irme, pero prometame que ira al banco a las tres. Al fin y al cabo, ?que tiene que perder? Nada.

Me volvi y toque el pomo de la puerta.

– No, por favor, no se vaya todavia. -Se dio la vuelta y fue hacia el salon-. Quitese el sombrero y elabrigo y pase.

Obedeci. Me gusta obedecer cuando hay una mujer decente por en medio. Habia un piano de media cola con la tapa levantada y una pieza de Schubert en el atril. Enfrente de la ventana francesa habia un par de sillas plateadas de color delfin con tapiceria almohadillada azul. Contra una pared habia un sofa de diseno floral y bordes dorados con apoyabrazos. Habia un par de pedestales negros que parecian inmunes al frio y un gran armario tallado con cabezas de Cupido en la puerta, muchos cuadros antiguos y un espejo de pared de cristal de Murano que parecia caro y me presentaba mirando a mi alrededor fuera de lugar, como un elefante en una cacharreria. Vi un reloj de marmol frances con un petimetre de bronce leyendo un libro. Supuse que no era un libro de Agatha Christie. Era de esas habitaciones donde se discutia con mas frecuencia de libros que de futbol, y las mujeres se sentaban con las rodillas juntas y escuchaban musica planidera de citara en la radio. Me dije que Vera Messmann no necesitaba tanto el dinero como las gafas. Se las volvio a poner y se coloco frente a una bonita mesa auxiliar bajo la ventana.

– ?Una copa? -pregunto-. Tengo aguardiente, conac y whisky.

– Aguardiente, gracias -conteste.

– Por favor, fume si quiere. Yo no fumo, pero me gusta el olor.

Me dio la copa y me condujo a las sillas azules.

Me sente, saque la pipa, la mire un momento y luego me la volvi a meter en el bolsillo. Ahora era Bernie Gunther, no Eric Gruen, y Bernie Gunther fumaba cigarrillos. Encontre unos Reemtsmas y empece a liar un cigarrillo con el tabaco de pipa.

– Me encanta ver a un hombre que se lia uno de esos -dijo, y se inclino hacia delante en la silla.

– Si no tuviera los dedos tan frios, podria haberlo hecho mejor -dije.

– Lo esta haciendo bien -dijo ella-. A lo mejor le doy una calada cuando haya terminado.

Acabe el proceso, encendi el cigarrillo, le di una calada y se lo pase. Se lo fumo con autentico placer, como fuera el manjar mas selecto. Luego me lo devolvio, tras toser un poco.

– Por supuesto, se quien es -dijo-. Mi benefactor anonimo. Es Eric, ?verdad? -Sacudio la cabeza-. Esta bien. No tiene que decir nada, pero lo se. Resulta que vi un periodico, hace unos dias. Decia algo de la muerte de su madre. No hace falta ser Hercule Poirot para deducir esa cadena concreta de causalidades. Ha puesto las garras en su dinero y ahora quiere compensarme. Siempre suponiendo que sea posible despues de su terrible comportamiento. No me sorprende nada que le enviara a usted en vez de venir en persona. Supongo que no se atreve a dar la cara por miedo, sea lo que sea lo que asusta a alguien como el. -Se encogio de hombros y dio un sorbo a su copa-. Solo para su informacion, cuando me abandono en 1928, solo tenia dieciocho anos. Supongo que el no era mucho mayor. Di a luz a una nina, Magda.

– Si, iba a preguntarle por su hija -dije-. Tengo que darle la misma cantidad que a usted.

– Bueno, no puede -dijo ella-. Magda esta muerta. Murio durante un ataque aereo, en 1944. Una bomba cayo en su escuela.

– Lo siento -dije.

Vera Messmann se quito los zapatos y coloco los pies con calcetines bajo su bonito trasero.

– Para lo que sirve, no le reprocho nada de eso. Comparado con lo que ocurrio durante la guerra, no es un gran crimen, ?no? ?Abandonar a una chica en apuros?

– No, supongo que no -dije.

– Pero me alegra que le enviara -dijo-. No me gustaria volver a verle. Sobre todo ahora que Magda esta muerta, seria demasiado desagradable. Ademas, seria mucho mas reticente a aceptar su dinero si estuviera el en persona. Pero veinticinco mil chelines… no puedo decir que no me vayan bien. Pese a lo que ve, no tengo mucho ahorrado. Todos estos muebles son bastante valiosos, pero eran de mi madre, y este piso es el unico recuerdo quetengo de ella. Era suyo, tenia un gusto excelente.

– Si -dije, y mire a mi alrededor con educacion-. Es cierto.

– Pero no tiene sentido vender nada -dijo-. Ahora mismo no. No hay dinero para este tipo de cosas. Ni siquiera los americanos lo quieren. Todavia no, estoy esperando a que vuelva el mercado. Pero ahora -brindo conmigo, en silencio-, quiza no tendre que esperar al mercado. -Bebio un poco mas-. ?Y lo unico que tengo que hacer es ir a ese banco y firmar un recibo?

– Eso es todo. Ni siquiera tiene que mencionar su nombre.

– Es un alivio -confeso.

– Solo atraviese la puerta y la estaran esperando. Iremos a una sala privada y yo le hare entrega del dinero. O un cheque bancario, como prefiera. Asi de sencillo.

– Seria bonito pensar asi -dijo ella-. Pero nada que implique dinero es sencillo.

– A caballo regalado no le mires los dientes. Es mi consejo.

– Es un mal consejo, herr Gunther -repuso ella-. Pienselo. Todos esos recibos de veterinarios si el jamelgo no es bueno. Y no olvidemos lo que les paso a esos pobres troyanos ingenuos. Tal vez si hubieran escuchado a Casandra en vez de a Sinon, lo hubieran evitado. Y si le hubieran mirado «el dentado» al caballo regalado de los griegos, hubieran visto a Odiseo y a sus amigos griegos hacinados dentro. -Sonrio-. Es la ventaja de recibir una formacion clasica.

– En parte tiene razon -dije yo-. Pero cuesta ver como podria hacerlo en este caso concreto.

– Eso es porque usted es un policia que no lo es -dijo ella-. Oh, no quiero ser maleducada, pero tal vez si tuviera un poco mas de imaginacion podria pensar una manera de echarle un vistazo mas a fondo al poni que ha traido hasta aqui.

Me quito el cigarrillo de los dedos y le dio una breve calada antes de apagarlo en un cenicero. Luego se quito las gafas y se inclino hacia mi hasta que solo unos centimetros separaban nuestras bocas.

– Abrala bien -dijo, abrio los labios y los dientes y presiono su seductora boca contra la mia.

Estuvimos asi un rato. Cuando se aparto, tenia miel en los ojos.

– Entonces, ?que has descubierto? -le pregunte-. ?Algun indicio de heroe griego?

– Todavia no he acabado de mirar -contesto-. Aun no.

Se levanto, me cogio la mano y me levanto de un tiron.

– ?Donde vamos ahora? -le pregunte.

– Helena te va a llevar a su tocador de palacio -contesto.

– ?Estas segura? -Me quede quieto un instante y encorve los dedos para agarrarme mejor a la alfombra-. A lo mejor me toca a mi hacer de Casandra. Tal vez si tuviera un poco mas de imaginacion podria pensar que soy lo bastante guapo para merecer este tipo de hospitalidad. Pero los dos sabemos que no lo soy. Tal vez deberiamos aplazarlo hasta que tengas tus veinticinco mil.

– Agradezco tus palabras -dijo ella, todavia cogida de mi mano-. Pero no estoy precisamente en la flor de la vida, herr Gunther. Dejame que te hable de mi. Fabrico corses, soy buena. Tengo una tienda en Wasagasse. Todas mis clientas son mujeres, por supuesto. La mayoria de los hombres que he conocido estan muertos, o mutilados. Eres el primer hombre sano y de aspecto razonable con quien hablo en seis meses. El ultimo hombre con quien intercambie mas de dos docenas de palabras fue mi dentista, y hace tiempo que deberia hacerme una revision. Tiene sesenta y siete anos y un pie deforme, que probablemente es la unica razon por la que todavia esta vivo. Yo cumplire treinta y nueve anos dentro de dos semanas, y ya estoy en las clases nocturnas de solteronas. Incluso tengo un gato. Esta fuera, claro. Tiene una vida mejor que la mia. Hoy cierro antes la tienda, pero la mayoria de tardes llego a casa, hago la cena, leo una historia de detectives, me tomo un bano, leo un poco mas y luego me voy a la cama, sola. Una vez por semana voy a la iglesia Maria am Gestade, y de vez en cuandobusco la absolucion por lo que yo llamo en broma mis pecados. ?Te haces una idea? -Sonrio, me parecio que con cierta amargura-. Tu tarjeta dice que eres de Munich, lo que significa que cuando acabes tus asuntos en Viena, volveras alli. Eso nos da como maximo tres o cuatro dias. ?Que te he dicho sobre Schiller? No estoy siendo demasiado precavida. Lo decia totalmente en serio.

– Tienes razon en lo de mi vuelta a Munich -le dije-. Creo que probablemente serias una detective bastante buena.

– Me temo que tu no serias un gran fabricante de corses.

– Te sorprenderia lo que se de corses de mujer -conteste.

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