sincero, doctor.

– A mi no me averguenza lo que hice -dijo el doctor Vaernet. En ese momento su esposa se levanto y salio del salon, como si no soportase la perspectiva de escuchar las sinceras declaraciones de su marido sobre su trabajo. Cosa comprensible, teniendo en cuenta los derroteros que siguio la conversacion a partir de ese momento.

– El Reichsfuhrer Himmler consideraba que mis intentos de curar quirurgicamente a los homosexuales era una labor de sumo interes nacional para alcanzar el ideal de pureza racial alemana -dijo con gravedad-. En Buchenwald coloque implantes hormonales en la ingle a numerosos miembros del triangulo rosa. Todos esos hombres se curaron de la homosexualidad y volvieron a la vida normal.

Hubo muchos mas comentarios sobre este asunto y, aunque Vaernet me parecia un hijoputa redomado - nunca he conocido a ningun marica que no se sintiese contento con su modo de ser-, no me parecia que fuese un psicopata capaz de eviscerar a una chica de quince anos por mera diversion.

En el piano, junto a la fotografia de los Peron, habia un retrato de una chica mas o menos de la misma edad que Fabienne von Bader. Lo cogi.

– ?Es su hija? – pregunte.

– Si.

– Va al mismo colegio que Fabienne von Bader, ?verdad?

Vaernet asintio.

– Ya sabra que ha desaparecido.

– Si, por supuesto.

– ?Eran amigas?

– No, no mucho.

– ?Le ha contado algo su hija?

– Si, pero poca cosa, como comprendera. Si hubiera sido algo relevante, habria llamado a la policia.

– Claro.

– Me hicieron muchas preguntas sobre Fabienne -dijo encogiendose de hombros.

– ?Vinieron aqui?

– Si. Mi mujer y yo nos quedamos con la impresion de que pensaban que Fabienne se habia escapado.

– Son cosas que a veces hacen los hijos. En fin. -Me dirigi hacia la puerta-. Sera mejor que me marche. Gracias por su tiempo. Ah, una ultima cosa. Hemos hablado sobre la conveniencia de demostrar que se tiene buen caracter.

– Si.

– Usted es un hombre respetable, Herr doctor. Es evidente. No creo que haya ningun problema para emitirle un certificado de buena conducta. Ningun problema en absoluto. No obstante…

– ?Si?

– No se como decirselo. Como usted es medico… Seguro que comprendera que le haga esta pregunta. ?Cree que alguno de nuestros camaradas residentes en Argentina no merece el certificado de buena conducta? ?Alguien que pudiera desacreditar potencialmente el buen nombre de este pais?

– Es una pregunta interesante -dijo el medico.

– Lo se, y siento tener que preguntarselo. Al fin y al cabo, todos estamos en el mismo barco. Pero a veces hay que hacer estas preguntas. ?Quienes somos para juzgar a un hombre si no escuchamos lo que dicen de el otras personas? -:-Me encogi de hombros-. Puede ser algo que haya ocurrido aqui o en Europa. Durante la guerra, por ejemplo.

– No, no, no, hace bien en preguntarlo, Herr Hausner, y le agradezco la confianza. Bueno, dejeme pensar. - Bebio un poco de te y reflexiono unos instantes-. Si. Hay un tipo llamado Eisenstedt, Wilhelm von Eisenstedt, que era capitan de las SS en Buchenwald. Vive en una casa de la calle Monasterio y se hace llamar Fernando Eifler. Se ha descuidado un poco. Bebe en exceso. Pero en Buchenwald era notoria y sadicamente homosexual.

Intente contener la sonrisa. Eifler era el hombre de la bata con el que convivi un tiempo en el piso franco de la calle Monasterio, cuando llegue a Argentina. Asi pues, acababa de averiguar su nombre y condicion.

– Si, y tambien un hombre llamado Pedro Olmos. Su nombre verdadero es Walter Kutschmann y es otro ex capitan de las SS. Kutschmann era un criminal en todas las acepciones del termino. Un tipo que disfrutaba matando, solo por el fin de matar.

Vaernet describio en detalle las actividades de Kutschmann durante la guerra.

– Creo que ahora trabaja en Osram, la fabrica de bombillas. No se que tipo de persona sera hoy. Pero la conducta de su esposa, Geralda, es poco correcta en mi opinion. Se gana la vida asfixiando con gas a los perros callejeros. ?Se imagina? ?Que clase de persona puede hacer eso? ?Que clase de mujer es capaz de ganarse la vida matando a pobres animales?

Podria haberle respondido, pero no me habria entendido. De todos modos, fui a visitar a Pedro Olmos.

Olmos y su esposa vivian a las afueras de la ciudad, cerca de la fabrica electrica donde trabajaba el. Era mas joven de lo que supuse, no pasaba de los treinta y cinco anos, lo que significaba que tenia unos veinticinco cuando era capitan de la Gestapo en Paris; y seria un chaval cuando fue destinado como teniente en Polonia, donde asesinaba a judios en un Grupo de Accion Especial. Solo tenia dieciocho anos cuando asesinaron a Anita Schwartz en 1932; demasiado joven para ser el hombre que buscaba, pense. Pero nunca se sabe.

Pedro Olmos era de Dresden. Conocio a Geralda en Buenos Aires y se caso con ella. Tenian varios perros y gatos, pero hijos no. Eran una pareja atractiva. Geralda no hablaba aleman, y, probablemente por ello, Pedro me confeso que mantuvo una relacion mas que amistosa con Coco Chanel cuando estuvo destinado en Paris. Tenia mucha labia. Hablaba excelente espanol, frances y algo de polaco, y por eso, segun me dijo, trabajaba en el departamento de viajes de Osram. Tanto el como Geralda estaban muy preocupados por la poblacion de perros callejeros de la ciudad, que era considerable, y tenian una subvencion municipal para recogerlos y gasearlos. Parecia una ocupacion inusual para una mujer que se describia como amante de los animales. Incluso me llevo al sotano y me mostro el dispositivo de matanza de seres humanos que utilizaba. Era una simple caseta de metal, provista de una puerta sellada con goma y adherida a un generador de gasolina. Geralda me explico meticulosamente que, cuando los perros morian, quemaba los cuerpos en el incinerador de la casa. Parecia muy orgullosa de su «servicio humanitario» y lo describio de una manera que me hizo pensar que ignoraba la existencia de las furgonetas de gas. Conociendo el pasado de Olmos en las SS, no era muy dificil suponer que la idea habia sido suya.

A Pedro Olmos le formule la misma pregunta que a Vaernet. Si conocia a algun antiguo camarada residente en Argentina al que considerase intolerable.

– Oh, si. -Olmos respondio con prontitud, y empezaba a percatarme de que entre los viejos camaradas no habia mucha lealtad-. Solo puedo darle el nombre de una persona asi. Probablemente el hombre mas peligroso que he conocido. Se llama Otto Skorzeny.

Intente disimular mi sorpresa. Naturalmente, yo tambien conocia a Otto Skorzeny. Raros eran los alemanes que no habian oido hablar del osado militar que rescato a Mussolini en la cima de una montana en 1943. Yo recordaba haber visto fotografias suyas en todas las revistas, con la cara llena de cicatrices, cuando Hitler le concedio la Cruz de Caballero. Desde luego, tenia pinta de ser un hombre peligroso. El problema era que Skorzeny no aparecia en la lista de nombres que me habia dado el coronel y, hasta que Olmos lo menciono, no tenia ni idea de que seguia vivo, y mucho menos en Argentina. Un asesino implacable, si. ?Pero psicopata? Decidi preguntar por el a Montalban la siguiente vez que lo viera.

Entretanto, Pedro Olmos penso si conocia a alguna otra persona indigna del certificado de buena conducta. Empezaba a parecerme que la Ruta de las Ratas, como llamaban los americanos a organizaciones como Odessa y los Viejos Camaradas, cuyo cometido era ayudar a los nazis a escapar de Europa, tenia un nombre bastante adecuado. El hombre en el que penso Olmos se llamaba Kurt Christmann.

Christmann me parecio interesante porque era de Munich y habia nacido en 1907, de modo que tenia veinticinco anos cuando ocurrio el asesinato de Anita Schwartz. Contaba ya cuarenta y tres. Era abogado, aunque ahora trabajaba en el banco Fuldner, en la avenida Cordoba. Vivia en un confortable apartamento de la calle Esmeralda y, cinco minutos antes de reunirme con el, lo tenia marcado como mi sospechoso definitivo. Habia dirigido un destacamento criminal en Ucrania. Durante un tiempo yo estuve tambien en Ucrania, por supuesto. Eso nos dio un tema de conversacion. Algo que pude utilizar para ganarme su confianza y tirarle de la lengua.

Christmann, un tipo rubio, con gafas sin montura y esbeltas manos de musico, no era de esas bestias rubias

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