Tenian razon, claro. Ya era hora de marchar. Al cabo de un rato con los neandertales de Munich, los hombres de Berlin parecian todo un avance de la evolucion humana. Por lo que se decia, Munich era la ciudad predilecta de Hitler. Ya iba entendiendo por que.
Sali de la jefatura por otras escaleras, que conducian al patio central, donde habia aparcados varios coches y furgonetas de la policia. Mientras me abria camino bajo los soportales hacia la calle, me encontre con el fornido sargento recepcionista, que ahora estaba fuera de servicio. Lo supe porque no llevaba el cinturon de cuero ni las charreteras de su uniforme. Ademas, tenia un termo en las manos.
– Es una lastima -dijo, despues de obstruirme el paso que un policia muera en pleno ejercicio. -Se rio-. Excepto si es judio, claro. Los colegas que mataron al cabron de Herzefelde se merecen una medalla. -Escupio en el suelo delante de mi como medida de precaucion-. Buen viaje de vuelta a Berlin, pendejo sionista.
– Una palabra mas, gorila nazi de los cojones, y te arranco la lengua de esa cabeza bavara y la restriego con el tacon de mi zapato para quitarle la mierda.
El sargento dejo el termo en un alfeizar y acerco hacia mis narices la espantosa taza.
– ?Quien cojones te crees que eres para venir a mi ciudad y amenazarme? Tienes suerte de que no te eche a patadas por pura diversion. Si dices una sola palabra mas, estupido de mierda, manana apareceran tus huevos colgando del mastil de la bandera.
– Si te amenazo, te callas, y me escribes una carta de agradecimiento con tu mejor caligrafia.
– Este hombre que esta hablando conmigo tiene la mandibula rota -dijo el sargento mientras me atizaba un punetazo en la cabeza.
Era alto y fuerte, con los hombros como el yugo de una vaca lechera y el puno como un cubo antiincendios. Pero su primer error fue fallar. Tenia todavia la guerrera abotonada y esto ralentizaba sus movimientos, de modo que pude esquivar el golpe con facilidad. Su segundo error fue volver a fallar. Y adelantar la barbilla. Para entonces yo ya estaba preparado para arrearle un sopapo como si se tratase del mismisimo asesino de Paul Herzefelde. Y le arree fuerte, muy fuerte, justo debajo de la barbilla, que, como probablemente diria Von Clausewitz, es la mejor parte para entablar un contacto decisivo. Vi como le flaquearon las piernas en el mismo instante en que le golpee. Pero le largue otro punetazo, esta vez en el estomago, y cuando se doblo en dos, le golpee ambos rinones con la ambicion y la tenacidad de un aspirante a peso pesado. Cayo de espaldas contra la pared del soportal. Y todavia le estaba golpeando cuando tres hombres de la Schupo me trincaron y me inmovilizaron contra los portones de hierro forjado.
Lentamente el sargento se levanto de los adoquines. Tardo un rato en enderezarse, pero al final lo consiguio. Debo decir una cosa a su favor: sabia encajar un punetazo. Se limpio la boca y, jadeante, se me acerco con una mirada que me indicaba que no iba a invitarme a pasar con el la Oktoberfest.
– Sujetadlo -dijo a los demas polis, tomandose su tiempo. Y luego me golpeo. Un gancho corto de derecha en el estomago. Luego otro, y otro, hasta que sus nudillos me hacian cosquillas en la columna vertebral. Solo que no tenia ninguna gracia. Y yo no me reia. Me soltaron cuando empezaba a vomitar. Pero no habian terminado. De hecho, solo acababan de empezar.
Me llevaron a rastras al edificio y me bajaron a los calabozos, donde siguieron atizandome: esta vez eran punetazos expertos de polis que sabian lo que hacian y sin duda disfrutaban con su trabajo. Al cabo de un rato oi una voz lejana que les recordaba que yo era poli, y fue entonces cuando me dejaron en paz. Me parecio que era Schramma el que les dijo que me soltasen, pero nunca lo supe con certeza. Me quede tendido en el suelo de la celda durante un rato. Siempre que no me pegasen patadas, me parecia el lugar mas comodo del mundo. Lo unico que queria hacer era permanecer alli y dormir veinte anos. Luego el suelo se deslizo hacia un lado y cai en un lugar profundo y oscuro donde unos enanos jugaban a los bolos. Durante unos instantes jugue con ellos, pero luego uno de los enanos me dio una bebida magica y dormi el sueno de Jacob. Algo muy judio, en todo caso.
Las celdas del calabozo, situadas en los sotanos de la jefatura de policia de Munich, habian estado ocupadas por monjes agustinos. Debian de ser bastante resistentes aquellos monjes. Mi celda tenia una litera rigida y un camastro de paja tan grueso como una manta. La manta era de aire fino. Job o san Jeronimo se habrian sentido muy comodos alli. Habia un retrete abierto sin asiento. La pared de ladrillo liso de porcelana carecia de ventanas. La celda estaba caliente y hedionda, al igual que yo. «Odia el pecado, ama al pecador», dijo san Agustin. Para el era muy facil decirlo. Nunca se habia pasado la noche en los calabozos de la jefatura de policia de Munich.
Dejaban las luces encendidas todo el tiempo por si nos daba miedo la oscuridad. Al cabo de un rato, perdi la nocion del tiempo y ya no sabia si era de dia o de noche. Despues de varios dias asi, uno puede acabar haciendo casi cualquier cosa que le pidan, con tal de volver a ver el cielo. Esa es la teoria, al menos. Y al cabo de un tiempo que me parecio una semana, pero probablemente solo fueron dos o tres dias, me visito un medico. Era un tipo estilo Schweitzer, con un bigote tan grande como un pulpo y mas pelo blanco que la abuela de Liszt. Examino los cardenales de mis costillas y me pregunto como me los habia hecho. Le dije que me habia caido de la litera mientras dormia.
– ?Le duele?
– Solo cuando me rio, que no es mucho desde que estoy aqui metido, por extrano que le parezca.
– Debe de tener un par de costillas rotas -me dijo-… Necesita que le vean por rayos equis.
– Gracias, pero lo que de verdad necesito es un cigarro.
Se marcho. Todavia estaba fumandome el cigarro cuando aparecio un pelo corto rubio claro y me pidio que le diese mi ropa.
– No creo que le sirva -le dije, pero me la quitare de todos modos. Solo me queria ir a casa.
– Vamos a lavar todo esto-dijo mientras entregaba mi ropa al celador-. Y a usted tambien. Hay una ducha al final del pasillo. Jabon y una cuchilla de afeitar.
– Un poco tarde para dar muestras de hospitalidad, ?no? -De todos modos me di la ducha y me afeite.
Cuando ya estaba limpio, el hombre me entrego una manta y me llevo a una sala de interrogatorios mientras esperaba la devolucion de mi ropa. Nos sentamos en extremos opuestos de una mesa. Abrio una pitillera de cuero y puso un cigarro delante de mi. Alguien me sirvio un cafe dulce y caliente. Me supo a ambrosia.
– Soy el comisario Wowereit -dijo-. Me han ordenado que le informe de que no hay cargos contra usted y ya se puede marchar.
– Bueno, que generosidad -dije, mientras cogia un cigarro. Me lo encendio con una cerilla y se sento en la silla. Tenia manos finas y delicadas. No parecia que le hubieran dado en la vida ni un tomatazo, y mucho menos un punetazo. No entendia como encajaba en el resto de la poli de Munich con unas manos asi-. Que generosidad -repeti-, teniendo en cuenta que el agredido fui yo.
– Se ha enviado ya un informe del incidente a su nuevo director de policia y a su subdirector.
– ?Como que mi nuevo director de policia y su subdirector? ?De que cojones me habla, Wowereit?
– Ah, claro. Lo siento. ?Como iba a saberlo?
– ?Como iba a saber que?
– ?Ha oido hablar de Altona?
– Si. Es un vertedero a las afueras de Hamburgo que teoricamente forma parte de Prusia.
– Algo mucho mas importante que eso, es una ciudad comunista. El dia en que usted llego a Munich, un grupo de nazis uniformados organizo un desfile alli. Se desencadeno una reyerta. En realidad fue mas bien un motin. Murieron diecisiete personas y varios centenares resultaron heridas.
– Hamburgo esta muy lejos de Berlin -dije-. No entiendo que…
– El nuevo canciller, Von Papen, con el apoyo del general Von Schleicher y Adolf Hitler, han redactado un decreto presidencial, firmado por Von Hindenburg, para tomar el control del gobierno prusiano.
– Un golpe de estado.
– En efecto.
– Supongo que el ejercito no hizo nada por impedirlo.
– Supone usted bien. El general Rundstedt ha impuesto la ley marcial en el Gran Berlin y la provincia de Brandemburgo, y ha tomado el control del cuerpo de policia de la ciudad. Grezinski ha sido destituido. Weiss y Heimannsberg estan detenidos. El doctor Kurt Melcher es el nuevo director de la policia de Berlin.
– ?Kurt Melcher? No me suena.
– Creo que antes era director de la policia de Essen.
– ?Y de donde es el subdirector? ?De Munich?
– Creo que el nuevo subdirector es un tal doctor Mosle.
– Mosle -exclame-. ?Y ese que sabe de investigaciones policiales? Es el jefe de los guardias de trafico de
