– ?Quiere intentarlo otra vez? -pregunte-. No creo que lo hayan oido en la Casa Rosada.
– Lo siento -susurro.
– Esperemos que no.
Anna ya estaba arrodillada delante del cajon caido y, con la luz de la pequena dinamo manual que sostenia, examino el contenido.
– Tenia razon -grito emocionada-. Es la Y.
Recogi del suelo el faro de bicicleta e ilumine sus manos.
– No me lo puedo creer -dijo despues, mientras extraia una fina carpeta-. Yagubsky. -Hasta en la penumbra pude ver las lagrimas en sus ojos. Su voz sonaba tambien ahogada-. Parece que si es capaz de hacer milagros. San Bernardo.
Luego abrio la carpeta. Estaba vacia.
Anna se quedo mirando fijamente la carpeta vacia durante unos instantes. Luego la arrojo a un lado irritada y, agachandose de nuevo, exhalo un enorme suspiro.
– Menudo milagro -dijo.
– Lo siento.
– No es culpa suya.
– No pretendia ser ningun santo, de todos modos.
Al cabo de un rato encontre la carpeta vacia. La recogi y la mire mas atentamente. Era cierto que estaba vacia. Pero no carecia de informacion. En la cubierta de papel Manila habia una fecha.
– ?Cuando dijo que desaparecieron?
– En enero de 1947.
– Esta carpeta tiene fecha de marzo de 1947. Y mire. Debajo de los nombres estan escritas las palabras «judio» y «judia». Y luego esta el sello de goma de tinta roja.
– D12 -dijo Anna, mirandolo de cerca-. ?Que es D12?
– Hay otra fecha y una firma dentro del sello. La firma es ilegible. Pero la fecha esta bastante clara. Abril de 1947. -Si, ?pero que es D12?
– Ni idea.
Volvi al archivador y extraje otra carpeta. Esta pertenecia a Iohn Yorath. De Gales. Y estaba llena de informacion. Datos sobre visados de entrada, datos de la historia medica de Iohn Yorath, registro de su estancia en el Hotel de Inmigrantes, una copia de una cedula, todo. Pero no decia que fuera judio. Y no habia ningun sello del D12 en la cubierta.
– Estuvieron aqui -dijo Anna, emocionada-. Esto prueba que estuvieron aqui.
– Creo que tambien prueba que ya no estan aqui.
– ?Que quiere decir?
– No se -dije, encogiendome de hombros-. Sin embargo, parece claro que los detuvieron. Quiza los deportaron.
– Se lo dije. No volvimos a saber mas de ellos. Desde enero de 1947.
– Luego quiza los encarcelaron. -Entusiasmandome con mi tema, anadi-: Usted es abogado, Anna. Hableme de las prisiones de este pais.
– Veamos. Esta la prision de Parque Ameghino, aqui en la ciudad. Y la Villa Devoto, claro, donde Peron encarcela a sus enemigos politicos. Luego esta la de San Miguel, donde mandan a los delincuentes comunes. ?Que mas? Si, hay una carcel militar en la isla de Marin Garcia, en el Rio de la Plata. Es donde encarcelaron a Peron cuando fue depuesto inicialmente, en octubre de 1945. Si, si, se puede encarcelar a mucha gente en Marin Garcia. -Penso unos instantes-… Pero espere un minuto. No hay ningun lugar mas remoto que la carcel de Neuquen, en las estribaciones andinas. Se hablamucho de Neuquen, pero no se sabe casi nadasobre ella, excepto que la gente que mandan alli nunca vuelve. ?Cree que es posible? ?Cree que pueden estar en la carcel? ?Despues de tanto tiempo?
– No lo se, Anna.-Senale el regimiento de archivadores alineados delante de nosotros-. Pero es posible que encontremos las respuestas en alguno de estos expedientes.
– Se ve que sabe entretener a una chica, Gunther. -Se levanto y fue al siguiente archivador y lo abrio.
Mas o menos una hora antes del amanecer, agotados, mugrientos de polvo, y sin haber encontrado nada mas de interes, decidimos retirarnos a descansar.
Llevabamos demasiado tiempo alli. Lo supe porque, en cuanto volvimos al vestibulo principal, alguien encendio las luces electricas. Anna exhalo un breve grito ahogado. A mi no me hizo ninguna gracia el giro de los acontecimientos. Sobre todo al ver que la persona que habia encendido las luces nos apuntaba con un arma. No es que fuera exactamente una persona. Ya entendia por que me habia dicho Marcello que habian reducido al personal. Aquel hombre estaba esqueletico. Habia visto gente de aspecto mas saludable metida en ataudes. Media un metro setenta y tenia el pelo graso, lacio y entrecano, cejas que semejaban dos mitades de un bigote separadas por su propio bien, y facciones cobardes de rata. Vestia un traje barato, un chaleco que parecia un trapo en las manos grasientas de un mecanico, y no llevabas calcetines ni zapatos. En el bolsillo del abrigo traia una botella que probablemente era su desayuno y, en la comisura de la boca, un cilindro de ceniza languida que habia sido un cigarrillo. Cuando abrio la boca, la ceniza se cayo al suelo.
– ?Que hacen aqui? -dijo con una voz poco inteligible por la tIerna y el alcohol y la falta de dentadura. Solo le quedaba una pieza dental en la prominente mandibula superior: un incisivo que parecia el ultimo bolo de pie en la bolera.
– Soy policia -le dije-. Necesitaba consultar con urgencia un viejo archivo. Me temo que no habia tiempo para seguir los procedimientos adecuados.
– ?Es eso cierto? -Hizo senas a Anna-. ?Y ella que pinta aqui?
– No es asunto suyo -dije-. Mire, ?quiere ver mi placa de identificacion? Es lo que le dije.
– Usted no es poli. Con ese acento…
– Soy de la secreta. De la SIDE. Trabajo para el coronel Montalban.
– No se quien es.
– Los dos dependemos de Rodolfo Freude. A ese si lo conocera, ?no?
– Claro. Fue el quien me dio las ordenes. Ordenes explicitas. Dijo: «Nadie». Y quiero decir: «Nadie». Nadie entra en este lugar sin la autoridad expresa, por escrito, del presidente. -Sonrio-. ?Tiene alguna carta del presidente? -Repto hacia mi y me cacheo, dandole la vuelta a mis bolsillos rapidamente con los dedos. Sonrio y dijo-: Parece que no.
Al verlo mas de cerca no me senti inclinado a cambiar impresiones con el. Parecia inferior y mediocre. Pero no habia nada mediocre en la pistola que empunaba. Eso si que era especial. Una Police Special de calibre treinta y ocho, con canon de cinco centimetros y bonito pavon azul brillante. Era lo unico que tenia en perfecto estado de funcionamiento. Se me paso por la cabeza enfrentarme a el mientras registraba mis bolsillos. Pero la Special me hizo cambiar de idea. Encontro mi arma y la arrojo al suelo. Hasta encontro el estilete en mi bolsillo de la chaqueta. Pero no encontro el cuchillo de gaucho escondido bajo mi cinturon en la parte inferior de la espalda.
Se alejo y cacheo a Anna, manoseando sobre todo sus pechos, cosa que le dio alguna idea.
– Que linda, nena -le dijo-. Quitate la chaqueta y la camisa.
Ella le clavo la mirada con insolencia muda y, al ver que no ocurria nada, el echo mano del arma y la presiono contra el cuello de Anna, justo debajo de la barbilla.
– Sera mejor que lo hagas, linda, o te vuelo la cabeza.
– Haga lo que le dice, Anna. No bromea.
El hombre sonrio mostrando su boca de un solo diente y dio un paso atras para disfrutar de las vistas mientras ella se desnudaba.
– El sosten tambien. Quitatelo. A ver esas tetitas.
Anna me miro desesperada. Le indique por senas que lo hiciese. Se desabrocho el sosten y lo dejo caer al suelo.
El hombre se relamia los labios al contemplar los pechos desnudos.
– Que lindas -dijo-. Que tetitas tan lindas. Las tetas mas lindas que he visto en mucho tiempo.
Presione la columna vertebral contra el cinturon y senti la presencia de la funda del cuchillo. Me preguntaba si seria capaz de lanzar un cuchillo, sobre todo uno como aquel, como de tabla de carnicero.
