– ?Se refiere al viejo almacen de neumaticos Fulda, en la carretera que va a Kleinberghofen? -Krumper asintio-. ?De que coche se trata?

– No entiendo mucho de coches -respondio Krumper-. Vi a su suegro en el una vez, antes de la guerra. Bien orgulloso que iba. Diria que era un cabriole, de color gris. Por supuesto, en aquel momento el negocio le iba bien y podia permitirse su mantenimiento. Cuando comenzo la guerra enterro las ruedas para evitar que se lo requisaran. -Krumper me entrego un juego de llaves-. Se que cuido bien de el, aunque no lo condujera. Seguro que estara en perfecto estado.

Horas mas tarde regresaba a Munich al volante de un precioso Hansa 1700 de dos puertas que tenia tan buenaspecto como el dia que habia salido de la fabrica de Goliat, en Bremen. Fui directo al hospital, recogi las cenizas de Kirsten y conduje de vuelta a Dachau, al cementerio Leitenberg, donde habia de encontrarme con el sepulturero, herr Gartner. Le entregue las cenizas y organice un breve servicio en memoria de Kirsten para el dia siguiente por la tarde.

Cuando regrese a mi apartamento, en Schwabing, volvi a darle a la botella. En aquella ocasion no funciono. Me sentia tan solo como un pez en un retrete. No tenia parientes ni amigos con quien hablar; solo al tipo que aparecia frente a mi en el espejo del bano, que solia saludarme por las mananas. Con el tiempo tambien el dejo de hablarme y se acostumbro a mirarme con desden, como si le resultara detestable. Tal vez todos nos hubieramos vuelto detestables. Todos los alemanes. No habia ni uno de nosotros a los que los americanos no miraran con desprecio contenido, salvo por las jovencitas y las fulanas. No hacia falta ser Hanussen, el vidente, para leer las mentes de nuestros nuevos amigos y protectores. «?Como pudisteis dejar que pasara?», preguntaban. A menudo me hago la misma pregunta. Y no encuentro respuesta. No creo que ninguno de nosotros encuentre jamas una respuesta. ?Que respuesta podria haber? Aquello fue solo algo que sucedio en Alemania, hace ya una eternidad.

10

Una semana mas tarde regreso. La alta. Las mujeres altas son mejores que las bajas, sobre todo el tipo de mujeres altas que los hombres bajos parecen preferir, que en realidad no lo son tanto, solo lo parecen. Esta no es que fuera alta como un aro de baloncesto, sino todo pelo, sombrero, tacones y altivez. De eso le sobraba. Parecia necesitar tanto mi ayuda como Venecia la lluvia. Eso es algo que valoro en un cliente. Me gusta que me suelte su rollo alguien que no esta acostumbrado a palabras como «por favor» y «gracias». Hace salir al tipo de cuarenta y ocho anos que hay en mi. En ocasiones, incluso al espartaquista.

– Necesito su ayuda, herr Gunther -dijo, mientras se sentaba con cuidado en el borde de mi chirriante sofa verde de piel.

Levanto el maletin y lo abrazo contra su amplio pecho, como si llevara un peto.

– Vaya. ?Que le hace pensar eso?

– Es detective privado, ?no?

– Si. Pero ?por que yo? ?Por que no recurre a Preysings, en Frauenstrasse, o a Klenze, en Augustinerstrasse? Ambos son mas conocidos que yo.

Parecio desconcertada, como si le hubiera preguntado de que color llevaba la ropa interior. Sonrei con calidez y me dije que, si no se movia del borde del sofa, no me quedaria mas remedio que imaginarmelo.

– Lo que trato de averiguar, fraulein, es si alguien me ha recomendado. En este negocio interesa saber ese tipo de cosas.

– Nada de fraulein. Frau Warzok. Britta Warzok. Y si, alguien le recomendo.

– Ah. ?Quien?

– Si no le importa, prefiero no decirselo.

– Usted es la senorita que visito a herr Krumper la semana pasada. A mi abogado. ?Para informarse sobre mi hotel? Solo que entonces se hizo llamar Schmidt, creo.

– Si. No fui muy original, ya lo se. Pero no estaba segura de contratar sus servicios. Vine en un par de ocasiones, pero usted no estaba y no me apetecia dejarle un mensaje en el buzon. El conserje me dijo que creia que usted tenia un hotel en Dachau. Pense que tal vez lo encontraria alli. Vi el cartel de «en venta» y fui a laoficina de Krumper.

Era probable que parte de aquello fuera verdad, pero decidi no insistir mas. Ademas, disfrutaba demasiado de su inquietud y de sus elegantes y largas piernas como para ahuyentarla. Pero no vi nada de malo en provocarla un poco.

– Sin embargo, cuando vino la otra noche dijo haber cometido un error.

– He cambiado de opinion -respondio-. Eso es todo.

– Cambio de opinion una vez y puede volver a hacerlo. Y dejarme en la estacada. En este negocio, eso no es agradable. Tengo que saber que se compromete con el asunto, frau Warzok. Esto no es como comprar un sombrero. Una vez se ha iniciado una investigacion, uno no puede echarse atras. No puede devolverla a la tienda y decir que no le gusta.

– No soy estupida, herr Gunther -respondio-. Y por favor no me hable como si no hubiera considerado lo que estoy haciendo. No ha sido facil venir hasta aqui. No tiene ni idea de lo dificil que resulta. Si la tuviera, tal vez no seria tan paternalista. -Hablaba con frialdad, sin pizca de emocion-. ?Es el sombrero? Me lo puedo quitar, si le molesta.

Por fin solto el maletin y lo dejo en el suelo, junto a sus pies.

– Me gusta el sombrero -sonrei-. Por favor, dejeselo. Y siento que mis modales la hayan ofendido. Pero la verdad es que en este negocio se ve a mucha gente que solo hace perder el tiempo, y para mi, mi tiempo es oro. Me dedico en exclusiva, por lo que si trabajo para usted no lo hare para nadie mas. Y alguien podria necesitar mis servicios mas que usted. Asi son las cosas.

– Dudo que haya alguien que lo necesite mas que yo, herr Gunther -dijo, con el temblor justo en la voz para tirar del lado mas blando de mi aorta.

Le ofreci un cigarrillo.

– No fumo -respondio, meneando la cabeza-. Mi… medico dice que es malo para la salud.

– Lo se. Pero como yo lo veo, es uno de los medios mas elegantes de matarse. Ademas, te da tiempo de sobra para poner en orden tus asuntos. -Encendi el cigarrillo y trague una bocanada de humo-. Y bien, ?cual es el problema, frau Warzok?

– Parece que habla en serio -dijo-. Cuando habla de matarse.

– Estuve en el frente ruso, querida. Despues de algo asi, cada dia es un dia extra. -Me encogi de hombros -. Asi que comamos, bebamos y seamos felices, porque manana pueden invadirnos los Ivanes, y si eso sucede desearemos estar muertos pese a no estarlo, aunque sin duda lo estaremos, porque ahora vivimos en un mundo atomico y se tarda seis minutos y no seis anos en matar a seis millones de personas. -Agarre el cigarrillo entre los dedos y le sonrei-. ?Que son unos cuantos pitillos comparados con una humareda en forma de seta?

– Entonces, ?paso por aquello?

– Claro. Todos pasamos por aquello. -No las veia pero sabia que estaban ahi. La pequena redecilla negra que le colgaba del sombrero le cubria las tres cicatrices de la mejilla-. Tambien usted, por lo que se ve.

Se llevo la mano a la cara.

– En realidad, tuve mucha suerte -respondio.

– Si, esa es la unica forma de pensar en ello.

– El 25 de abril de 1944 hubo un ataque aereo. Segun dicen, cuarenta y cinco explosivos y cinco mil bombas incendiarias cayeron sobre Munich. Una de las bombas destrozo una caneria de agua de mi casa. Recibi el impacto de tres anillos de cobre incandescentes que saltaron de la caldera. Facilmente podrian haberme dado en los ojos. Es increible lo que podemos llegar a soportar, ?no cree?

– Si usted lo dice…

– Herr Gunther, quiero casarme.

– ?No estamos yendo un poco deprisa, querida? Acabamos de conocernos.

Sonrio con elegancia.

– Solo hay un problema. No se si el hombre con el que me case sigue vivo.

Вы читаете Unos Por Otros
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату