Aspire con fuerza el ultimo rastro de ella hasta llevarmelo al estomago y al lugar que hacia de mi un hombre. Tal como se suponia que debia hacer. Al fin y al cabo, era un olor mucho mas agradable que el del hospital.
8
Kirsten murio poco despues de la medianoche, momento en el que ya estaba lo bastante intoxicado como para que la noticia fuera soportable. Ya no habia tranvias, de modo que fui al hospital a pie, solo para demostrarme que podia hacerlo tan bien como cualquiera. Ya la habia visto viva; no me hacia ninguna falta verla muerta, pero el hospital requeria mi presencia. Lleve el certificado de matrimonio. Pense que seria mejor arreglarlo todo antes de que perdiera su aspecto de ser humano. Siempre me ha sorprendido la rapidez con que eso sucede. Una persona puede rebosar tanta vida como un cesto lleno de cachorros, y horas mas tarde parecer una figura de cera del Panoptikum de Hamburgo.
Me atendio una enfermera distinta y un medico tambien distinto. Ambos mejores que los del turno de dia. La enfermera era algo mas atractiva. El medico tenia aspecto de ser humano, incluso en la penumbra.
– Siento mucho la muerte de su esposa -susurro, lo que yo interprete como una senal de respeto hasta que me di cuenta de que nos encontrabamos en mitad de la sala, junto al mostrador de las enfermeras, rodeados por mujeres dormidas que no estaban ni la mitad de enfermas de lo que habia estado mi esposa-. Hemos hecho todo lo que hemos podido, herr Gunther. Pero estaba muy grave.
– Gripe, ?no?
– Eso parece -respondio.
A la luz de la lampara me parecio muy delgado, tenia la cara palida y redonda, y el cabello pelirrojo de punta. Parecia un monigote de feria.
– Aunque es un poco raro, ?no cree? -senale-. Es decir, no he sabido de nadie mas que haya muerto de gripe.
– En realidad, hemos tenido varios casos. En la otra sala hay uno. Tememos que se propague. Estoy seguro de que recordara la ultima epidemia de gripe, la de 1918. Se acuerda, ?verdad?
– Mejor que usted -respondi.
– Por ese motivo las autoridades de ocupacion estan tan decididas a contener la propagacion de cualquier infeccion. Razon por la que le pedimos permiso para incinerar el cuerpo de inmediato. A fin de evitar la propagacion del virus. Me doy cuenta de que es un momento muy duro para usted, herr Gunther. Perder a una esposa tan joven debe de ser terrible. No puedo llegar a imaginarme como se siente en estos momentos. Pero no le pediriamos su colaboracion si no la estimaramos absolutamente necesaria.
Hablaba como si tuviera un nudo en la garganta, todo un detalle despues de la clase magistral en indiferencia y sangre fria impartida por su colega estirado, el doctor Effner. Lo deje seguir con su monserga, pues no tenia ganas de interrumpir sus efusivas muestras de condolencia con lo que me pasaba por la cabeza, es decir, queantes de perder la chaveta e ingresar en el Max Planck, Kirsten habia tocado fondo, estaba siempre borracha, y que antes de eso habia sido algo asi como una fulana, sobre todo con los americanos.
Estando en Berlin, recien terminada la guerra, ya sospeche que se abria de piernas a cambio de chocolate y cigarrillos. Muchas habian hecho lo mismo, por supuesto, aunque no daban muestras de disfrutarlo tanto como ella. Asi pues, me parecio apropiado que los americanos dispusieran de su cuerpo inerte como creyeran oportuno. Al fin y al cabo, ya habian dispuesto de el como habian querido cuando estaba con vida. De modo que cuando el doctor termino de susurrar su perorata, asenti y dije:
– Esta bien. Haremos lo que usted diga, doctor. Si cree que es necesario…
– Bueno, son mas bien los americanos -respondio-. Despues de lo sucedido en 1918, temen que se propague una epidemia en la ciudad.
Suspire.
– ?Cuando quiere hacerlo?
– Lo antes posible. Es decir de inmediato, si le parece bien.
– Antes me gustaria verla -respondi.
– Si, si, por supuesto. Pero trate de no tocarla, ?de acuerdo? Por si acaso. -Me dio una mascarilla-. Sera mejor que se la ponga -anadio-. Hemos abierto las ventanas para airear la habitacion, pero no merece la pena correr ningun riesgo.
9
Al dia siguiente viaje a Dachau para visitar al abogado de la familia de Kirsten y comunicarle la noticia. Krumper se estaba ocupando de la venta del hotel, de momento sin exito. Al parecer, la gente estaba tan interesada en comprar un hotel en Dachau como en hospedarse en el. La oficina de Krumper estaba en la plaza del mercado. La ventana que habia detras de su escritorio ofrecia una buena vista de St. Jakob, el ayuntamiento y la fuente de delante del ayuntamiento, que siempre me habia hecho pensar en un orinal. Su oficina parecia un terreno en construccion, solo que en lugar de ladrillos y tablones, habia pilas de libros y archivos.
Krumper iba en silla de ruedas a causa de una herida en la cadera provocada por uno de los muchos ataques aereos que llovieron sobre Munich. Cascarrabias y con monoculo, de vocecilla aflautada y pipa a juego, era un tipo algo andrajoso pero competente. Me gustaba, pese al hecho de que hubiera nacido en Dachau y vivido alli toda su vida sin molestarse en preguntar que sucedia un poco mas al este. O eso decia. Lamento mucho la noticia de la muerte de Kirsten. Los abogados siempre lamentan la perdida de un buen cliente. Espere a que la expresion de lastima desapareciera de su rostro y le pregunte si creia que debia rebajar el precio del hotel.
– Creo que no -respondio con cautela-. Estoy seguro de que alguien lo comprara, aunque tal vez no como hotel. De hecho, justo ayer vino una mujer a informarse sobre el lugar. Me hizo unas cuantas preguntas que nopude responderle, y me tome la libertad de darle su tarjeta. Espero haber hecho bien, herr Gunther.
– ?Le dijo su nombre?
– Me dijo que se llamaba frau Schmidt. -Dejo la pipa a un lado, abrio la caja de cigarrillos que tenia sobre la mesa y me invito a uno. Encendi ambos mientras el decia-: Una mujer atractiva. Alta, muy alta. Tenia tres pequenas cicatrices en la mejilla. Lo mas probable es que fueran marcas de metralla. Aunque no parecia darles demasiada importancia. Cualquier otra mujer se hubiera dejado crecer el pelo para disimularlas. Ella no. Y la verdad es que no la afeaban en nada. No creo que muchas mujeres se sintieran seguras de si mismas teniendo algo asi. ?Usted que opina?
Krumper acababa de describir a la mujer que habia aparecido en mi oficina la noche anterior. Algo me decia que no estaba interesada en comprar el hotel.
– No, claro. Tal vez forma parte de una asociacion de duelo, como el Club Teutonia. Puede que alardear de cicatrices la haga mas atractiva a ojos de esos patanes armados con estoques. ?Que tonteria decia el kaiser sobre esos antiguos clubes? Algo como «la mejor educacion que un joven puede recibir para su futuro».
– Describe una imagen muy vivida, herr Gunther -dijo Krumper, acariciandose una pequena cicatriz en el pomulo, como si tambien el hubiera disfrutado de la clase de educacion promovida por el kaiser. Guardo silenciodurante un par de segundos y abrio un archivador que tenia sobre la mesa, colmada de papeles-. Su mujer dejo un testamento. Se lo dejo todo a su padre y cuando el murio, no rehizo el testamento. Aunque como usted es su pariente mas cercano, todo va a parar a usted. El hotel. Unos cientos de marcos. Algunas fotografias. Y un coche.
– ?Un coche? -Aquello fue una sorpresa-. ?Kirsten tenia un coche?
– Era de su padre. Durante la guerra lo mantuvo escondido.
– Tengo la sensacion de que se le daba bien esconder las cosas -dije, pensando en la caja que su amigo de las SS habia escondido en el jardin.
No me cabia duda de que el sabia de su existencia, por mucho que el americano que la desenterro dijera lo contrario.
– En un garaje de Donauworther Landstrasse.
