– ?Y que le trae por aqui? -me pregunto-. No sera una mera visita de cortesia.

– Trabajo para la SIDE -dije-. El Servicio de Informacion peronista.

Le temblo e! parpado como una bombilla a punto de fundirse. Intento que no se le notase, pero sabiamos lo que pensaba. Adolf Eichmann, el coronel de las SS y estrecho confidente de Reinhard Heydrich, estaba condenado a realizar peritajes hidrologicos en el culo del mundo, mientras yo disfrutaba de cierto poder e influencia en un ambito laboral que Eichmann consideraba suyo. Gunther, el renuente hombre de las SS, adversario politico, ocupaba el puesto que le correspondia a el, a Eichmann. No dijo nada. Hasta insinuo una sonrisa. Era como si algo se le hubiera atascado en el puente de la nariz.

– Supuestamente me encargo de decidir quienes de nuestros camaradas merecen un certificado de buena conducta -dije-. Se necesita para solicitar un pasaporte en este pais.

– Cabria esperar que, por lealtad a su sangre y en virtud de su compromiso con las SS, tratase esa documentacion como un mero tramite. -Se le notaba tenso. Despues, suavizando un poco la voz, anadio-: Al fin y al cabo, todos estamos pringados en lo mismo, ?no? -Se acabo el mate estentoreamente, como un nino que succiona hasta la ultima gota de un refresco gaseoso.

– Aparentemente, si-respondi-. Sin embargo, el gobierno peronista recibe una considerable presion de los americanos…

– Sera de los judios.

– … para que limpie su patio trasero. Aunque nadie se plantea expulsarnos a ninguno de nosotros, a algunos miembros del gobierno les preocupa que hayamos cometido crimenes mas graves de lo que sospechaban. -Me encogi de hombros y mire a Geller-. Quiero decir, una cosa es matar hombres en el fragor de la batalla. Y otra muy distinta disfrutar asesinando a ninos y mujeres inocentes. ?No le parece?

– De inocentes, nada -dijo Eichmann encogiendose de hombros-. Estabamos exterminando al enemigo. Por lo que a mi respecta, no detestaba tanto a los judios, pero no me arrepiento de nada de lo que hice. Nunca cometi ningun crimen. No mate a nadie. Ni siquiera en el fragor de la batalla, como dice. Yo era un mero funcionario publico. Un burocrata que obedecia ordenes. Ese era el codigo por el que nos regiamos en las SS. La obediencia. La disciplina. La sangre y el honor. Si algo lamento es no haber tenido tiempo de acabar el trabajo. No haber podido matar a todos los judios de Europa.

No era la primera vez que oia hablar a Eichmann sobre el exterminio judio. Y como queria saber mas, intente tirarle de la lengua.

– Me alegra que mencione la sangre y el honor -le dije-. Porque creo que algunos mandaron a la mierda la reputacion de las SS.

– Si -dijo Geller.

– Algunos se excedieron en sus atribuciones. Mataron por deporte y placer. Llevaron a cabo experimentos medicos inhumanos.

– Muchas de esas cosas son exageraciones de los rusos -insistio Eichmann-. Patranas que han contado los comunistas para justificar sus propios crimenes en Alemania. Para que el resto del mundo no sintiese lastima por Alemania. Para dar a los sovieticos carta blanca para hacer lo que quisieran con el pueblo aleman.

– No todo era mentira -dije-. Me temo que gran parte era verdad, Ricardo. Y aunque no lo crea, la posibilidad de que haya algo de verdad en todo ello es lo que preocupa al gobierno. Por eso me han encargado esta investigacion. Mire, Ricardo, no pretendo perseguirle a usted. Pero creo que no puedo considerar camaradas a algunos hombres de las SS.

– Estabamos en guerra -dijo Eichmann-. Matabamos a un enemigo que queria acabar con nosotros. La guerra puede llegar a ser bastante cruel. Llegados a cierto punto, los costes humanos son inmateriales. Lo mas importante era garantizar que se llevase a cabo el trabajo. Que las deportaciones se hicieran sin contratiempos. Esa era mi especialidad y, creame, intente que las cosas fuesen lo mas humanas posible. Se consideraba que el gas era la alternativa humana a los fusilamientos masivos. Si, es posible que algunos se extralimitasen, pero, mire, no todo el mundo es trigo limpio. Siempre hay alguien que no lo es. En cualquier organizacion. Sobre todo en una como esta, que logro lo que logro. Y durante la guerra tambien. Cinco millones. ?Se imagina la magnitud? No, no creo que puedan imaginarlo. Cinco millones de judios. Liquidados en menos de dos anos. Y usted le pone peros a la moralidad de unas pocas manzanas podridas.

– Yo no -dije-. El gobierno argentino.

– ?Que? ?Quiere un nombre, no? A cambio de mi certificado de buena conducta. Quiere que haga de Judas con usted, ?verdad?

– Algo asi, si.

– Nunca me ha caido bien, Gunther -dijo Eichmann, arrugando la nariz con un gesto de desagrado. Abrio el carton de cigarrillos y encendio uno con fruicion, como si no hubiera fumado un tabaco decente en mucho tiempo. Luego se sento junto a una mesa de madera lisa y examino el humo como si intentase adivinar el consejo de los dioses sobre lo que debia decir a continuacion-. Puede que exista un hombre como el que describe -dijo midiendo sus palabras-. Pero quiero que me de su palabra de que nunca le dira que fui yo quien le informo sobre el.

– Le doy mi palabra.

– Este hombre y yo nos encontramos por casualidad en un cafe del centro de Buenos Aires. Poco despues de nuestra llegada a Argentina. El cafe ABC. Me dijo que le iba muy bien en este pais. Muy bien de verdad. -Eichmann sonrio finamente-. Me ofrecio dinero. A mi. Un capitan de mierda ofreciendo dinero a un coronel de las SS. ?Se imagina? El muy capullo condescendiente. El, con todos sus contactos y dinero familiar, viviendo a todo trapo. y yo muerto de asco aqui, en este antro dejado de la mano de Dios. -Eichmann dio una calada casi mortal al cigarrillo, se trago el humo y luego hizo un gesto de contrariedad-. Era un hombre cruel. Lo sigue siendo. No se como puede conciliar el sueno. Yo en su caso no podria. Vi lo que hizo. En una ocasion. Hace mucho tiempo. Hace tanto tiempo que es como si fuera un crio cuando ocurrio. En cierto sentido lo era. Pero nunca lo olvide, nadie podria olvidarlo jamas. Ningun humano. Lo conoci en 1942 en Berlin. Cuanto echo de menos Berlin. Y volvi a verlo en 1943 en Oswiecim. -Sonrio con amargura-. No echo nada de menos aquel lugar.

– ?Y como se llama ese capitan?

– Se llama Gregor. Helmut Gregor.

CAPITULO 12

BERLIN. 1932

Baje del tren procedente de Berlin, camine hasta el final del anden, entregue mi billete y busque a Paul Herzefelde por la estacion. No habia ni rastro de el. De modo que compre unos cigarros y un periodico y me sente a esperar en un banco, cerca del anden. No me pase mucho rato con el periodico. Faltaban solo dos semanas para las elecciones y, como aquello era Munich, la prensa estaba plagada de comentarios sobre la inminente victoria de los nazis. Lo mismo sucedia en la estacion. El rostro adusto y recriminatorio de Hitler estaba por todas partes. Al cabo de media hora, ya no lo soporte mas. Tire el periodico a la papelera y sali al aire libre.

La estacion estaba en el extremo oeste del centro de Munich. La jefatura de policia se encontraba a diez minuto s a pie en direccion este, en Ettstrasse, entre la iglesia de San Miguel y la catedral de Nuestra Senora. Era un edificio bastante nuevo y elegante, situado en el solar de un antiguo monasterio. Junto a la entrada principal habia varios leones de piedra. Dentro solo encontre ratas.

El sargento recepcionista era tan grande como una bola de demolicion, y no mucho mas utiL Era calvo, con un bigote encerado semejante a un aguila alemana. Cada vez que se movia, el cinturon de cuero crujia contra el vientre como un barco cuando tensa sus guindalezas. De vez en cuando se llevaba la mano a la boca y eructaba. Desde la puerta de la entrada se captaba el olor de su desayuno.

Me quite el sombrero con cortesia y le mostre mi placa de identificacion.

– Buenos dias -dije.

– Buenos dias.

– Soy el comisario Gunther, de la jefatura de Alexanderplatz en Berlin. Quiero ver al comisario Herzefelde. Acabo de llegar a la estacion. Pense que vendria a recogerme.

– ?Acaba de llegar? -dijo de un modo que me daban ganas de atizarle un punetazo en la nariz. Es algo muy

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