sentia torpe, confuso, con la mente en blanco. Trague saliva con cierta dificultad e intente responder. El humo me molestaba mucho. Era tan denso que ya no veia el fuego. Ni el tejado del Adlon. Ni a Frieda. Al cabo de un minuto respire profundamente y me dolio la garganta.
– ?Donde estas? -pregunte.
Un hombre me miraba a traves del humo. Llevaba una bata blanca y un reloj de oro. Se fijo en mi clavicula y luego la palpo con los dedos, como si buscase algo bajo mi nuez de Adan.
Volvi la cabeza sobre la almohada y bostece.
– ?Como se encuentra? -pregunto el hombre de la bata blanca.
– Me duele un poco al tragar -me oi decir-. Por lo demas, todo bien.
Era moreno y atletico, con una sonrisa tan pulcra y ordenada como las puas de un peine. Su castellano no era gran cosa. Parecia ingles, o quiza americano. Tenia un aliento fresco y perfumado, como sus dedos.
– ?Donde estoy?
– En el Hospital Britanico de Buenos Aires, senor Hausner. Le hemos operado de tiroides. ?Recuerda? Soy medico. El doctor Pack.
Frunci el ceno, intentando recordar quien era Hausner.
– Es usted un hombre afortunado. Vera, la tiroides esta situada a ambos lados de la nuez de Adan, como dos ciruelas. Una de ellas era cancerigena. Hemos extirpado esa parte de la tiroides. Pero la otra parte estaba bien. Asi que la dejamos en su sitio. Eso significa que no tendra que pasarse el resto de su vida tomando pildoras de tiroxina. Solo un poco de calcio, hasta que sus analisis de sangre sean satisfactorios. Dentro de unos dias le daremos de alta y volvera a trabajar.
Tenia algo adherido al cuello. Intente tocarlo, para sentir lo que era, pero el medico me lo impidio.
– Son clips para unir la piel en la zona de la herida -me explico-. No vamos a coserle hasta que estemos seguros de que todo esta en orden.
– ?Y si no lo esta? -pregunte con un graznido.
– Noventa y nueve veces de cada cien sale todo bien. Si el cancer no se ha extendido desde uno de los lados de la tiroides al otro, probablemente ya no lo hara. No, el motivo por el que no le cosemos todavia es que queremos echar un vistazo a la traquea. A veces, despues de extraer la tiroides o una parte de la tiroides, hay un pequeno riesgo de asfixia. -Blandio un par de pinzas quirurgicas-. Si eso sucede, desabrochamos los clips con las pinzas y volvemos a abrirle. Pero le aseguro, senor, que es algo sumamente improbable.
Cerre los ojos. No queria ser grosero, pero estaba tan drogado que ni me preocupe de la cortesia. Y me costaba recordar hasta mi verdadero nombre. No me llamaba Hausner, de eso estaba seguro.
– Espero que no se haya equivocado de paciente, doctor -me oi susurrar-. Soy otro, ?sabe? Otro que fui hace mucho tiempo.
La siguiente vez que me desperte ella estaba junto a mi, apartandome el pelo de la frente. Habia olvidado su nombre pero no lo hermosa que era. Llevaba un traje cenido de color marron habano y manga corta. Daba la impresion de que la habian liado en el muslo de una cubana. Si hubiese tenido fuerzas, me la habria metido en la boca y le habria dado una calada por los dedos de los pies.
– Toma -dijo, mientras me ponia un collar-. Es un collar
– Gracias, cielo. Por cierto, ?como te has enterado de que estaba aqui?
– Me lo dijeron en tu hotel. -Ojeo mi habitacion-. Bonita habitacion. Te las has arreglado muy bien solo.
Tenia una habitacion individual en el Hospital Britanico porque no habia habitaciones individuales en el Hospital Americano y porque el coronel Montalban no queria que vieran al doctor George Pack, del Memorial Sloan – Kettering Cancer Center de Nueva York, cerca del Hospital del Presidente Juan Peron, y sobre todo cerca del Hospital de Evita Peron. Pero no podia contarselo a Anna. Era una habitacion muy britanica. Habia en la pared un bonito retrato del rey.
– ?Pero por que aqui y no en el Hospital Aleman? -pregunto Anna-. Supongo que te da miedo que te reconozcan, ?es eso?
– Es porque mi medico es americano y no habla aleman -respondi-. Y porque no habla muy bien espanol.
– De todos modos, estoy enfadada contigo. No me dijiste que estabas enfermo.
– No estoy enfermo, cielo. Ya no. En cuanto salga de aqui te lo demostrare.
– De todos modos, si yo tuviese cancer te lo contaria -dijo-. Pensaba que eramos amigos. Y los amigos estan para eso.
– Pense que creerias que es contagioso.
– No soy tonta, Gunther. Se que el cancer no se contagia.
– A lo mejor es que no queria correr ese riesgo.
Me di cuenta de que el rey estaba de acuerdo conmigo. El tampoco tenia muy buena cara. Vestia un uniforme naval con galones dorados suficientes para abastecer a un barco de oficiales ambiciosos. Se apreciaba el dolor en sus ojos y en los tendones de sus finas manos, pero parecia de esas personas que lo aguantan en silencio. Me di cuenta de que teniamos mucho en comun.
– Y hablando de riesgos -dije bruscamente-. Lo que te dije iba en serio, cielo. No puedes contar nada de lo que ocurrio. Ni hacer preguntas sobre lo que averiguamos de la Directiva 11.
– No creo que hayamos averiguado gran cosa -dijo-. No estoy tan segura de que seas el gran detective del que me hablo mi amigo.
– Pues ya somos dos. En cualquier caso, este es un tema en el que la gente de este pais no quiere que se hurgue, Anna. Llevo mucho tiempo en este negocio y se reconocer un gran secreto a la legua. No te lo dije antes, pero, cuando mencione la Directiva 11 a una persona de la SIDE, empezo a retorcerse como una vara de adivinacion. Prometeme que no se lo diras a nadie. Ni siquiera a tus padres ni a tu confesor rabino.
– De acuerdo -dijo malhumorada-. Te lo prometo. No dire nada. Ni siquiera en mis oraciones.
– En cuanto salga de aqui me pondre de nuevo en marcha. A ver que averiguamos. Mientras, respondeme a esta pregunta. ?Que eres? ?Catolica judia? ?O judia catolica? No se muy bien cual es la diferencia. A no ser que te arroje al estanque del pueblo.
– Mis padres se convirtieron al salir de Rusia -dijo-. Porque querian integrarse bien al llegar aqui. Mi padre dijo que ser judio llamaba la atencion, que era mejor pasar desapercibido como cualquier otra persona. -Hizo una mueca de contrariedad-. ?Por que? ?Tienes algo contra los catolicos judios?
– Todo lo contrario. Si te remontas en el tiempo, descubriras que todos los catolicos son judios. Esa es la grandeza de la historia. Si uno se remonta lo suficiente en el tiempo, hasta Hitler es judio.
– Supongo que eso lo explica todo -dijo, y me beso tiernamente.
– ?Y eso a que viene?
– Eso era en lugar de las uvas. Para que te ayude a recuperarte pronto.
– Me ayudara, sin duda.
– Y esto tambien. Me he enamorado de ti. No me preguntes como, porque eres demasiado mayor para mi, pero asi es.
Recibi otras visitas, pero ninguna tan maravillosa como Anna Yagubsky, y ninguna me hizo sentir tan bien. Vino a verme el coronel. Tambien Pedro Geller. Y Melville del Richmond Cafe, que tuvo la amabilidad de ganarme al ajedrez. Era todo muy civilizado y corriente, como si formase parte de una comunidad en lugar de ser un exiliado. Hubo solo una excepcion muy alta y con una cicatriz en la cara.
Media uno noventa y pesaba unos ciento veinte kilos. Tenia el pelo espeso y oscuro, peinado hacia atras desde una frente ancha y rugosa, como una boina francesa. Sus orejas eran enormes, como las de un elefante indio, y tenia la mejilla izquierda cubierta de schmisses, cicatrices muy del gusto de los estudiantes alemanes, para quienes un sable de duelo era un entretenimiento mucho mas atractivo que un librito de poesia. Vestia una americana de color marron claro, unos pantalones de franela muy holgados, camisa blanca y una corbata de seda verde. Sus zapatos eran robustos, muy lustrosos, y probablemente contenian una grabacion magnetofonica de una plaza de armas. En la mano izquierda tenia un cigarrillo. Supuse que rondaria los cuarenta y pocos. Cuando empezo a hablar en aleman, observe que tenia un fuerte acento vienes.
– Veo que esta despierto -dijo.
– ?Quien es usted? -pregunte, mientras me incorporaba en la cama.
Cogio con sus manazas las pinzas quirurgicas, las mismas pinzas que abririan los clips del cuello en caso de
