cabo de cierto tiempo logre ordenar mentalmente algunas piezas del puzzle. Por desgracia, era un puzzle cuyas piezas se estaban cortando todavia y, si no me andaba con cuidado, la estrecha hoja vertical de la sierra podia cortarme los dedos mientras intentaba enlazarlas. O algo peor. Me parecia dificil vivir el tiempo suficiente para recomponer la imagen completa. Sin embargo, tampoco podia dejarlo todo y largarme sin mas. No me gusta mucho la palabra «jubilacion», pero es lo que mas deseaba. Estaba harto de hacer puzzles. Argentina era un pais bonito. Queria ir a la playa de Mar del Plata, ver las regatas de Tigre o visitar los lagos de Nahuel Huapi. Lamentablemente, nadie estaba dispuesto a tolerar que hiciese lo que me venia en gana. Querian que hiciese lo que les venia en gana a ellos. Y aunque deseaba que las cosas fuesen diferentes, no veia manera de cambiarlas. Con todo, decidi atender los asuntos segun mi propio orden de prioridades.

Al contrario de lo que le dije al coronel Montalban, no me gustaban los cabos sueltos. Siempre me molesto no haber podido detener al asesino de Anita Schwartz. No solo por mi orgullo profesional, sino tambien por el orgullo profesional de Paul Herzefelde. Asi que lo primero que hice al salir del hospital fue dirigirme a casa de Helmut Gregor. Para entonces tenia una idea bastante clara de quien era, pero queria asegurarme antes de decirselo a la cara al coronel.

Helmut Gregor vivia en la zona mas bonita de la Florida. La casa, situada en la calle Arenales 2460, era una soberbia mansion blanca de estilo colonial, propiedad de un rico empresario argentino llamado Gerard Malbranc. En la fachada principal habia una galeria con pilares, en cuya balaustrada estaba preso un perro de tamano medio, empenado en desdenar la tentadora proximidad de un gato de pelo largo, que parecia el amo de aquellos domimos.

Vigile la casa. Tenia un termo de cafe, conac, un par de periodicos y varios libros en aleman de la libreria Durer Haus. Hasta habia pedido prestado un pequeno telescopio. Era una calle agradable y tranquila y, pese a mis mejores intenciones, deje los libros y periodicos y me quede dormido con un ojo medio abierto. En una ocasion me incorpore y vi a una elegante pareja a lomos de caballos no menos elegantes. Vestian ropa normal y montaban en sillas inglesas. Era lo mas pintoresco que se podia encontrar en el barrio de la Florida. Un gaucho en la calle Arenales habria pasado tan desapercibido como un balon de futbol en el altar de una catedral. En otra ocasion, al abrir los ojos vi unAa furgoneta de Gath & Chaves que entregaba una cama a una mujer vestida con una bata de seda rosa. Por su atuendo me parecio que tenia intencion de dormir en ella en cuanto los dos simios la introdujesen en su casa y se largasen en la furgoneta. No me hubiera importado acostarme con ella.

A mediodia, cuando llevaba varias horas alli, aparecio un coche de policia. Un poli con una chica de unos catorce anos salieron del coche. El agente parecia lo bastante mayor para ser su abuelo. Podria ser su «caballero blanco», que es como llaman los portenos a los viejos ricos que se echan una amante joven y codiciosa, pero los policias uniformados no suelen ganar lo suficiente para gastarlo con nadie, aparte de la rolliza esposa y los hijos poco agraciados. Por supuesto, tambien podria haber sido un padre que traia a su hija, asombrosamente atractiva, por cierto, a una cita con el medico de familia, salvo por el pequeno detalle de que los padres no suelen esposar a sus hijas. A no ser que hayan sido muy malas. El perro se puso a ladrar mientras subian las escaleras de la puerta principal. El poli acaricio la cabeza del perro. Dejo de ladrar.

Por el telescopio vi la puerta negra pulida. Abrio un hombre vestido con un traje de tweed de color claro. Tenia el pelo oscuro y bigote corto de estilo Errol Flynn. Parecia que el poli y el ya se conocian. El hombre de la casa sonrio y pude ver una enorme separacion entre los dos incisivos superiores. Luego puso la mano en el hombro de la chica y se dirigio a ella con amabilidad. La chica, que hasta ese momento parecia nerviosa, se tranquilizo. El hombre senalo las esposas y el poli se las quito. La chica se froto las munecas y se metio la una del pulgar entre los dientes. Tenia una melena castana y un cutis de color miel. Vestia un vestido rojo de pana y medias rojas y negras. Al hablar juntaba las rodillas y cuando sonreia era como si saliese el sol tras una nube. El hombre de la casa hizo pasar a la chica, miro al policia y senalo algo detras de ella, como si lo invitase tambien a el a entrar. El poli nego con la cabeza. El hombre entro, la puerta se cerro y el poli volvio al coche, donde se fumo un cigarrillo, se bajo la gorra, cruzo los brazos y se echo a dormir.

Mire la hora. Eran las dos.

Al cabo de noventa minutos se abrio de nuevo la puerta. El hombre de la casa acompano a la chica hasta la galeria. Cogio el gato y se lo mostro con orgullo. La chica acaricio la cabeza del gato y le metio una golosina en la boca. El hombre dejo el gato en el suelo y bajaron las escaleras. La chica caminaba mas despacio que antes, bajando los escalones como si midiesen mas de un metro. Volvi a mirar por el telescopio. Le pendia la cabeza sobre los hombros, pero no tanto como los parpados. Daba la impresion de que la habian drogado. Varios pasos por delante de la chica, el hombre dio unos golpecitos en la ventanilla del coche de policia y el agente se irguio de forma repentina, como si un objeto punzante hubiera traspasado la parte inferior de su asiento. El hombre abrio la puerta trasera derecha del coche y se volvio para ver donde estaba la chica y vio que habia dejado de caminar, aunque a duras penas se sostenia de pie. Parecia un arbol a punto de desplomarse. Estaba palida, tenia los ojos cerrados y respiraba profundamente por la nariz, intentando no desvanecerse. El hombre volvio hacia la chica y le paso la mano por la cintura. A continuacion la chica se inclino hacia delante y vomito en la alcantarilla. El hombre miro a su alrededor buscando al poli y dijo algo brusco. El poli se acerco, recogio a la chica en brazos y la tendio en el asiento trasero del coche. Cerro la puerta, se quito la gorra, se seco la frente con un panuelo y comunico algo al hombre, que se inclino hacia delante para decir adios con la mano por la ventanilla a la chica postrada y luego se quedo alli esperando. Miro a su alrededor. Miro hacia mi. Me encontraba a unos treinta metros de distancia. No pense que pudiera verme. No me vio. El coche de policia arranco, el hombre volvio a decir adios y subio a la casa.

Plegue el telescopio y lo guarde en la guantera. Bebi un trago de conac de la petaca que llevaba en el bolsillo y sali del coche. Recogi una carpeta y un cuaderno que tenia en el asiento del copiloto, me ajuste la pistolera, me frote la cicatriz aun reciente en la clavicula y subi las escaleras. El perro se puso a ladrar otra vez. El gato, que tenia el tamano y la forma de un plumero, estaba sentado en la balaustrada y me escudrino con ojos verticales. Era un demonio menor, tipico de su diabolico propietario.

Llame al timbre, oi un carillon que sono como el de un reloj de torre, y volvi la vista atras, hacia el otro lado de la calle. En ese momento se vestia la mujer de la bata rosa. Segui esperando hasta que se abrio la puerta detras de mi.

– Oiran bien al cartero -dije en aleman-. Con un timbre asi. Dura tanto como un coro celestial. -Le mostre mi identificacion-. Me pregunto si puedo pasar y hacerle unas preguntas.

En el aire se percibia un fuerte olor a eter, que ponia de relieve la evidente inoportunidad de mi visita. Pero Helmut Gregor era aleman y un aleman sabia que no le convenia discutir con credenciales como las mias. Ya no existia la Gestapo, pero la idea y la influencia de la Gestapo pervivia en la mente de todos los alemanes con edad suficiente para distinguir entre un anillo de boda y una nudillera metalica. Sobre todo en Argentina.

– Sera mejor que pase -me dijo, apartandose con cortesia-. ?Herr…?

– Hausner. Carlos Hausner.

– Un aleman que trabaja para el servicio estatal de informacion. Que raro, ?no?

– Bueno, no se. En otros tiempos no se nos daban nada mal estas cosas.

Insinuo una sonrisa y cerro la puerta.

Estabamos en un vestibulo de techos altos con suelo de marmol. Alcance a ver fugazmente algo que parecia una clinica, al fondo del vestibulo, antes de que Gregor cerrase la puerta de cristal esmerilado de aquella sala.

Hizo una pausa, como si se sintiese inclinado a celebrar el interrogatorio en el vestibulo, pero luego parece que cambio de opinion y me condujo hasta una elegante sala de estar. Bajo un historiado espejo de oro habia una chimenea de piedra muy elegante, ante la cual habia una mesa de te china de madera noble y un par de sillones de piel. Me indico por senas que me sentase en uno de los sillones.

Me sente y eche un vistazo alrededor. En un aparador habia una coleccion de mates de plata y, en la mesa que teniamos delante, un ejemplar del Free Press, que era el diario aleman de tendencia nazi. En otra mesa habia una fotografia de un hombre con pantalones bombachos montando en bicicleta. En otra foto se veia a un hombre con corbata blanca y frac en el dia de su boda. El hombre no tenia bigote en ninguna de las dos fotografias y este detalle me ayudo a identificarlo como el hombre que conoci en los escalones de la casa del doctor Kassner en Berlin, en el verano de 1932. El hombre que se llamaba Beppo. El hombre que ahora decia llamarse Helmut Gregor. Aparte del bigote no habia cambiado gran cosa. No llegaba a los cuarenta y tenia todavia bastante pelo, sin una sola cana. No sonreia pero mantenia la boca entreabierta, con el

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