comun en Munich.

– Si -dije con paciencia-. Pero como no ha venido, supuse que se habria retrasado y que seria oportuno venir a buscarlo aqui.

– Habla como un detective de Berlin -dijo, sin ningun atisbo de sonrisa.

Asenti con paciencia y espere que dijese algo amable. Pero no.

– Ahorreme esta agradable conversacion y digale que estoy aqui.

El sargento senalo con la cabeza un banco de madera pulida junto a la puerta principal.

– Sientese -dijo friamente-. Senor, en menos de un minuto estoy con usted.

Me sente en el banco.

– Cuando vea a su comisario, le mencionare el trato exquisito que me ha brindado -le dije.

– Oh, si, senor -dijo-. Lo estoy deseando.

Anoto algo en un papel, se froto la nariz de codillo, se rasco el culo con el lapiz y luego utilizo el mismo utensilio para hurgarse la oreja. Se levanto, muy lentamente, y guardo algo en un archivador. Sono el telefono. Lo dejo sonar dos veces antes de cogerlo, escucho unos instantes, anoto unos datos y deposito un papel en una bandeja. Cuando concluyo la llamada, miro el reloj situado encima de la puerta. Y bostezo.

– Si asi es como tratan a la bofia en esta ciudad, no se que haran con los criminales. -Encendi un cigarrillo.

No le gusto. Senalo con el lapiz un cartel de «No Fumar». Apague el cigarro. No queria pasarme toda la manana esperando. Al cabo de un rato cogio el telefono y susurro algo en voz baja. Me miro una o dos veces para que me percatase de que probablemente hablaba de mi. Asi que, en cuanto colgo, encendi otro cigarrillo. Golpeo con el lapiz el mostrador que tenia delante de la barriga y, cuando capto mi atencion, senalo de nuevo el cartel de «No Fumar». Esta vez no le hice caso. Eso tampoco le gusto.

– No se puede fumar -bramo.

– ?No me diga?

– ?Sabe lo malo de la bofia de Berlin?

– Si fuera capaz de senalar donde esta Berlin en un mapa, me interesaria lo que pudiera contarme al respecto, gordo.

– Les caen bien los judios.

– Ah, parece que ya vamos mas al grano. -Exhale humo hacia el tipo y sonrei-. No a todos los polis de Berlin nos caen bien los judios. De hecho, algunos son bastante como usted, sargento. Ignorantes. Bigotudos. Una verguenza para el cuerpo.

– Los judios si que son una verguenza -dijo despues de clavarme la mirada uno o dos minutos-. Ya es hora de que la poli de Berlin se vaya dando cuenta.

– Interesante sentimiento. ?Lo ha pensado usted, o estaba escrito en la monda de platano que se desayuno?

Llego un detective. Supe que era detective porque no arrastraba los nudillos por el suelo. Lanzo una mirada al simio de recepcion que me senalaba con la cabeza. El detective se acerco y se quedo plantado delante de mi, con un semblante un tanto avergonzado. Hubiera dado el pego si no me hubiese parecido tambien un tanto lobuno.

– ?Comisario Gunther?

– Si. ?Que sucede?

– Soy Christian Schramma, secretario criminal. -Nos dimos la mano-. Lamento decirle que tengo una mala noticia para usted. El comisario Herzefelde ha muerto. Lo asesinaron anoche. Le pegaron tres tiros en la espalda cuando salia de un bar en Sendling.

– ?Saben quien lo mato?

– No. Como sabra, habia recibido varias amenazas de muerte.

– Porque era judio. Claro. -Mire hacia el sargento de recepcion-. Hay odio y estupidez por todas partes. Hasta en el cuerpo de policia.

Schramma permanecio en silencio.

– Lo siento -dije-. No lo conocia desde hace mucho, pero Paul era buena persona.

Subimos las escaleras hasta la sala de detectives. Hacia calor y por las ventanas abiertas se oian voces de ninos que jugaban en el patio del instituto cercano. Nunca me parecio tan animada la vida humana.

– Vi su nombre en su agenda -dijo Schramma-. Pero no se le ocurrio anotar su telefono ni el lugar de donde era. Si no, le hubiera llamado.

– No importa. Iba a proporcionarme cierta informacion sobre un crimen en el que trabajo. ?Elizabeth Bremer?

Schramma asintio.

– Tuvimos un caso similar en Berlin -le explique-. He venido para revisar los expedientes y averiguar que similitudes existen entre los dos casos;

Se mordio el labio con incomodidad, lo cual contribuyo a reforzar mi primera impresion sobre el. Parecia un hombre lobo.

– Mire, lamento mucho que haya venido en balde desde Berlin, pero los expedientes de Paul han pasado al piso de arriba. Al despacho del consejero gubernamental. Cuando matan a un agente de policia, se sigue un procedimiento estandar y se presupone que su muerte podria guardar relacion con alguno de los casos que investigaba el agente. Dudo mucho que pueda consultar esos expedientes hasta dentro de unos dias. Un par de semanas o asi.

– Entiendo. -Ahora era yo el que se mordia el labio-. Digame, ?trabajaba usted con Paul?

– Hace tiempo. No estoy al corriente de sus casos actuales. Ultimamente trabajaba casi siempre solo. Lo preferia.

– ?Lo preferia el o lo preferian los demas detectives?

– Creo que eso es un poco injusto, senor.

– ?No me diga?

Schramma no contesto. Encendio un cigarro, arrojo la cerilla por la ventana y se sento en la esquina de una mesa que supuse que seria suya. En el lado opuesto de la enorme sala, un detective con cara semejante a la de Schmeling interrogaba a un sospechoso. Cada vez que recibia una respuesta parecia afligido, como si Jack Sharkey le hubiera dado un punetazo debajo del cinturon. Era una tecnica interesante. Me parecio que el poli iba a ganar por una descalificacion, al igual que hizo Schmeling. Otros detectives iban y venian. Unos tenian voces chillonas y trajes aun mas chillones. Era muy comun en Munich. En Berlin todos vestiamos brazaletes negros cuando mataban a un policia. Pero en Munich no. Mas probable parecia encontrar otra clase de brazalete: uno rojo con una esvastica negra. Alli no parecia que a nadie le disgustase la muerte de Paul Herzefelde.

– ?Puedo ver su mesa?

Schramma se levanto despacio y nos acercarnos a una mesa gris de acero situada en una esquina de la sala, rodeada por una pared de archivadores y estanterias, como un gueto individual. La mesa estaba despejada pero sus fotografias seguian en la pared. Me incline para echar un vistazo mas de cerca a las fotos. En una estaban la esposa y la familia de Herzefelde. En otra parecia el con uniforme militar y una condecoracion. En la pared, junto a esta fotografia, quedaba el debil rastro de una pintada que habian borrado: la Estrella de David y las palabras «Judios fuera». Recorri el contorno con el dedo para que Schramma se diera cuenta de que lo habia visto.

– Menuda forma de rendir homenaje a un hombre que recibio la Cruz de Caballero con hojas de roble -dije en voz alta, mientras ojeaba la sala de detectives-. Tres balas y un poco de arte rupestre.

Se hizo el silencio en la sala. Dejaron de mecanografiar. Las voces se acallaron. Hasta ceso por un instante la algarabia infantil. Todo el mundo me miraba como si fuera el fantasma de Walter Rathenau.

– ?Quien lo hizo? ?Quien mato a Paul Herzefelde? ?Alguien lo sabe? -Hice una pausa-. ?Alguien se lo imagina? Al fin y al cabo, se supone que son detectives. -Mas silencio-. ?A alguien le importa quien mato a Paul Herzefelde? -Camine hasta el centro de la sala y, mirando con desden al Kripo de Munich, espere a que alguien dijese algo. Mire la hora-. Joder, llevo aqui menos de media hora y ya se quien lo mato. Lo mataron los nazis. Los hijoputas de los nazis le dispararon por la espalda. Seguramente los mismos nazis que escribieron «Judios fuera» en la pared, al lado de su mesa.

– Largate, cerdo prusiano -grito uno.

– Si, largate a Berlin, paleto de mierda.

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