– ?Y tu, Bernie? ?Que te trae por aqui, tan al norte?
– Trabajo en la policia. Supuestamente debo inspeccionar a los viejos camaradas. Y decidir si son o no dignos de obtener el certificado de buena conducta que se necesita para solicitar un pasaporte argentino. El tuyo ya esta concedido.
– Gracias, muchas gracias.
– No hay de que. A decir verdad, es una tapadera para poder interrogar a nuestros camaradas y hacerles preguntas un tanto incomodas. Como que hizo usted en la guerra. A los argentinos les preocupa conceder un pasaporte a algun psicopata asesino en serie y que se enteren los americanos y armen un escandalo internacional.
– Entiendo. Es un asunto peliagudo.
– Pense que podrias ayudarme, Herbert. Al fin y al cabo, huelga decir que Capri, la Compania Argentina para Proyectos y Realizaciones Industriales, es la empresa que da empleo a mas ex miembros de las SS en el pais.
– Claro que puedo ayudarte -dijo Geller-. Eres mi unico amigo en este pais, Bernie. Bueno, tu y una chica que conoci en Buenos Aires.
– Que suerte, muchacho. Aparte de Ricardo, ?a quien mas te has encontrado por aqui que sea lo peor de lo peor?
– Ya entiendo. Un capullo que de mala fama a los demas capullos como nosotros, ?eh?
– Exacto, esa es la idea.
– Veamos. Esta Erwin Fleiss. Buena pieza. De Innsbruck. Solto un chiste de muy mal gusto sobre un pogromo judio que se organizo aqui en 1938. Tenemos un par de
– En concreto busco a un hombre que pueda haber vuelto a asesinar despues de su llegada a Argentina.
– Entiendo. Nada mejor que un ladron para atrapar a otro ladron, ?no?
– Algo asi -dije-. El tipo de hombre que busco es alguien que probablemente disfruta con la crueldad y se divierte matando.
– No me viene ninguno a la mente -dijo Geller-. Lo siento. O sea, Ricardo es un cabron, pero no un psicopata. No se si me entiendes. Mira, ?por que no le preguntas a el? Habra estado en campos de exterminio y habra visto cosas horribles. Habra conocido a gente horrible. Probablemente los mismos tipos que buscas.
– No se -dije.
– ?No sabes que?
– Si colaborara.
– Un pasaporte es un pasaporte. Los dos sabemos lo que vale despues de haber estado mordiendonos las unas en un sotano de Genova. Ricardo tambien.
– Ese pueblo donde vive…
– La Cocha.
– ?Cuanto tiempo tardaria en llegar alli?
– Por lo menos dos horas, dependiendo del rio. Ultimamente ha llovido mucho por estos lares. Puedo llevarte en coche si quieres. Si salimos ahora podemos volver antes de que anochezca. -Geller se rio.
– ?Por que te ries?
– Sera divertido ver la cara de Ricardo cuando le digas que trabajas en la policia. Se va a llevar una alegria.
– ?Nos compensara las dos horas de viaje?
– Yo no me lo perderia por nada del mundo.
El coche de Geller era un Jeep de color albaricoque: solo cuatro ruedas muy resistentes, una columna de direccion alta, dos asientos incomodos y una puerta trasera. No habiamos recorrido mucho trayecto cuando comprendi por que conducia en un vehiculo. asi. Al sur de Tucuman las carreteras eran poco mas que pistas de tierra que atravesaban inmensas extensiones de cana de azucar, donde solo los ingenios, los molinos industriales de las grandes companias azucareras, nos recordaban que no estabamos en el fin del mundo. Cuando llegamos a La Cocha era imposible imaginar un lugar mas alejado de Alemania y del largo brazo de la justicia militar aliada.
Si Tucuman era una ciudad con olor a mierda de caballo, La Cocha era su prima menor, con olor a mierda de cerdo. Infinidad de cerdos deambulaban por las calles enlodadas cuando nuestro Jeep entro a trompicones en el lugar, dispersando a las gallinas como una bomba de mortero de c1oqueos y plumas, y llamando la atencion de numerosos perros cuyas prominentes cajas toracicas no entorpecian su propension al ladrido. De una alta chimenea emanaba una nube de humo negro y, en su base, habia un horno abierto. Supuse que Eichmann se sentiria a sus anchas en un lugar asi. Un hombre metia el pan en el horno y lo retiraba con una pala de madera de mango largo. En su excelente castellano, Geller pregunto al panadero donde estaba la casa de Ricardo Klement.
– ?Se refiere al nazi? -pregunto el panadero.
– El mismo -dijo Geller, mirandome con un gesto burlon.
Con un dedo que era todo nudillo y una sucia, como si perteneciese a un orangutan aprendiz de brujo, el panadero senalo un blocao de dos plantas, sin ventanas visibles, no muy lejos de alli, despues de un pequeno taller de reparacion de automoviles.
– Vive en la villa -dijo el panadero.
Recorrimos en coche una corta distancia por la pista de tierra y paramos entre una cuerda de la ropa y un excusado exterior, de donde emergio Eichmann, presuroso, con un periodico en la mano y abrochandose los pantalones. Le seguia un fuerte olor a cloaca. Era evidente que le habia alarmado el ruido del Jeep. El alivio que sintio, al ver que no eramos militares argentinos que veniamos a detenerlo y entregarlo a un tribunal de crimenes de guerra, rapidamente dio paso a la irritacion.
– ?Que demonios hace usted aqui? -dijo, torciendo el labio de un modo que me resulto bastante peculiar. Era extrano, pense, que una parte de su cara tuviese una apariencia bastante normal, o placida, incluso, y en cambio la otra fuese retorcida y malevola. Era como estar con Doctor Iekyll y Mister Hyde al mismo tiempo.
– Como estaba en Tucuman, decidi acercarme a ver como le iba -dije con afabilidad. Abri mi cartera y saque un carton de Senior Service-. Le he traido unos cigarrillos. Son ingleses, pense que no le importaria.
Eichmann me dio las gracias con un grunido y cogio el carton.
– Sera mejor que entren en la villa -dijo a reganadientes. Abrio un alto porton de madera, necesitado de varias manos de pintura verde, y entramos. Desde el exterior las cosas no auguraban nada bueno. Llamar villa a aquel blocao era como confundir un castillo de arena infantil con e! Schloss Neuschwanstein. Dentro, en cambio, la cosa mejoraba. Los ladrillos de las paredes tenian un revestimiento de yeso y el suelo era llano, enlosado, cubierto con alfombras indias baratas. No obstante, un par de ventanas con barrotes daban al lugar un aspecto adecuadamente penal. Aunque Eichmann hubiera eludido la justicia aliada, no llevaba lo que se dice una vida de lujo. Una mujer medio desnuda se asomo por una puerta. Irritado, Eichmann le lanzo una mirada fulminante y la mujer desaparecio.
Me acerque a una de las ventanas y, al asomarme, vi un jar-. dincillo bien cultivado. Habia conejeras con varios conejos que probablemente criaban para comer, y algo mas lejos, un viejo De Soto negro con tres ruedas. Parece que Eichmann no se planteaba la posibilidad de una rapida huida.
Cogio una enorme tetera que habia en una cocina economica de hierro fundido y vertio agua caliente en un par de mates huecos.
– ?Un mate? -nos pregunto.
– Si, por favor -respondi. Desde mi llegada a Argentina no habia probado esa cosa, pero todo el mundo la bebia.
Metio un par de pajitas metalicas en los mates y nos los paso.
Tenia azucar, pero sabia un poco amargo, como te verde con espuma. Era como beber agua con un cigarrillo dentro, pense, pero a Geller le gustaba. Y a Eichmann tambien. En cuanto Geller se acabo el mate, se lo entrego a nuestro huesped, que anadio algo mas de agua y, sin cambiar la pajita, bebio tambien.
