso Vaernet. Sonrio solo de pensarlo-. Aunque nos gusta mucho Buenos Aires, la patria siempre es la patria, ?eh, Herr Hausner?

Estabamos en el salon. Habia un piano de media cola con numerosas fotografias enmarcadas. Una de las fotografias era de los Peron y sus caniches -Eva con el negro, Juan con el blanco- que en conjunto parecian un anuncio de whisky escoces.

La esposa de Vaernet sirvio te con facturas, unas pastas muy populares entre los portenos mas golosos. Era alta, delgada y nerviosa. Saque cuaderno y pluma, y adopte una pose adecuadamente burocratica.

– ?Lugar y fecha de nacimiento? -pregunte.

– 28 de abril de 1893. Copenhague.

– Mi cumpleanos es el 20 de abril-comente. Al ver su perplejidad, anadi-: Era el cumpleanos del Fuhrer. -No lo sabia con certeza, pero siempre era un buen modo de convencer a tipos como el de que yo era una especie de nazi recalcitrante y, por lo tanto, digno de confianza.

– Ah, claro. Que tonto, no me acordaba.

– Exacto. Soy de Munich. -Otra mentira-. ?Ha estado alguna vez en Munich?

– No.

– Preciosa ciudad. O eso era, al menos.

– Muchos alemanes han venido a Argentina creyendo que el gobierno no se interesa por su pasado -dije despues de otra serie de preguntas anodinas-, que le da igual lo que hayan hecho en Europa antes de llegar a este pais. Me temo que no es exactamente asi. O ya no lo es. El gobierno no juzga a up hombre por lo que haya hecho durante la guerra. El pasado es pasado. Y lo que haya hecho no afectara a sus posibilidades de permanencia en este pais. Pero, como sin duda reconocera, todo eso guarda relacion con el tipo de persona que es usted ahora y la clase de ciudadano que puede llegar a ser. Lo que pretendo decir es lo siguiente: el gobierno no quiere emitir un pasaporte a quienes puedan hacer cosas que deshonren al gobierno. Puede hablar conmigo con total confianza. Recuerde, fui agente de las SS, como usted. Mi honor es la lealtad. Pero le insto a que sea

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