que sufriese algun percance en la traquea, y se puso a jugar al cangrejo con ellas.

– Otto Skorzeny -respondio. Su voz sonaba casi tan ronca como la mia, como si se gargarizase con un electrolito.

– Que alivio -dije-. Hasta ahora casi todas las enfermeras eran bastante guapas.

– Ya me he dado cuenta -dijo entre risas-. A lo mejor yo tambien deberia ingresar aqui. Todavia me molesta una vieja herida de guerra que sufri en el cuarenta y uno. Me bombardearon con un cohete Katiuska y me enterraron vivo durante un rato.

– Tengo entendido que es la mejor manera, a la larga.

Volvio a reirse. Sonaba como un sumidero que se vacia.

– ?Que puedo hacer por usted, Otto? -Le llame Otto porque llevaba abrochados los tres botones de la chaqueta y tenia algo prominente debajo de la axila derecha. Y no pense que fuera la tiroides.

– Me han dicho que anda por ahi haciendo preguntas sobre mi. -Sonrio, pero era mas un modo de estirarse la cara que nada agradable.

– ?Ah, si?

– En la Casa Rosada.

– Una o dos, quiza.

– No es muy recomendable, amigo. Sobre todo para un hombre de su posicion. -Apreto las pinzas c~n un gesto muy significativo-. ?Para que es esto?

– Son pinzas quirurgicas -respondi, pensando que seria mejor no contarselo en detalle.

– ?Para extraer unas de los pies que crecen hacia dentro y cosas asi?

– Supongo.

– En una ocasion vi como la Gestapo le arrancaba a un hombre las unas de los pies. Fue en Rusia.

– Me han dicho que es un pais fascinante.

– Los cabrones de los rusos aguantan el dolor como nadie -dijo con verdadera admiracion-. En una ocasion vi como un soldado ruso, al que le habian amputado los dos brazos a la altura del codo una o dos horas antes, se levanto del colchon para ir solo a la letrina.

– Mas que pinzas, debian de ser unos buenos alicates.

– Bueno, aqui me tiene. ?Que es lo que quiere saber? Y no me venga con ese rollo del pasaporte. O certificado de buena conducta, o lo que sea. ?Que quiere saber exactamente?

– Estoy buscando a un asesino.

– ?Solo eso? -Skorzeny se encogio de hombros-. Todos lo somos, supongo. -Dejo el cigarro en el cenicero que habia en la mesa de noche-. Si no, no estariamos aqui en Argentina.

– Si, pero el hombre que busco asesino a ninas. Chicas jovenes, al menos. Las destripo como a cerdos. Al principio pense que alguno de nuestros viejos camaradas habia desarrollado un gusto por el crimen psicopatico. Ahora se que es algo totalmente distinto. Tambien hay un caso de desaparicion de una chica que puede guardar relacion con eso o no. Puede que haya muerto. O que la hayan secuestrado.

– ?Y penso que yo podria tener algo que ver con eso?

– El secuestro era uno de sus fuertes, que le llevo a la fama, creo recordar.

– ?Se refiere a Mussolini? -Skorzeny sonrio-. Eso fue una mision de rescate. Hay mucha diferencia entre sacar del fuego los huevos del Duce y secuestrar a una colegial.

– Ya lo se. De todos modos me senti obligado a mirar debajo de todas las piedras. Tenia orden de hacerlo, en cualquier caso.

– ?Quien le dio la orden?

– No puedo decirselo.

– Me cae bien, Hausner. Tiene cojones. A diferencia de casi todos nuestros camaradas. Yo aqui, intimidandolo discretamente…

– ?Eso pretende?

– … y usted se niega a que lo intimide, maldita sea.

– Por ahora.

– Podria empezar a quitarle esos clips con las pinzas -dijo-. Apuesto que son para eso. Pero prefiero tener de mi parte a un hombre como usted. En este pais no abundan los aliados, los hombres en los que se pueda confiar.

Asintio, como si se diese la razon. Por su cara, y la reputacion que tenia, probablemente era lo mas sensato que podia hacer. -Si, me vendria bien tener de mi parte a una buena persona como usted en Argentina.

– Cualquiera diria que me esta ofreciendo un trabajo, Otto.

– A lo mejor es que si.

– Ultimamente todo el mundo me ofrece trabajos. A este paso me van a nombrar empleado del ano.

– Si permanece con vida, claro.

– ?Como dice?

– No quiero que se vaya de la lengua en nuestro negocio -dijo-. Si se le va la lengua, a mi se me ira la mano.

Lo dijo de un modo que me resulto gracioso. Pero era indudable que lo decia en serio. Por lo que sabia de Otto Skorzeny -coronel de las Waffen-SS, Cruz de Caballero, heroe del Frente Oriental, el hombre que rescato a Mussolini de la custodia britanica- habria sido un grave error no tomarlo en serio. Un error garrafal.

– Se mantener el pico cerrado -dije.

– Todo el mundo sabe cerrar el pico -replico Skorzeny-. La gracia es hacerlo y permanecer con vida al mismo tiempo.

Eso tambien tenia gracia. Las cicatrices, la Cruz de Caballero, la fama de despiadado, todo empezaba a cobrar sentido. El hombre que le descoyunto la nariz a Otto Skorzeny no pensaba pedirle su coleccion de flores silvestres prensadas. Skorzeny era un asesino. Quiza no de esos asesinos que disfrutan matando por matar, pero si de los que matan sin siquiera plantearse que alguien pierda el sueno por un acto semejante;

– De acuerdo. Le ayudare si esta en mi mano, Otto. Ahora mismo no estoy muy ocupado, asi que adelante. Imagine que soy su sacerdote o su medico. Cuenteme algo confidencial.

– Busco algo de dinero.

– Que coincidencia -dije, ahogando un bostezo.

– No esa clase de dinero -gruno.

– ?Hay otra clase que no conozca?

– Si. La clase que no se puede contar porque es demasiado grande, cojones. Dinero de verdad.

– ?Ah, esa clase de dinero!

– Aqui, en Argentina, unos doscientos millones de dolares estadounidenses.

– Bueno, ya entiendo por que busca esa clase de dinero, Otto.

– O quiza el doble. No lo se con seguridad.

Esta vez me quede callado. Cuatrocientos millones de dolares es una cifra que requiere un silencio respetuoso.

– Durante la guerra, dos o tres o cuatro submarinos alemanes llegaron a Argentina cargados de oro, diamantes y dinero extranjero. Dinero judio, sobre todo. De los campos. Cinco banqueros alemanes residentes en Argentina se hicieron cargo del botin. Eran germano-argentinos que supuestamente debian financiar la campana belica desde este lado del Atlantico. -Se encogio de hombros-. No hace falta que le cuente lo bien que lo hicieron. La mayor parte del dinero no se gasto. Permanecio bien guardado en las camaras acorazadas del Banco Germanico y el Banco Tornquist.

– Bonito legado -comente.

– Veo que lo va pillando -dijo Skorzeny-. Despues de la guerra, los Peron pensaron lo mismo que usted. El seboso general y la puta de la rubia empezaron a presionar a los cinco banqueros, sugiriendoles que hiciesen una generosa aportacion a la campana, como gesto de agradecimiento por toda la hospitalidad que Argentina habia brindado a nuestros viejos camaradas. Asi que los banqueros pusieron el dinero que les pedian y confiaron en que ahi acabase la cosa. Por supuesto, no acabo ahi. Ser dictador es muy caro, sobre todo si no se dispone de una linea de credito judio como la que disfrutaba Hitler. Asi que los Peron, y sus benditos descamisados, exigieron una nueva donacion. Y esta vez los banqueros pusieron mas reparos. Como suelen hacer los banqueros. Gran error. El presidente empezo a presionarles. A uno de los banqueros, el mayor, Ludwig Freude, lo nombraron responsable

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