equivocado, y que a quien en verdad perseguia la Pat rul la In ternacional era a Eric Gruen, no a un estraperlista.

Medgyessy volvio a obsequiarme con su ladina sonrisa.

– Seria una lastima, senor -dijo-, porque mi mujer y yo no somos estupidos, y si nunca hemos dicho nada no es porque no estemos al corriente.

Era evidente que habia algo mas que una muchacha con un bombo. Pero que mucho mas.

– Asi que, por favor, no me hable como si fuera idiota, senor. No nos beneficia a ninguno de los dos. Lo unico que queremos es seguir al servicio de la familia, senor, y hacerlo de la unica manera que nos es posible, dado que me imagino que no se va a quedar usted en Viena. Por lo menos, no oficialmente.

– ?Y exactamente como tienen pensado servirme? -le pregunte haciendo acopio de paciencia.

– Con nuestro silencio, senor. Conozco casi todos los secretos de su madre, senor. Era una mujer muy confiada, y algo descuidada, no se si me entiende.

– Esta intentando chantajearme, ?verdad? -pregunte-. ?Por que no se limita a decirme cuanto?

Medgyessy sacudio la cabeza irritado.

– No, senor. Nada de chantajes. Lamento que me haya interpretado asi. Lo unico que queremos es servir a la familia Gruen, senor. Nada mas. Una modesta recompensa por nuestra lealtad, solo se trata de eso. Tal vez hizo usted lo que debia hacer, no sere yo quien lo juzgue, pero deberia reconocer que esta en deuda con nosotros, senor. Por no revelar su paradero a la policia, por ejemplo. Garmisch, ?verdad? Bonito lugar. Yo nunca heestado, pero me han dicho que es precioso.

– ?Cuanto?

– Veinticinco mil chelines, senor. No es tanto, en realidad. No si se piensa bien, senor.

Apenas sabia que decir. Habia quedado claro que Eric Gruen no me habia dicho toda la verdad, y que por alguna razon el hecho de que se encontrara en Viena era importante para los Aliados. ?O quiza si, despues de todo? ?Seria por la ejecucion de aquellos prisioneros de guerra, en Francia, de los que habia hablado Engelbertina? ?Por que no? Despues de todo, los Aliados tenian a docenas de hombres de las SS encerrados en Landsberg por la masacre de Malmedy. ?Por que no iba a estar involucrado Eric Gruen en otra masacre? Fuera cual fuera la razon, una cosa era evidente: tenia que cerrar la boca de Medgyessy hasta hablar con Gruen en persona. No me quedaba mas opcion que ceder al chantaje, por el momento. Con todos mis documentos a nombre de Eric Gruen, no podia hacerme pasar por Bernie Gunther.

– De acuerdo -dije-. Pero necesitare un tiempo para reunir el dinero. Ni siquiera se ha verificado el testamento todavia.

El semblante se le endurecio.

– No me tome por estupido, senor -contesto-. Yo nunca lo traicionaria, pero no puedo decir lo mismo de mi esposa. Tal vez ya lo ha notado en el funeral. ?Pongamos veinticuatro horas? Manana a esta hora. -Echo un vistazo a su reloj de bolsillo-. Las dos en punto. Tiene tiempo de sobra para ir a Spaengler y hacer los tramites necesarios.

– Esta bien -dije-. Hasta manana a las dos.

Le abri la puerta y salio renqueando, como si bailara solo. Tenia que admitir que el y su esposa habian escogido una buena estrategia. El poli bueno y el poli malo. Y todas aquellas chorradas sobre la lealtad. Buen pretexto. Y la forma en que habia dejado caer lo del banco Spaengler y Garmisch.

Cerre la puerta, descolgue el telefono y le pedi a la operadora del hotel que me pusiera con la casa de Henkell en Sonnenbichl. Al cabo de unos minutos la operadora me llamo y me dijo que no contestaban, de modo que me puse el abrigo y el sombrero y cogi un taxi para Dorotheengasse.

La mayoria de los edificios de aquella estrecha calle adoquinada habian sido restaurados. En uno de los extremos se levantaba una iglesia de estuco blanco con una aguja como un cohete V2 y, en el otro, una fuente ornamentada con una dama que habia elegido un mal dia para hacer topless. La enorme puerta verde del banco Spaengler, con su portada barroca, parecia el tren de Hitler encallado en medio de un tunel. Me acerque a un empleado que llevaba un sombrero de copa, le di el nombre de la persona a la que habia ido a ver y me indico una sala que podria haber pasado por la Gru ta del Rey de la Mon tana. Luego subi unas escaleras anchas como una autopista; mis pasos resonaban contra el techo como el tintineo de una campana resquebrajada.

Herr Trenner, el director del banco de los Gruen, me esperaba al final de la escalera. Era mas joven que yo, pero parecia haber nacido con las canas, las gafas y el chaque. Era servil como una parra japonesa. Frotandose las manos como si esperara que de las unas le manara la leche de la amabilidad, me hizo pasar a una sala amueblada con una mesa y dos sillas. Sobre la mesa habia veinticinco mil chelines y una cantidad en metalico para mis gastos, conforme a lo acordado. En el suelo, junto a la mesa, habia una bolsa de piel para guardar el dinero. Trenner me entrego la llave de la sala y me informo de que, mientras estuviera en el edificio, el estaria a mi servicio, se inclino en senal de respeto y me dejo a solas. Me guarde el dinero para los gastos en el bolsillo, cerre la puerta con llave y baje las escaleras para esperar a Vera en la entrada. Eran las tres menos diez.

32

Espere casi hasta las tres y media, momento en que conclui que Vera Messmann habria reconsiderado la conveniencia de aceptar el dinero de Gruen y que no iba a presentarse.

Liechtensteinstrasse quedaba a veinte minutos a pie por el centro de la ciudad. Llame al timbre y golpee la puerta. Incluso grite a traves de la ranura del buzon, pero en la casa no habia nadie. Claro que no hay nadie, me dije, solo son las cuatro. Estara en la tienda, al doblar por la esquina, en Wasegasse. Si ayer estaba en casa era solo porque habia cerrado antes, pero hoy es laborable. Vaya un detective estas hecho, Bernie Gunther.

Asi que doble por la esquina. Supongo que daba por hecho que cambiaria de parecer respecto al dinero en cuanto viera la bolsa. El hecho de ver el dinero contante y sonante tiene la propiedad de hacer cambiar de idea a la gente, o por lo menos esa es mi experiencia. Como es natural, daba por supuesto que con Vera no seria distinto, que cambiaria de idea al ver el dinero y que se dejaria persuadir por mi. Si esto fallaba, me pondria serio y le diria que tenia que coger el dinero de Gruen. ?Como iba a dejar de hacer lo que yo le dijera cuando la noche anterior, en el dormitorio, se habia mostrado tan devotamente sumisa?

La tienda daba a la parte trasera del Instituto de Quimica de la Uni versidad de Viena. En el cartel sobre el escaparate ponia: «Vera Messmann. Corseletes, corpinos, fajas y sujetadores a medida». En el escaparate se veia un maniqui femenino con un corse de seda rosa y un sujetador a juego. Al lado habia un letrero en el que estaba dibujada una muchacha vestida con otro conjunto. Llevaba el pelo recogido en un mono y, de no ser porque le faltaban las gafas, me habria recordado a Vera. Una campanilla tintineo sobre mi cabeza al abrir la puerta. Habia un mostrador con superficie de cristal no mayor que una consola y, al lado, otro maniqui con una faja. En el fondo, entraba una luz tenue por la claraboya y caia junto a un probador cubierto por una gruesa cortina. Frente al sanctasanctorum habia una silla de brazos que parecia puesta alli para esperar con senorial satisfaccion a que laamante o la esposa apareciera de detras de la cortina con su sofisticada ropa interior. ?Quien dijo que no tengo imaginacion?

– ?Vera? -llame-. Vera, soy yo, Bernie. ?Por que no te has presentado en el banco?

Abri un pequeno cajon en el que habia una docena de sujetadores negros, unos encima de otros como esclavos camino de las plantaciones de las Indias Occidentales. Cogi uno y, al notar los alambres con la yema de los dedos, pense que parecia el arnes de un paracaidas.

– ?Vera? Te he esperado en el banco durante media hora. ?Te has olvidado o es que has cambiado de idea?

La cuestion era que no me apetecia entrar en la trastienda y encontrarme a una mujerona vienesa en bragas. Abri otro cajon y cogi algo que se parecia vagamente a un acueducto y que termine identificando como un liguero. Paso un minuto. Una mujer se asomo al escaparate, pero debio de sorprenderla ver a un hombre alli de pie, dandole vueltas con el dedo a una pieza de encaje. Deje el liguero y fui hacia la trastienda, pensando que quiza Vera estuviese en el piso de arriba, si es que habia piso de arriba.

– ?Vera?

Fue entonces cuando lo vi y el corazon me dio un vuelco. De debajo de la cortina del probador sobresalia un pie de mujer. Llevaba medias, pero estaba descalzo. Cogi la cortina y por un instante me quede inmovil,

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