Ahora que ya habia mareado un poco la perdiz, supuse que era el momento de ir al grano.

– ?Tiene algun expediente sobre una pareja judia, los Yagubsky? -pregunte inocentemente.

Marceno cogio el pesado libro marron de la estanteria curva que tenia detras y lo consulto con un dedo indice muy lamido. Debia de lamerlo unas mil veces diarias y me sorprendia que no se le hubiera gastado como una barra de sal. Al cabo de un minuto hizo un gesto negativo con la cabeza.

– No hay nada, lo siento.

Le conte algo mas. Me invente que Heydrich preveia construir una gran maquina electronica para sacar la misma informacion de la rueda de la fortuna por una cinta de papel de teletipo, y diez veces mas rapido. Deje que Marceno se deshiciera en «oohs» y «aahs» durante un rato por lo que le acababa de contar, antes de preguntarle si podria consultar los expedientes relativos a la Directiva 11.

Marceno no consulto los libros marrones antes de responder; y se estremecio un poco, como si le molestase no poder atender mi peticion.

– No, de eso tampoco hay nada -me explico-. Esos expedientes no se guardan aqui. Ya no. El Ministerio de Relaciones Exteriores retiro de aqui todos los expedientes relativos al servicio de inmigracion argentino hace un ano, mas o menos. Y creo que los mandaron al deposito.

– ?Ah, si? ?Y donde es?

– En el antiguo Hotel de Inmigrantes. Esta en el muelle norte, al otro lado de la avenida Eduardo Madero. Se construyo a principios de siglo para acoger a los numerosos inmigrantes que llegaban a Argentina. Algo parecido a la isla de Ellis, en Nueva York. El lugar esta bastante abandonado. No hay ni ratas. Creo que redujeron mucho la plantilla. No he estado nunca, pero uno de los OR ayudo a trasladar unos archivadores alli y me dijo que todo era un poco primitivo. Si quiere buscar algo alli, probablemente seria mejor que lo hiciese a traves del Ministerio de Relaciones Exteriores.

– No es tan importante -dije, negando con la cabeza.

Me desplace en coche hasta la estacion Presidente Peron, aparque y encontre un telefono. Llame al numero que me habia dado Anna Yagubsky. Respondio un anciano muy suspicaz. Supuse que seria su padre. Cuando le dije mi nombre, empezo a hacerme un sinfin de preguntas que no habria podido responder aunque hubiese querido.

– Oiga, senor Yagubsky, me encantaria charlar con usted, pero en este momento tengo un poco de prisa. ?Le importaria posponer sus preguntas y pedirle a su hija que se ponga?

– No hace falta decirlo en un tono tan grosero -replico.

– La verdad es que intentaba no ser grosero.

– Me sorprende que tenga usted clientes, senor Hausner, si los trata de esta manera.

– ?Clientes? Oiga, ?que le ha contado exactamente su hija, senor Yagubsky?

– Que usted es detective privado. Y que lo contrato para que encuentre a mi hermano.

– ?Ya su cunada? -pregunte, sonriendo.

– A decir verdad, de mi cunada puedo prescindir. Nunca entendi por que Roman se caso con ella, y nunca nos hemos llevado muy bien. ?Esta usted casado, senor?

– Lo estuve. Pero ya no.

– Bueno, al menos asi sabe lo que se pierde.

Meti otra moneda en el telefono.

– En este momento corro peligro si no hablo con su hija. Acabo de meter los ultimos cinco centavos.

– Vale, vale. Es lo malo de los alemanes. Por algun motivo siempre tienen prisa. -Colgo el auricular de un golpetazo y, al cabo de un minuto, se puso Anna.

– ?Que le ha dicho a mi padre?

– No tengo tiempo de explicarselo. Quiero verla en la estacion Presidente Peron dentro de media hora. -?No puede ser manana por la noche?

– Manana no puedo. Tengo una cita en el hospital. Quiza pasado manana tambien. -Encendi rapidamente un cigarrillo-. Mire, venga lo antes posible. La espero junto al anden de Belgrano.

– ?No me puede adelantar nada?

– Pongase ropa vieja. Y traiga una linterna. Mejor dos, si tiene y un frasco de cafe. Es probable que nos lleve un rato.

– ?Pero adonde vamos?

– A hacer unas excavaciones.

– Me asusta. ?Debo llevar tambien un pico y una pala?

– No, cielo, con unas manos tan bonitas como las suyas, seria una lastima. No se preocupe, no vamos a exhumar a nadie. Solo vamos a hurgar en unos viejos archivos de inmigracion y es probable que haya bastante polvo, eso es todo.

– Que alivio. Por un momento pense… bueno, soy un poco aprensiva con las exhumaciones de cadaveres. Sobre todo por la noche.

– Creo que normalmente es la mejor hora para hacer esas cosas. Ni siquiera los muertos prestan mucha atencion.

– Esto es Buenos Aires, senor Hausner. Los muertos siempre prestan atencion en Buenos Aires. Por eso construimos La Recoleta. Para tenerlo siempre presente. La muerte es un modo de vida para nosotros.

– Esta hablando con un aleman, cielo. Cuando inventamos las SS eramos la maxima autoridad en el culto a la muerte, creame. -El telefono empezo a reclamar mas dinero-. Acabo de echar mis ultimos cinco centavos, asi que traigase su hermoso trasero, como le dije. La espero.

– Si, senor.

Colgue el auricular. Lamente haber implicado a Anna. Lo que pensaba hacer entranaba cierto riesgo. Pero no se me ocurria ninguna otra persona que me pudiera ayudarme a descifrar los documentos almacenados en el Hotel de Inmigrantes. Ademas, ella ya estaba implicada. Buscabamos a sus tios. No me pagaba lo suficiente para asumir solo todos los riesgos. Y dado que no me pagaba nada en absoluto, bien podia tomarse la molestia de venir conmigo de paseo y demas. Estaba indeciso sobre como interpretar que me hubiese llamado «senor». Me hacia sentir como alguien digno de respeto en virtud de mi edad. Que era algo a lo que tendria que ir acostumbrandome, me decia para mis adentros. Estaba bien. Habia que seguir con vida para envejecer.

Compre tabaco, un ejemplar del Prensa, otro del Argentisches Tageblatt, el unico diario en lengua alemana que se podia leer, en el sentido de que no lo marcaba a uno como nazi. Pero el principal motivo por el que entre en la estacion era la cuchilleria. La mayor parte de los modelos eran para los turistas: cuchilleria con mango de hueso para inspectores colegiados y contadores publicos con veleidades de gauchos, o de bailarines de tango pendencieros. Algunos de los cuchillos menos espectaculares parecian adecuados para lo que tenia en mente. Compre dos: un estilete largo y fino, para meterlo por el ojo de la cerradura y accionar el resbalon dentro de la caja; y otro algo mayor para apalancar la ventana. Me meti el grande debajo del cinturon, en la zona baja de la espalda, al estilo gaucho, y me guarde el estilete en el bolsillo superior de la chaqueta.

– Me gusta estar bien armado cuando viene mi hermana a cenar -le dije al dependiente, con una sonrisa benevola, cuando me fulmino con la mirada.

Se habria sorprendido mas si hubiera visto mi pistolera.

Paso media hora. Cuarenta y cinco minutos se convirtieron en una hora. Empezaba a maldecir a Anna cuando aparecio por fin, ataviada con un conjunto de ropa antigua suministrado por Edith Head. Una bonita camisa de cuadros escoceses, unos vaqueros cenidos, una chaqueta de tweed bien cortada, zapatos bajos y un bolso grande de piel. Y, aunque demasiado tarde, me percate de mi error. Decirle a una mujer como Anna que viniera vestida con ropa vieja era como decirle a Berenson que enmarcase un magnifico cuadro con lena cochambrosa. Supuse que probablemente se habria cambiado de modelito varias veces para asegurarse de que la ropa vieja que llevaba era la mejor que podia elegir. No es que importase mucho lo que llevase puesto. Anna Yagubsky estaba guapisima aunque vistiese medio disfraz de caballo.

– ?Vamos a coger un tren? -pregunto, mirando el tren de Belgrano con incertidumbre.

– Se me ha pasado la idea por la cabeza. Pero este no. Me han dicho que es mas comodo el tren del paraiso. No, quede aqui con usted para que no me pasase desapercibida en la calle oscura. Pero ahora que vuelvo a verla, creo que no me pasaria desapercibida ni en un exodo.

Se sonrojo un poco. La saque de la estacion. Al salir de aquella inmensa catedral retumbante, nos

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