Panzer. Es curioso, pero con el tiempo te das cuenta de que ya has visto demasiado. Demasiadas cosas que no puedes fingir no haber visto porque aguardan bajo los parpados y aparecen cada noche cuando te vas a dormir.Entonces te dices que sera mejor que no veas nada mas. No si puedes evitarlo. Y por supuesto, puedes, porque las viejas excusas ya no valen un carajo. No basta con decir que no podemos hacer nada mas, que una orden es una orden, y esperar que la gente se lo trague como solia hacerlo. De modo que si, supongo que soy un poco impresionable. Al fin y al cabo, mire donde nos ha llevado la crueldad.

– Usted es del tipo filosofo, ?no? Dentro de los detectives.

– Todos los detectives son filosofos, frau Warzok. Tienen que serlo. Asi saben cuanto de lo que los clientes les dicen pueden tragarse sin problemas y cuanto pueden desechar. Quien de ellos esta tan loco como Nietzsche y quien esta solo tan loco como Marx. A los clientes, me refiero. Menciono doscientos por anticipado.

Se agacho sobre el maletin, saco la cartera y conto cuatro billetes ante mis ojos.

– Tambien he traido cicuta -dijo-. Si no aceptaba el caso estaba dispuesta a amenazarle con bebermela. Pero si encuentra a mi marido podria darsela a el. Una especie de regalo de despedida.

Sonrei. Me gustaba sonreirle a aquella mujer. Era el tipo de cliente que necesita ver mis dientes, solo como recordatorio de que puedo morder.

– Le hare un recibo -dije.

Concluido el encuentro se levanto y un rastro de perfume abandono su delicioso cuerpo para meterse en mis vias aereas. Calcule que sin los tacones y el sombrero seria tan alta como yo. Pero con ellos me hacia sentir como su eunuco favorito. Supuse que ese era el efecto que pretendia.

– Cuidese, herr Gunther -dijo, llevando la mano al pomo de la puerta.

El perfecto caballero se le adelanto.

– Siempre lo hago. Tengo mucha practica.

– ?Cuando empezara a buscarlo?

– Sus doscientos dicen que ahora mismo.

– ?Y como lo hara? ?Por donde empezara?

– Es probable que comience por reconocer el terreno. Y con seis millones de judios asesinados, hay terreno de sobra en Alemania por donde empezar.

11

La labor de un detective se parece un poco a entrar a ver una pelicula que ya ha comenzado. No sabes que ha sucedido y, mientras intentas encontrar tu butaca en medio de la oscuridad, inevitablemente pisas algunos pies e interfieres de algun modo. En ocasiones la gente te insulta, pero la mayoria de las veces se limita a suspirar, chasquear la lengua y a apartar las piernas y los abrigos, en un intento por hacer como si no estuvieras alli. Plantearle una pregunta a la persona que esta sentada junto a ti puede resultar bien en una descripcion detallada del argumento y el reparto, bien en un golpe seco en la boca con el programa enrollado. Tu pagas y corres tus riesgos.

Correr riesgos es una cosa. Tentar a la suerte es otra muy distinta. No tenia intencion de ir por ahi haciendo preguntas sobre viejos companeros sin la proteccion de un buen amigo. Los hombres que pueden ser condenados a la horca suelen mostrarse un poco celosos de su intimidad. No habia tenido pistola desde que sali de Viena. Decidi que ya iba siendo hora de ir vestido para todas las ocasiones.

Segun la ley que el nacionalsocialismo paso en 1938, solo podian comprarse pistolas previa presentacion de un Permiso de Adquisicion de Armas, y muchos de mis conocidos contaban con algun tipo de arma de fuego. Sin embargo, terminada la guerra el general Eisenhower ordeno que en la zona americana se confiscaran todas las armas de uso personal. En la zona sovietica el reglamento era aun mas estricto: cualquier aleman que fuera descubierto con un simple cartucho tenia muchas probabilidades de ser fusilado de inmediato. En Alemania era tan dificil hacerse con una pistola como con un platano.

Conocia a un tipo llamado Stuber, Faxon Stuber, que conducia un export taxi y era capaz de conseguir todo tipo de cosas, en particular de los soldados americanos. Identificados con las iniciales ET, los export taxis estaban reservados para el uso exclusivo de los que dispusieran de cupones de moneda extranjera o FEC. No sabia muy bien como los habria conseguido, pero el hecho es que encontre algunos FEC en la guantera del Hansa del padre de Kirsten. Supuse que los habria estado guardando para comprar gasolina en el mercado negro. Utilice algunos para pagarle a Stuber por una pistola.

Stuber era un hombre pequeno, de poco mas de veinte anos, que llevaba un bigotito parecido a una carrera de hormigas y una gorra negra de oficial de las SS a la que habia quitado la insignia y el cordon. Ningun americano que subiera al ET de Stuber seria capaz de reconocer la gorra. Pero yo si. No en vano habia estado a punto de llevar una de aquellas malditas gorras negras. A mi me obligaron a lucir la version gris que formaba parte del uniforme M37, introducido despues de 1938. Pense que Stuber habria encontrado la gorra, o que alguien se la habria dado. Era demasiado joven para haber pertenecido a las SS. Parecia demasiado joven para conducir un taxi. Empunada por su pequena mano blanca, el arma que me habia conseguido daba la impresion de ser de fuego, pero colocada en mi funda de medio kilo parecia una pistola de agua.

– Te pedi un arma de fuego, no una lanzadora de ventosas.

– ?Pero que dice? Es un Beretta, calibre 25. Una pistola pequena pero estupenda. Cargador de ocho, le he traido una cajita con sus pastillas. Corredera en el lomo, asi que puede meter la primera o sacarla con facilidad. Trece centimetros de longitud y poco mas de trescientos gramos de peso.

– He visto chuletas de cordero mas grandes.

– Con su cartilla de racionamiento lo dudo, Gunther -dijo Stuber. Me sonrio, como si el comiera filete todas las noches. Aunque con los clientes que tenia era probable que lo hiciera-. Este es el tipo de pistola quenecesita en una ciudad, a menos que tenga previsto un viaje al O.K. Corral.

– Me gustan las pistolas que se ven. El tipo de pistolas que hacen que la gente se detenga y reflexione. Con este juguete nadie me tomara en serio a menos que le dispare. Lo cual va en contra de lo que le acabo de decir.

– Esa pistolita causa mas impresion de la que usted imagina -insistio-. Mire, si quiere una mas grande se la puedo conseguir. Pero llevara mas tiempo. Y me dio la sensacion de que le corria prisa.

Dimos una vuelta en coche y aproveche para pensar en ello. Tenia razon en una cosa. Me corria prisa. Por fin, suspire y dije:

– Esta bien, me la quedo.

– Creame, es la pistola perfecta para la ciudad -dijo-. Profesional. Practica. Discreta.

Aquella descripcion sonaba mas apropiada para el carne de afiliado al Herrenklub que para la pipa de una fulana. Porque eso es lo que era. La pistolera en la que venia no dejaba lugar a dudas. Lo mas probable era que algun soldado americano se la hubiera confiscado al agujero que se habia estado trabajando. Puede que ella le hubiera tendido una trampa y amenazado para sacarle algunos marcos mas, y que el se la hubiera arrebatado. Solo esperaba que no fuera una pistola que los chicos de balistica del Presidium anduvieran buscando. Lance la pistolera a las piernas de Stuber y me apee del taxi en Schellingstrasse. Pense que llevarme gratis a mi siguiente parada era lo minimo que podia hacer por mi despues de haberme vendido la pistolita de una fresca.

Cruce las puertas del Die Neue Zeitung y le pedi a la pelirroja de cara chupada de recepcion que llamara a Friedrich Korsch. Mientras esperaba a que bajara, ojee la primera pagina de un periodico. Habia un articulo sobre Johann Neuhausler, el obispo protestante auxiliar de Munich que colaboraba con varios grupos que trataban de liberar a los camisas pardas de Landsberg. El obispo declaraba que «el sadismo de los americanos notiene nada que envidiar al de los alemanes», y hablaba de un guardia de prisiones americano (cuyo nombre no mencionaba) que describia unas condiciones de vida en Landsberg «dificiles de creer». Me hacia una idea de quien podia ser aquel americano y me indignaba que precisamente un obispo se dedicara a repetir las mentiras y medias verdades que contaba el soldado de primera clase John Ivanov. Evidentemente, mis esfuerzos a favor de Erich Kaufmann no habian servido de nada.

Friedrich Korsch habia sido un joven Kriminalassistent en la KRI PO cuando yo trabajaba de Kommissar en Alex, Berlin, en 1938-1939. Llevaba por lo menos diez anos sin verlo cuando, un dia de diciembre, lo encontre saliendo de Spockmeier, una Bierkeller de Rosenstrasse. No habia cambiado nada, salvo por el parche en el ojo.

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