– ?Y que le trae por Berlin?

– Bernhard Weiss. Los polis judios tenemos que permanecer unidos. Hemos pensado en crear un sindicato judio. El problema, con tantos policias judios, es que no sabemos por donde empezar.

– Me lo imagino. La verdad es que Berlin no esta tan mal. Aqui los rojos tienen mas predicamento que los nazis. Thalmann obtuvo el veintinueve por ciento de los votos en las pasadas elecciones, frente al veintitres por ciento de Hitler.

– Lamentablemente -dijo Herzefelde, negando con la cabeza-, Berlin no es Alemania. No se como les va las cosas a los judios de esta ciudad, pero en el sur los nazis pueden llegar a ser bastante brutos. Alla en Munich no pasa un dia sin que haya alguna amenaza de muerte. -Probo la cerveza y puso cara de que le gustaba-. De hecho, por eso he hablado con Weiss. Estoy pensando en trasladarme aqui con mi familia.

– ?Quiere decir que se viene a trabajar de poli aqui en Berlin?

– A Weiss tampoco le gusto la idea -dijo Herzefelde con una sonrisa-. Parece que tendre que pasar al plan B. Algo que no tenga nada que ver con el gobierno.

– Yo tambien me lo he planteado.

– ?Usted? ?Pero usted no es judio, verdad?

– No. Soy del SDP. Del Frente de Hierro. Soy un acerrimo defensor de Weimar y detesto a los nazis.

Herzefelde levanto el vaso y brindo conmigo.

– Por usted, camarada.

– ?Y tiene ya un plan B?

– He pensado en hacerme detective privado.

– ?Aqui en Berlin?

– Claro. ?Por que no? Si entran los nazis, sospecho que va a haber muchos casos de desapariciones.

– A mi me han ofrecido un trabajo en el Hotel Adlon, como detective de la casa.

– Suena bien. -Encendio un cigarrillo-. ?Lo va a aceptar?

– Creo que voy a esperar a ver que pasa en las elecciones.

– ?Quiere un consejo?

– Si.

– Si puede, quedese en el cuerpo. Los judios, liberales, comunistas van a necesitar policias cordiales como usted.

– Lo tendre en cuenta.

– Le hara un favor a todo el mundo. Sabe Dios como sera la policia si todos los que se quedan son cochinos nazis.

– ?Y por que queria verme?

– Weiss me hablo del caso en el que esta trabajando. El asesinato de Anita Schwartz. Tuvimos un caso similar en Munich.

?Conoce Munich?

– Un poco.

– Hace unos tres meses, aparecio muerta una chica de quince anos en el parque de Schloss. Le habian arrancado casi todo lo que tenia dentro de las bragas. Toda la bolsa del amor y la vida. Un trabajo muy minucioso, tambien. Como si lo hubiera hecho un cirujano. La chica se llamaba Elizabeth Bremer e iba al instituto de Schwabing. Tambien de buena familia. Su padre trabaja en la Aduana, en Landsberger Strasse. La madre es bibliotecaria en algun tipo de biblioteca latina de Maximiliaenum. Weiss me hablo de su caso. Me dijo que la chica era puta de vez en cuando. -Herzefelde hizo un gesto negativo-. Elizabeth Bremer no tenia nada que ver. Era buena alumna con excelentes perspectivas de futuro. Queria ser medico. Lo unico que se le podia echar en cara era un novio mayor. Era profesor de patinaje en el Prinzregenten Stadium. Por eso se conocieron. De todos modos, aunque le apretamos las tuercas, no confeso nada. El no lo hizo. Tenia una coartada muy solida el dia de la muerte. Segun el, dejaron de salir antes de la muerte de la chica. Estaba bastante deshecho por eso. Segun nos dijo, ella lo mando a paseo porque lo sorprendio leyendo su diario. Asi que el volvio a Gunzberg a ver a su familia y recuperarse del golpe.

Herzefelde espero mientras pasaba por encima el tren en SBahn.

– Teniamos una lista de posibles sospechosos -continuo, despues de que pasase el tren-. Naturalmente los investigamos uno a uno, pero sin ningun resultado. Pense que el caso habia caido en saco roto hasta que Weiss me hablo de la victima de este otro crimen.

– Me gustaria ver esa lista -dije-. Junto con el resto del expediente.

– La ley estatal prohibe el envio de documentos sobre el caso por correo -dijo Herzefelde-. No obstante, nada impide que venga usted a Munich a examinarlos. Podria alojarse en mi casa,

– Me temo que no es posible -le dije-. No puedo alojarme en la casa de un judio. -Hice una pausa, durante el tiempo suficiente para alterar el apuesto semblante de Herzefelde-. A menos que primero se haya alojado en la mia. -Sonrei-. Vamos. Venga conmigo y recoja su maleta en Alex. Se queda conmigo esta noche.

CAPITULO 11

BUENOS AIRES. 1950

Era la hora de comer y el cafe del Hotel Richmond estaba atestado de portenos famelicos. Baje al sotano, encontre una mesa vacia y coloque las piezas en un tablero de ajedrez. Pretendia jugar una partida solitaria, sin ningun otro contrincante. Supuse que asi tendria mas oportunidades de ganar. Ademas, necesitaba despejarme la cabeza despues de escuchar las batallitas y los crimenes de guerra de los viejos nazis, que empezaban a deprimirme.

Intente no mirarla, pero era casi imposible. Era asombrosamente guapa. Los ojos la seguian como vacas trotando detras de una lechera. Me costaba mucho no mirarla, sobre todo porque no me quitaba el ojo de encima. Pero no me hice ilusiones. Calcule que por mi edad podia ser su padre. Tenia que haber algun error. Era alta y delgada con una melena negra y rizada espectacular. Sus ojos tenian la forma y el color de las almendras recubiertas de chocolate. Vestia una chaqueta entallada de tweed, cenida en la cintura, y una falda larga de tubo a juego. Su figura era perfecta para los que las prefieren con complexion de purasangres. Casualmente era mi caso.

Se acerco hasta mi mesa, perforando con los altos tacones la madera pulida del sotano del Richmond como el lento tictac de un reloj de pared. El perfume caro llego hasta mis pituitarias. Fue un cambio agradable despues del olor a cafe y cigarrillos y mi dispeptica mediana edad.

En cuanto empezo a hablar conmigo, supe que no me habia confundido con otro. Hablaba castellano. Eso me gusto. Significaba que tenia que prestar especial atencion a sus labios y a la pequena lengua rosacea que se apoyaba en sus dientes de yeso.

– Perdone que le interrumpa la partida, senor -me dijo-. ?Pero es usted Carlos Hausner, por casualidad?

– Si.

– ?Puedo sentarme y hablar con usted un momento?

Eche un vistazo a mi alrededor. A tres mesas de distancia, Melville, el escoces bajito, jugaba al ajedrez con un hombre cuyo rostro de cuero marron parecia curtido a caballo. Dos portenos mas jovenes, con botas de tacon cubano y cinturones con hebilla de plata, estaban enzarzados en una partida de billar bastante vigorosa. Ponian tal vitalidad en las estruendosas tacadas como Furtwrangler al frente de la Kaim Orchestra. Las miradas se concentraban en sus respectivos juegos, pero los oidos y la atencion, segun las tradiciones firmemente masculinas del Richmond, se fijaban en nosotros.

– Mi adversario -dije, negando con la cabeza-, el Hombre Invisible, se irrita un poco cuando alguien se le sienta en las rodillas. Sera mejor que subamos.

La deje pasar delante. Era el gesto cortes pertinente, pero ademas me daba la oportunidad de examinar las costuras de sus medias. Eran rectas, como disenadas con teodolito. Por suerte sus piernas no eran asi. Tenian mejores curvas que la Mille Miglia y probablemente no menos dificiles de sortear. Cuando uno se toma un cafe con la mujer mas guapa que se ha topado en varios meses, hay cosas mejores que hacer que beberse el cafe. Me

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