acaben las elecciones. Todo el mundo querra ayudarnos entonces, pero usted ya esta en condiciones de ayudarnos ahora. Que es cuando realmente importa.
– Ya le he dicho que no me interesa formar parte de su policia politica ampliada.
– No me refiero a eso. Quiero decir que podria quedarse donde esta, en el Departamento 4. Que podria seguir haciendo lo mismo que ahora. No es como si fuera comunista o algo parecido. Podemos pasar por alto su pertenencia al Frente de Hierro. -Se encogio de hombros con un gesto inocente-. Solo tiene que hacernos un favor.
– ?Que clase de favor? -pregunte intrigado.
– Queremos anular el caso Schwartz.
– Yo soy agente de policia, Herr Diels. No puedo hacer eso. Me han ordenado que investigue un asesinato y es mi deber llevar a cabo la investigacion con todo mi empeno.
– La gente que se lo ha ordenado no seguira ahi mucho tiempo. Ademas, los dos sabemos que en esta ciudad hay muchos casos que quedan sin resolver.
– Quieren que vaya despacio, ?no? Asi Goebbels puede acusar a Grezinski y Weiss de hacerse los remolones porque el viejo de la victima es un pez gordo de las SA, ?no?
– No, no tiene nada que ver con eso. La chica Schwartz era discapacitada. Tenia una pierna coja. Como Goebbels. Es un poco embarazoso para el que se airee este asunto en publico. Lo magnifica, de alguna manera. Anita Schwartz era coja. Y eso recuerda a la gente que Goebbels tambien es cojo. El doctor Goebbels estara en deuda con usted si el caso Schwartz queda empantanado, por asi decirlo.
– ?El pie de Joey es el unico motivo por el que quiere que no se esclarezca este caso?
– Si. -Diels parecia asombrado-. ?Que otro motivo podria haber?
Me parecio imprudente mencionar todo lo que sabia sobre el verdadero alcance de las discapacidades actuales de Joey,
– ?Y si asesinan a alguna otra chica en circunstancias similares? Entonces, ?que? -pregunte.
– Pues puede investigarlo. Solo deje de lado el caso Schwartz. Es lo unico que le pido. Solo hasta las elecciones.
– Para ahorrarle el disgusto a Joey.
– Para ahorrarle el disgusto a Joey,
– Tengo la sensacion de que en este asunto hay gato encerrado.
– No es muy recomendable que se aferre a esa idea. Para usted y para su carrera.
– ?Mi carrera? -Me rei-. Uf, eso me quita el sueno, si.
– Al menos sigue vivo, Herr Gunther. -Sonrio e inhalo la ultima parte del cigarrillo-. Ya es algo, ?no cree?
Ya habia oido todo lo que queria oir. Eche la mano al cuenco de fruta, cogi una bonita manzana dorada y me levante.
Las tres mujeres desnudas ahora estaban demasiado absortas para prestarme atencion, pero aquello parecia un espectaculo de cabare por el que los berlineses habrian pagado bastante.
– ?Eh, tu! -exclame-. Afrodita.
Tire la manzana y una de ellas la cogio. Naturalmente era la mas guapa de las tres suecas.
– No soy Afrodita -dijo sin ninguna gracia-. Me llamo Gunila.
No respondi nada. Me limite a salir con mi ropa y mi sentido del humor y mi educacion clasica. Ella no podia decir lo mismo.
Al salir, cruce la calle y compre tabaco. Delante del estanco habia seis hombres con pancartas electorales. Una era a favor de Bruner y el SPD, dos de Thalmann y los comunistas, y tres de Hitler. En conjunto, las perspectivas de futuro de la Republica no eran mejores que las mias.
En 1932 no iba mucho al cine. Si hubiera ido mas, tal vez no me hubiesen enganado tan facilmente. Habia oido hablar de la pelicula M de Fritz Lang, porque en ella salia un detective supuestamente basado en Ernst Gennat. Eso pensaba Gennat, al menos. Sin embargo, entre unas cosas y otras, me la perdi mientras estuvo en cartel. Seguian poniendola en el Union Theatre, pero durante el verano siempre tenia que hacer algo mas importante que pasarme la tarde viendo una pelicula. Como, por ejemplo, investigar un crimen. La vispera del dia en que ocurrio, estuve toda la noche examinando casos de asesinatos politicos en Wedding y Neukolln. Las descripciones aportadas por los testigos eran muy imprecisas, como cabia esperar. Al fin y al cabo, todos los criminales parecen iguales cuando visten camisa marron. Esta es mi disculpa. Pero una cosa es segura: la gente que me tendio la emboscada habia visto la pelicula.
Cuando salia de mi edificio de apartamentos, un nino vino corriendo hasta mi coche. No estaba seguro de si habia visto antes al chaval, pero, aunque lo hubiese visto, no creo que lo hubiera reconocido. Todos los chicos del barrio de Scheuneviertel se parecian. Este iba descalzo y era rubio, de pelo corto, con ojos azules. Llevaba unos pantalones cortos de color gris, camisa gris, y lucia dos velas sobre el labio superior. Supuse que tendria unos ocho anos.
– Una chica que conozco se acaba de ir con un senor muy raro -dijo-. Se llama Lotte Friedrich y tiene doce anos y el tio no es de por aqui. Era un senor bastante asqueroso con pinta rara. Es el mismo hijoputa que intento darle ayer unos caramelos a mi hermana, si se iba de paseo con el. -El chaval me tiro de la manga con apremio y senalo hacia el oeste, por la Schendelgasse, hasta que al fin accedi a echar un vistazo-. ?Los ve? La del vestido verde y el del abrigo. ?Los ve?
Al otro lado de Alte Schonhauserstrasse habia un hombre y una nina. El hombre tenia la mano en el cuello de la chica, como si la guiase hacia algun lugar. El abrigo resultaba un tanto sospechoso, pues hacia bastante calor.
Normalmente habria sido mas suspicaz con el chaval. Pero no todos los meses aparecia muerta una adolescente sin la mitad de sus entranas. Nadie queria que volviese a ocurrir.
– ?Como te llamas, hijo?
– Emil.
Le di diez pfennigs y senale hacia Bulow Platz.
– ?Sabes ese coche blindado que hay delante de la sede de los rojos?
Emil asintio y se limpio los mocos con la manga de la camisa.
– Quiero que vayas alli y le digas al hombre de la Schupo, el que esta en el coche blindado, que el comisario Gunther de Alex esta siguiendo a un sospechoso en Mulackstrasse y le pide que vaya como refuerzo. ?Entendido?
Emil asintio de nuevo y salio corriendo hacia la Bulow Platz.
Camine rapido hacia el oeste, desenfundado mi Parabellum por el camino, porque al cruzar hacia Mulackstrasse entraba en el territorio de los Guardianes de la Verdad. Tal vez era poco precavido, pero tonto, no.
El hombre y la chica tambien caminaban rapido. Aprete el paso y llegue a la Mulackstrasse justo a tiempo de oir un grito y ver que el hombre cogia a la chica brazos y se escabullia en el Ochsenhof. En aquel momento probablemente deberia haber esperado a la Brigada Veintiuno con su coche blindado. Pero no podia quitarme de la cabeza a Anita Schwartz y la chica del vestido verde. Ademas, cuando mire hacia atras, hacia el lugar del que venia, aun no se veia ni rastro de la caballeria. Saque el silbato, sople varias veces y espere a que hubiera algun indicio de que venian. Pero no ocurrio nada. A la Veintiuno le traia sin cuidado la idea de perseguir a un sospechoso en la zona mas descontrolada de Berlin, o acaso no se habian tragado la historia que les habia contado Emil. Probablemente era una combinacion de las dos cosas.
Eche mano de la Parabellum, entre por una puerta estrecha y subi unas escaleras oscuras.
El Ochsenhof, tambien llamado la Parrilla, o el Establo, era el lugar donde vivian algunos de los peores animales de Berlin, un edificio de mala muerte que ocupaba doce mil metros cuadrados, un bloque marginal del siglo pasado, con mas entradas y salidas que un queso suizo. Las ratas recorrian los balcones por la noche; los perros y los ninos salvajes las cazaban por deporte con escopetas de aire comprimido. Los antros de los sotanos albergaban destilerias ilegales y, en los patios traseros de granito, comicamente llamados «prados», habia colonias de chabolas hechas con cajas de embalaje, donde vivian algunos de los numerosos sin techo y desempleados de la ciudad, bajo las cuerdas de una ropa gris. En un lobrego hueco de escalera nauseabundo, iluminado por una lampara de gas, encontre a un grupo de jovenes que jugaban a las cartas y compartian colillas.
Observe a los jugadores de cartas y ellos observaron el as de nueve milimetros que tenia en la mano.
