– Yagubsky, igual que yo. -Rebusco en su bolso, saco la cartera y me entrego una tarjeta de visita-. Aqui tiene. Se escribe asi. Se llaman Esther y Roman Yagubsky. Roman es hermano gemelo de mi padre.
– ?Hace tres anos que desaparecieron, dice? -pregunte mientras me guardaba la tarjeta.
Asintio.
Encendi un cigarrillo y suspire con pesimismo.
– Tres anos es mucho tiempo para un caso de desaparicion. En tres meses se puede encontrar alguna pista. Pero al cabo de tres anos… ?No han sabido nada en absoluto? ?No han recibido ni una postal?
– Nada. Fuimos a la embajada israeli a averiguar si habian emigrado a Israel, pero alli tampoco habia ni rastro de ellos.
– ?Quiere que le diga lo que pienso? ?Con sinceridad?
– Si cree que lo mas probable es que esten muertos, estoy de acuerdo con usted. No soy tonta, senor Hausner. Y me huelo lo peor. Pero mi padre es bastante mayor ya. Y es hermano gemelo de mi tio. Por si no lo sabe, los gemelos tienen percepciones extranas. Mi padre dice que siente que Roman sigue en Argentina. Y quiere asegurarse, eso es todo. ?Es mucho pedir?
– Quiza. Pero no hay nada seguro en este trabajo. Sera mejor que lo asuma cuanto antes. No hay nada seguro.
– Excepto la muerte -replico-. Es lo mas seguro que existe, ?verdad?
– Se podria pensar que si. Sin embargo, lo que queria decir es que la verdad raras veces es verdad, y que las cosas que uno cree que son falsas a menudo resultan no ser falsas. Comprendo que esto resulta confuso y eso es lo que pretendo, porque mi trabajo es asi. Aunque no es que me guste especialmente dedicarme a esto. Ya no me gusta. Pense que me habia librado del sucio proceso de hacer preguntas para las que no obtengo respuestas sinceras. Y que ya no tendria que jugarme el pellejo solo porque alguien me pide que busque a su perro desaparecido, cuando en realidad han perdido al gato del vecino. Pense que me habia librado de eso, pero no. Y, cuando digo que no hay nada seguro en este trabajo, lo digo porque, en general, digo exactamente lo que quiero decir. Y tengo razon, porque sucedera que habia algo que usted no me dijo y deberia haberme dicho Y habria aclarado las cosas desde el principio. Asi que nada es seguro, Anna. Nada es seguro cuando hay personas implicadas. Nada es seguro cuando me vienen con sus problemas y me piden ayuda. Sobre todo en esos casos. Lo he visto mas de cien veces, cielo. Nada es seguro. No, ni siquiera la muerte, cuando resulta que el muerto esta vivo y coleando en Buenos Aires. Creame, se lo que me digo. Si los muertos que andan por esta ciudad murieran de repente, las funerarias no darian abasto con el aluvion de trabajo repentino.
Volvio a sonrojarse. Resoplo. El isosceles de musculos comprendidos entre el menton y la clavicula se tenso como algo metalico. Si hubiera tenido una varita a mano, habria podido utilizarla para tocar la parte del triangulo en el coro nupcial de Lohengrin.
– . ?Cree que miento?-Empezo a recoger sus guantes y el bolso -con gran indignacion-. ?Quiere decir que soy una mentirosa?
– ?Lo es?
– Y yo que pensaba que ibamos a ser amigos -me dijo, mientras sus muslos impulsaban hacia atras la silla debajo del trasero.
Le agarre la muneca.
– Que susceptible es usted -dije-. Solo le estaba soltando el sermon que le echo a mis clientes. El que suelto cuando no tengo ningun interes en el caso. Es algo mas lento que un tiron de orejas o una promesa con la mano sobre la Biblia, pero, en definitiva, me ahorra mucho tiempo. De esa manera, si al final resulta que me ha mentido, no me lo echara en cara cuando le caliente los mofletes.
– ?Siempre es asi de cinico? ?O solo conmigo? -Su trasero permanecia por el momento en la silla.
– Nunca soy cinico, Anna, excepto cuando me cuestiono la sinceridad de las motivaciones humanas.
– Me pregunto que le ha ocurrido, senor Hausner. En su historia personal debe de haber algo que le ha llevado a ser asi.
– ?Mi historia personal? -Sonrei-. Lo dice como si se hubiera acabado. Pues no. De hecho, ni siquiera es historia. Todavia no. Y ya le he dicho que no se le ocurra preguntarme por ello, cielo.
Como a fin de cuentas era una especie de espia, enseguida colegi que lo que mas necesitaba era la ayuda de otro espia. Y solo habia una persona en la que pudiera confiar, o casi, en toda Argentina, y era Pedro Geller, el que viajo en el barco desde Genova con Eichmann y conmigo. Trabajaba en la constructora Capri en Tucuman y, dado que la mitad de los ex miembros de las SS residentes en el pais tambien trabajaban en Capri, recabar su ayuda me parecia un modo de matar dos pajaros de un tiro. El unico problema era que Tucuman estaba a mas de mil kilometros de Buenos Aires hacia el norte. De modo que, un par de dias despues de mi encuentro con Anna Yagubsky, cogi la Linea Mitre desde la estacion ferroviaria de Retiro. El tren, que pasaba por Cordoba y terminaba en La Paz, en Bolivia, era bastante comodo en primera. Pero el viaje duraba veintitres horas, asi que segui el consejo del coronel Montalban y me pertreche de libros y periodicos y abundante comida, bebida y tabaco. Dado que el tiempo en Tucuman probablemente seria mas calido que en Buenos Aires y gran parte del viaje discurriria por territorios de mayor altitud, el medico tambien me habia recetado unos tranquilizantes por si la tiroides me dificultaba la respiracion. Hasta el momento habia tenido suerte. La unica vez que tuve dificultades para respirar fue cuando Anna Yagubsky se acerco a hablar conmigo.
Se estropeo la calefaccion del tren al salir de Retiro, de modo que pase frio durante gran parte del viaje. Demasiado frio para conciliar el sueno. Al llegar a Tucuman, estaba agotado. Me registre en el Hotel Coventry y me fui directo a la cama. Dormi doce horas seguidas, cosa que no hacia desde antes de la guerra.
Tucuman era la ciudad mas poblada del norte, con unos doscientos mil habitantes. Estaba situada en una llanura frente a los montes espectaculares de la Sierra de Aconquija. Tenia infinidad de edificios de estilo colonial, un par de parques bonitos, un palacio gubernamental, una catedral y una estatua de la libertad. Pero no era Nueva York. En el aire de Tucuman predominaba un olor a mierda de caballo. Tucuman no era un pueblucho de poca monta, pero apestaba a mierda de caballo. Hasta el jabon del bano del hotel olia a lo mismo.
Pedro Geller trabajaba en el departamento tecnico de Capri en Cadillal, un pueblo situado a unos treinta kilometros de Tucuman, pero nos encontramos en la ciudad, en la oficina principal de la compania, sita en rio Potrero. Dada la naturaleza de mi mision, no permanecimos mucho tiempo alli. Le pedi que me dejase invitarle a comer en el mejor restaurante que conociese y fuimos al Hotel Plaza, cerca de la catedral. Tome nota del sitio y decidi alojarme ahi, en lugar del Coventry, si alguna vez tenia la suerte de volver a Tucuman.
Geller, al que conocia mas como Herbert Kuhlmann, habia sido capitan de una division Panzer de las SS a los veintiseis anos de edad. Durante la batalla por la conquista de Francia en 1947, su unidad ejecuto a treinta y seis canadienses capturados. El oficial al mando ahora cumplia pena de muerte en una carcel canadiense, de modo que Geller, por miedo a una detencion y una sentencia similar, tomo la sabia decision de huir a Sudamerica. Tenia muy buena cara, estaba moreno, daba la sensacion de que disfrutaba con su nueva vida.
– La verdad es que el trabajo es bastante interesante -me explico, con una cerveza alemana delante-. El rio Dulce tiene un curso de casi quinientos kilometros por la provincia de Cordoba y estamos construyendo una presa alli. La presa de Los Quiroga. Cuando la acabemos sera bastante espectacular, Bernie. Tiene trescientos metros de largo, cincuenta metros de alto y treinta y dos compuertas. Por supuesto, no todo el mundo se alegra de que la construyamos, como suele suceder. Muchas granjas y pueblos locales desapareceran para siempre bajo millones de litros de agua, pero la presa va a abastecer de agua y energia hidroelectrica a toda la provincia.
– ?Que tal esta nuestro amigo mas famoso?
– ?Ricardo? Esta harto de esto. Vive con una joven campesina en un pueblecito de montana llamado La Cacha, a unos cien kilometros de aqui, hacia el sur. Solo viene a Tucuman si es imprescindible. No me extrana que le de miedo airear su cara por ahi. Los dos trabajamos para un viejo camarada, claro. Los hay por todas partes en Tucuman. Es un profesor austriaco, se llama Pelkhofer, Armin Pelkhofer. Es ingeniero hidraulico. Ricardo y el se conocen desde la guerra, cuando se llamaba Armin Schoklitsch, pero no tengo idea de lo que hizo por aquel entonces o que le trajo aqui.
– Nada bueno -dije-, si conocia a Ricardo.
– Seguro. Total, nosotros nos encargamos de hacer peritajes en la cuenca fluvial para el profesor. Analisis hidrologicos y ese tipo de cosas. No es nada del otro mundo, pero me permite estar al aire libre mucho rato, lo cual es agradable despues de haber estado tantos meses metido en desvanes y sotanos. Echare de menos esto. ?Sabes? Dentro de seis meses me transfieren al departamento de personal de Capri en Buenos Aires.
Almorzamos. La carne estaba buena. Se comia bien en Argentina, siempre que fuera carne.
