– Soy el doctor Effner. Su esposa, frau Gunther, esta muy enferma. Gravemente enferma. No esta mejorando. No mejora en absoluto, herr Gunther. La trasladaron aqui durante la noche. Y estamos haciendo todo lo que podemos, senor. Puede estar seguro de ello. Pero creo que deberia prepararse. Prepararse para lo peor. Es probable que no pase de esta noche. -Hablaba como un canon, en explosiones de discurso breves y violentas, como si hubiera aprendido a tratar a sus pacientes a bordo de un Messerschmitt 109-. Procuraremos que este tranquila, por supuesto. Pero ya hemos hecho cuanto podiamos hacer. ?Entiende lo que le quiero decir?
– ?Esta diciendo que puede que muera? -pregunte cuando, por fin, me dio oportunidad.
– Si, herr Gunther -respondio-. Eso digo. Esta muy enferma, como puede observar.
– ?Que diablos le sucede? Es decir, la vi hace unos dias y parecia encontrarse bien.
– Tiene fiebre -dijo, como si no hiciera falta dar mas explicaciones-. Fiebre alta. Lo puede comprobar siquiere, aunque no le aconsejo que se acerque demasiado a ella. La palidez, la falta de aire, la anemia, la inflamacion de los ganglios… todo eso me lleva a pensar que sufre una gripe severa.
– ?Gripe?
– Los ancianos, los vagabundos y la gente que esta internada o sufre algun retraso mental, como su esposa, son especialmente vulnerables al virus de la gripe.
– Ella no es retrasada mental -respondi, con cara de pocos amigos-. Esta deprimida, eso es todo.
– Los hechos hablan por si solos, senor -anadio el doctor Effner-. Las enfermedades respiratorias son la primera causa de muerte entre los retrasados mentales. No puede discutir los hechos, herr Gunther.
– Discutiria con Platon si hiciera falta, herr doctor -respondi, mordiendome el labio para no morderle a el en el cuello-. Sobre todo si los hechos estuvieran equivocados. Y le agradeceria que no mencionara la muerte con tanta presteza. Aun no esta muerta. No se si se ha dado cuenta. Aunque puede que usted sea el tipo de medico que prefiere estudiar a sus pacientes en lugar de intentar sanarlos.
El doctor Effner lleno de aire las aletas de la nariz, enarco la espalda aun mas -por imposible que pareciera – y se subio a una parra muy alta.
– ?Como se atreve a insinuar algo asi? -grito-. ?Insinuar que no me preocupan mis pacientes? Es indignante. Indignante. Estamos haciendo todo lo que podemos por… ?fraulein Handloser! Que tenga usted un buen dia, senor.
Echo un vistazo a su reloj, dio media vuelta con elegancia y se alejo a paso ligero. De haberle lanzado una silla a la cabeza me hubiera sentido mejor, pero no habria ayudado en nada a Kirsten ni a ninguno de los otros pacientes. En aquella barraca en construccion ya habia ruido de sobra.
7
Permaneci en el hospital varias horas. La enfermera me dijo que me llamaria si empeoraba, pero como solo tenia telefono en mi oficina, tuve que regresar alli y no a mi apartamento. Ademas, Galeriestrasse quedaba mas cerca del hospital que Schwabing. A tan solo veinte minutos a pie. Y en tranvia se llegaba en la mitad de tiempo.
De vuelta me detuve en la cerveceria Pschorr, de Neuhauser Strasse, para tomar una cerveza y una salchicha. No me apetecia ninguna de las dos, pero aun mantengo el habito de poli de comer cuando puedo en lugar de cuando tengo hambre. Despues compre un cuarto de litro de Muerte Negra en el bar, me lo meti en el bolsillo y me marche. El brebaje era para lo que intuia estaba por venir. La gripe ya me habia quitado a una esposa durante la gran epidemia de 1918. Y habia visto morir de ella a suficientes hombres en Rusia como para conocer bien las senales. Las manos y pies que se volvian poco a poco azules. El esputo en la garganta del que no lograban librarse. La respiracion agitada seguida de la falta de aire, y de nuevo la respiracion agitada. El leve olor a descomposicion. Lo cierto es que no queria sentarme a su lado y verla morir. No tenia valor para eso. Me dije que preferia recordar a Kirsten llena de vida, pero sabia que la verdad era otra. Era un cobarde. Demasiado gallina para pasar por eso junto a ella. Seguro que Kirsten habria esperado mas de mi. A decir verdad, yo tambien habria esperado un poco mas de mi mismo.
Entre en la oficina, encendi la lampara del escritorio, deje la botella junto al telefono y me tumbe en un sofade piel verde chirriante que me habia traido del bar del hotel. Junto al sofa habia una butaca a juego de respaldo con botones y brazos rugosos de piel agrietada. Al lado de la butaca tenia un escritorio con pie central y cierre de persiana, y en el suelo una Bokhara verde raida, ambos objetos sacados del hotel. La otra mitad de la suite estaba ocupada por una mesa de conferencia y cuatro sillas. De la pared colgaban dos mapas de Munich enmarcados. Tenia una pequena estanteria llena de guias telefonicas, horarios de trenes y diversos impresos y folletos que me habia llevado de la Agen cia Alemana de Informacion, en Sonnenstrasse. El conjunto daba una impresion que mejoraba la realidad, aunque no demasiado. Era la clase de lugar en el que encontrar a la clase de hombre que no tenia agallas para quedarse junto a su esposa a esperar su muerte.
Pasado un rato me levante, me servi una copa de Muerte Negra, me la bebi y volvi a echarme en el sofa. Kirsten tenia cuarenta y cuatro anos. Demasiado joven para morir de lo que fuera. Lo injusto de la situacion la volvia insoportable, tanto como para destrozar mi fe en Dios, de haberla conservado. No eran muchos los que salian de un campo sovietico de prisioneros de guerra creyendo en algo que no fuera la propension de los humanos a la inhumanidad. Aunque no era solo lo injusto de su muerte lo que me bullia en la cabeza. Tambien lo desafortunado. Perder a dos esposas por culpa de la gripe era algo mas que mala suerte. Se sentia como una condena. Tras haber sobrevivido a una guerra como la que acababamos de pasar, en la que tantos alemaneshabian perdido la vida, que alguien muriera de gripe parecia, cuando menos, improbable. Mas improbable que en 1918, ya que entonces mucha gente murio de lo mismo. Aunque claro, desde la perspectiva de los que se quedan, este tipo de cosas son siempre injustas.
Llamaron a la puerta. La abri y me encontre con una mujer alta y atractiva. Me dedico una sonrisa vacilante y dirigio la mirada al nombre en el vidrio esmerilado de la puerta.
– ?Herr Gunther?
– Si.
– Vi la luz desde la calle -dijo-. Lo llame hace un rato pero no estaba.
De no ser por las tres pequenas cicatrices en forma de semicirculo que le adornaban la mejilla derecha, habria sido bastante bonita. Me recordaron a los tres rizos que lucia Zarah Leander en la vieja pelicula sobre un torero que tanto le habia gustado a Kirsten. La Ha banera. Debia de ser de 1937. De hacia una eternidad.
– Todavia no he logrado encontrar secretaria -respondi-. No llevo tanto en el negocio.
– ?Es usted detective privado? -pregunto con tono de sorpresa, y me miro fijamente durante unos segundos, como si tratara de juzgar que tipo de persona era y si debia o no confiar en mi.
– Eso dice en la puerta -repuse, consciente de que no ofrecia mi mejor imagen de alguien de confianza.
– Tal vez haya cometido un error -dijo, con la vista clavada en la botella que habia encima de la mesa-. Siento haberle molestado.
En cualquier otro momento hubiera recurrido a mis buenas maneras y dosis de encanto, le hubiera ofrecidoasiento, hubiera apartado la botella y le hubiera preguntado, con mucha educacion, que problema tenia. Puede que incluso le hubiera ofrecido una copa y un cigarrillo para que se calmara. No era infrecuente que, a punto de entrar en la oficina de un detective privado, los clientes se echaran atras. Sobre todo las mujeres. Conocer a un detective -verlo vestido con un traje barato y percibir la mezcla de su olor corporal y colonia intensa- puede bastar para que un cliente potencial se de cuenta de que es mejor que no sepa lo que creia querer saber. Hay demasiada verdad en el mundo. Y demasiados cabrones dispuestos a ponertela delante, a estampartela en las narices. Por costumbre me aparte, como si tratara de incitarla a cambiar de opinion y hacerla entrar, pero ella se quedo fuera. Es probable que hubiera notado el olor a alcohol en mi aliento y la expresion llorosa y autocompasiva en mis ojos. Debio de pensar que estaba borracho. Sus elegantes zapatos de tacon dieron un paso atras.
– Buenas noches -dijo-. Y disculpe.
Sali al pasillo y me quede escuchando el sonido de los tacones que avanzaban sobre el suelo de linoleo en direccion a las escaleras.
– Buenas noches tambien para usted -respondi.
No se volvio. No dijo nada mas. Y entonces desaparecio, dejando tras de si una estela de algo fragante.
