El segundo policia seguia inspeccionando el pasaporte. No me preocupaba tanto que no creyera que era mio como que estuviera al tanto de lo que Gruen hubiera hecho.
– Aqui pone que es usted vienes -dijo-. Pero no tiene usted acento de Viena.
Iba vestido igual que su colega, excepto por el sombrero de panadero. Los labios sonreian hacia el lado contrario al que se torcia la nariz. Tal vez pensara que le daba un aire ironico o esceptico, pero en realidad solo daba impresion de estar torcido y distorsionado. Todos los genes recesivos parecian haberse concentrado donde deberia haber estado la barbilla. En la frente, bajo el nacimiento del pelo, tenia una cicatriz en forma de ese. Me devolvio el pasaporte.
– Antes de la guerra vivi diez anos en Berlin -dije.
– Conque medico, ?eh?
Empezaban a relajarse.
– Asi es.
– ?Su medico?
– No. Oigan, ?quienes son ustedes? ?Y donde esta frau Warzok?
– Policia -dijo el del sombrero, ensenandome la placa-. Deutchmeister Platz.
Parecia razonable. El Komissariat de Deutchmeister Platz quedaba a menos de cien metros del piso.
– Esta ahi dentro -dijo el de la cicatriz.
Enfundaron las armas y me hicieron pasar a un bano alicatado.
Habia sido construido en aquella epoca en que un cuarto de bano no se consideraba tal a menos que cupiera en el todo un equipo de futbol. En la banera habia una mujer. A excepcion de una media de nailon, estaba desnuda. La media estaba anudada alrededor del cuello. No era la clase de nudo que pudiera entretener mucho rato a Alejandro Magno, pero era efectivo, porque la mujer estaba muerta. Estrangulada. Aparte del hecho de que nunca antes la habia visto, no sabria decir mas sobre ella porque la fetidez no permitia permanecer alli. Tanto cuerpo como el agua habian adquirido un tono verdusco. Y habia moscas. Resulta curioso que siempre haya moscas en torno a los cadaveres, aunque haga tanto frio como hacia entonces.
– Santo cielo -dije, saliendo del cuarto de bano como si no hubiera visto un cadaver desde los anos de facultad, cuando en realidad habia visto otro apenas media hora antes.
Esta vez lo que me lleve a la nariz fue la mano. Por el momento, las bragas seguirian a buen recaudo en el bolsillo. El efecto del hedor no era fingido. Fui directo a la ventana y me asome en busca de aire fresco. Por suerte, el olor me hacia venir arcadas, de lo contrario quizas hubiera dicho alguna estupidez, como que el cuerpo de la banera no era el de Britta Warzok. Eso lo hubiera estropeado todo, a la vista de lo que dijo a continuacion el policia del sombrero.
– Lamento que se haya enterado de esta manera -dijo, siguiendome a la ventana. Quedaba claro que la habian abierto ellos-. Para mi tambien ha sido un golpe. Frau Warzok me daba clases de piano de pequeno. – Senalo un piano que habia tras la puerta-. Cuando usted ha llegado, acababamos de encontrarla. El vecino de abajo ha sido quien ha avisado del olor y del correo amontonado en el buzon.
– ?De que la conoce? -pregunto el otro policia, mirando la bolsa que habia traido conmigo y preguntandose por su contenido.
Improvise una historia sobre la marcha, intentando hilvanar una cadena causal plausible. El cadaver tenia aspecto de llevar en la banera casi una semana. Ese seria mi punto de partida aproximado.
– Conocia a su marido -dije-. Friedrich. De antes de la guerra. Antes de que… -Me encogi de hombros -. Hara una semana recibi una carta de ella en mi casa de Garmisch. Decia que estaba en peligro. Tarde unos dias en poderme ausentar de la consulta y he llegado a Viena hace un rato. He venido aqui directamente.
– ?Tiene esa carta? -pregunto el policia de la cicatriz.
– No, me temo que me la he dejado en Garmisch.
– ?Que clase de problemas? -pregunto-. ?Se lo dijo?
– No, pero Britta no es… no era de las que dice las cosas a la ligera. Era una carta muy breve. Solo decia que viniera a Viena lo antes posible. La telefonee antes de salir de Garmisch, pero no lo cogio. Sin embargo, he preferido venir de todos modos.
Empece a caminar en circulos como habria hecho una persona normal, agitada por la pena. En parte lo estaba, desde luego, todavia tenia fresco en la retina el cadaver de Vera Messmann. Habia algunas alfombras de buena calidad y sillas y mesas elegantes, porcelana fina de Nymphenburg, un jarron con unas flores que parecian llevar muertas tanto tiempo como la mujer de la banera, y un aparador lleno de fotografias enmarcadas. Me acerque para verlas mejor. Muchas eran de la mujer. Una de ellas era de su boda con alguien cuya cara me resultaba conocida. Era Friedrich Warzok. Estaba seguro de que era el porque llevaba el uniforme de las SS. Levante la cabeza como si todo me diera vueltas, y de hecho era asi porque todo lo que me estaba ocurriendo desde que aquella supuesta Britta Warzok entro en mi oficina me daba muy mala espina.
– ?Quien ha podido hacer algo asi? -pregunte-. A no ser…
– ?A no ser?
– No es ningun secreto que Friedrich, su marido, esta en busca y captura por crimenes de guerra -dije-. Y claro, uno oye cosas sobre brigadas de revanchistas judios. Quien sabe si venian buscando al marido y la mataron a ella en su lugar.
El policia del sombrero meneo la cabeza.
– Buena hipotesis -dijo-. Pero resulta que creemos saber quien la ha matado.
– ?Tan rapido? Increible.
– ?Le suena el nombre de Bernard Gunther?
Intente contener mi desconcierto y fingi pensar unos instantes.
– Gunther, Gunther -dije como registrando el fondo del cajon de mi memoria. Si queria sonsacarlos, antes tendria que ofrecerles algo-. Si, si, creo que si. Pero no en relacion con Britta Warzok. Hace unos meses, se presento un hombre en mi casa de Garmisch. Creo que se llamaba Gunther. Dijo que era detective privado y que buscaba testigos para la apelacion de un companero al que conoci tiempo atras. Un tal Von Starnberg quecumple pena en el presidio de Landsberg por crimenes de guerra. ?Que aspecto tiene su Gunther?
– No lo sabemos -admitio el policia de la cicatriz-, pero por lo que ha dicho, hablamos del mismo hombre. Un detective privado con despacho en Munich.
– ?Puede decirnos algo sobre el? -pregunto el otro.
– Si. ?Les importa si me siento? Estoy un poco aturdido.
– Por favor.
Me siguieron hasta un gran sofa de piel. Me sente, saque la pipa y empece a llenarla. Vacile.
– ?Les molesta si fumo?
– Adelante -respondio el del sombrero-. Ayudara a disimular el olor.
– No era muy alto -dije-. Iba bien vestido, quizas incluso demasiado. Pelo castano, ojos pardos. Yo diria que no era de Munich, tal vez de Hamburgo. O de Berlin.
– Es berlines -dijo el de la cicatriz-. Ex policia.
– ?Policia? Bueno, ya me dio esa impresion. Engreido, pero servicial. -Hice una pausa-. Sin animo de ofender. Lo que quiero decir es que fue muy correcto. Debo decir que no me dio la impresion de ser un asesino. No es por decirlo, pero desde que ejerzo he conocido a varios psicopatas, y herr Gunther no es uno de ellos. – Me recoste en el sofa y di una chupada a la pipa-. ?Que les hace pensar que la ha matado el?
– Hemos encontrado su tarjeta en la repisa de la chimenea -dijo el del sombrero-. Estaba manchada de sangre. Y tambien un panuelo ensangrentado con sus iniciales.
Recorde que habia usado el panuelo para cortar la hemorragia cuando me habian amputado el menique.
– Pero, senores, la han estrangulado -dije con cautela-. No creo que la sangre demuestre nada.
– El panuelo estaba en el suelo del cuarto de bano -dijo el de la cicatriz-. Creemos que la mujer golpeo al agresor antes de morir. En cualquier caso, hemos informado a la PI de Karntnerstrasse. Por lo visto, los americanos tienen un expediente del tal Gunther y uno de ellos ya esta en camino desde la Stif tskaserne. De hecho, creiamos que era usted hasta que hemos oido que llamaba a frau Warzok y hemos visto la bolsa.
Al oir ese nombre se me puso la carne de gallina. La Stif tskaserne era el cuartel general de la Po licia Militar de Estados Unidos en Viena, en Mariahilferstrasse. Pero tambien era la base de su Departamento de Inteligencia en la ciudad. Ya habia estado alli antes, cuando la CIA se llamaba OSS.
– Es mi ropa -dije-. Pensaba quedarme un par de dias.
