del Bismarck. Cinceladas en modestas letras doradas, se leian las palabras «Familie Gruen» y, cerca de la base, los nombres de los miembros que yacian en el interior, incluido el del padre de Eric, Friedrich. La fachada era escalonada y en ella habia una estatua de bronce de una mujer algo ligera de ropa supuestamente postrada de dolor y que, sin embargo, parecia mas bien una corista del Club Oriental tras una noche de duro trabajo. La tentacion de cubrirla con algo de abrigo y llevarle una taza de cafe solo bien cargado era casi irresistible.

El panteon era modesto comparado con el de un faraon egipcio, aunque seguro que entre aquellas cuatro esfinges -una en cada esquina- la dinastia de los Ptolomeo se hubiera sentido como en casa. Cuando sali delinterior, tras haber presentado mis respetos a la madre de Eric, casi esperaba que el sacristan me registrara por si habia intentado llevarme escarabajos de oro o incrustaciones de lapislazuli. En vez de ello, note sobre mi multitud de miradas extranadas y suspicaces, incluso hostiles, como si fuera Mozart resucitado en busca de su propia tumba. Creo que hasta el sacerdote que habia oficiado el funeral -que con su capa purpura parecia una de esas tartas francesas que se ven en las vitrinas de Demel's- me echo mal de ojo.

Tenia la esperanza de que, guardando las distancias respecto al cortejo y con unas gafas oscuras -el dia era frio pero soleado-, me mantendria en el anonimato. El abogado Bekemeier habia creido que yo era Eric, y eso, dadas las circunstancias, era lo unico que me importaba. Con lo que no habia contado era con la hostilidad de una de las criadas de Elizabeth Gruen, que me dijo lo que pensaba de la presencia de su hijo en el funeral.

La mujer en cuestion era una criatura rubicunda, huesuda y mal vestida, una especie de costilla de ternera envuelta en un saco; al hablar, la dentadura se le movia como si tuviera un terremoto en la cabeza.

– Que valor, presentarse aqui de esta manera -dijo la bruja, con evidente desden-. Despues de todos estos anos. Despues de lo que hizo. Verguenza sentia su madre, verguenza y asco de que un Gruen pudiera hacer lo que hizo usted. Deshonra, esto es lo que usted le trajo a esta familia. Deshonra. Su padre lo hubiera corrido a latigazos.

Yo conteste con algun topico sobre el tiempo que habia pasado y a continuacion me dirigi hacia la entrada principal, donde habia dejado al chofer con el coche. Pese al frio, en el cementerio habia bastante gente. A esa misma hora habia otros entierros y muchas otras personas hacian el mismo camino que yo, aunque apenas les preste atencion. Tampoco repare en el Jeep de la PI que estaba aparcado a poca distancia del Cadillac. Subi alcoche y el chofer arranco a toda velocidad, cual criminal a la fuga.

– ?Pero que demonios pasa? -grite en cuanto me levante del suelo del vehiculo-. Vengo de un funeral, no de atracar un banco.

El conductor, un muchacho con el pelo crespo y las orejas como las asas de un trofeo, hizo un gesto hacia el retrovisor.

– Patrul la In ternacional -dijo en un aleman aceptable.

Me di la vuelta para mirar por la ventanilla trasera. Efectivamente, el Jeep nos venia pisando los talones.

– ?Que quieren? -le grite, al tiempo que el pisaba a fondo y giraba por una callejuela transversal de Simmeringer.

– O le persiguen a usted, amigo -dijo-, o me persiguen a mi.

– ?A usted? ?Y que ha hecho?

– Este coche lleva gasolina del economato -dijo el gritando-. Exclusiva para las tropas de ocupacion, como el coche. Y como los cigarrillos y el alcohol y las medias del maletero.

– Estupendo -dije yo-. Muchisimas gracias. Es justo lo que necesitaba, vermelas con la policia el dia que entierran a mi madre.

Esto lo dije solo para hacerle sentir mal.

– No se preocupe -dijo sonriendo de oreja a oreja-. Primero tendran que atraparnos y este coche tiene las de ganar frente a un Jeep con cuatro elefantes a cuestas. Mientras no pidan refuerzos por radio, les daremos esquinazo seguro. Ademas, seguro que el que conduce es americano. Son las normas. Como el vehiculo es nuestro, tambien el piloto. Y en general los americanos no estamos locos. Aunque si el que conduce es el Ivan, tal vez tengamos problemas. Esos tipos son un peligro cuando se ponen al volante.

Yo ya habia ido en coche con rusos y sabia que no exageraba.

Nos acercabamos a toda velocidad al centro desde el este. El Jeep nos siguio hasta la via del tren, pero luego lo dejamos atras.

– Tome -dije mientras dejaba unos cuantos billetes en el asiento trasero; estabamos ya en Am Modenapark. -. Dejeme en la esquina, seguire a pie. Tengo los nervios de punta.

Baje, cerre de un portazo y vi como el Cadillac arrancaba haciendo derrapar los neumaticos y se perdia por Zaunergasse. Camine hasta Stalin Platz y luego baje por Gusshausstrasse en direccion al hotel. Como manana no estaba mal, pero el dia no habia hecho mas que empezar.

Tome un almuerzo ligero y luego subi a la habitacion para descansar antes de la cita con Vera Messmann en el banco. No llevaba mucho tiempo en la cama cuando alguien llamo suavemente a la puerta; creyendo que seria la camarera, me levante para abrir. El que estaba alli era un hombre al que reconoci del funeral. Por un momento pense que iba a tener que soportar mas agresiones verbales referentes al oprobio que por mi culpa habia caido sobre el nombre de la familia Gruen. En vez de ello, el hombre se quito respetuosamente el sombrero y se quedo sosteniendolo por el ala como si fueran las riendas de una calesa.

– ?Si? -dije-. ?Que desea?

– Soy el ex mayordomo de su madre, senor -dijo con un acento que me sonaba a bulgaro-. Tibor, senor. Tibor Medgyessy, senor. ?Me permitiria hablar con usted un instante, senor? Se lo ruego. -Echo una mirada nerviosa hacia el pasillo del hotel-. ?En privado, senor? Solo unos minutos, si es tan amable.

Era alto y corpulento para su edad, unos sesenta y cinco anos segun mis calculos. Tal vez mas. Tenia el pelo blanco y rizado como si lo hubiera esquilado del lomo de una oveja. Los dientes parecian de madera. Llevaba unas gafas gruesas de montura metalica, traje oscuro y corbata. Tenia un porte casi militar, y pense que eso debia de ser lo que les gustaba a los Gruen.

– Esta bien, pase. -Cojeaba, una cojera que parecia debida a la cadera mas que a la rodilla o el tobillo. Cerre la puerta-. ?Y bien? ?De que se trata? ?Que desea?

Medgyessy echo una mirada en torno a la habitacion, evidentemente complacido.

– Que elegante, senor -dijo-. Elegante de verdad. No le culpo por alojarse aqui en vez de en casa de su madre. Sobre todo despues de lo sucedido esta manana en el funeral. Cuanto lo lamento. Que inconveniencia. Ya le he llamado la atencion, senor. He sido el mayordomo de su madre durante quince anos, senor, y es la primera vez que oigo a Klara diciendo impertinencias.

– ?Conque Klara?

– Si, senor. Mi esposa.

– Mire, vamos a olvidarlo -dije encogiendome de hombros-. Cuando antes lo olvidemos, mejor, ?de acuerdo? Le agradezco que haya venido a disculparse, pero de verdad, no tiene importancia.

– Oh, no he venido a disculparme, senor -dijo.

– Ah, ?no? -pregunte moviendo la cabeza-. ?Entonces a que ha venido?

El mayordomo esbozo una extrana sonrisa. Parecia una valla de madera desgastada.

– La cuestion es la siguiente, senor -empezo-. Su madre nos dejo cierta cantidad en su testamento. Lo que pasa es que lo firmo hace bastantes anos. Esa suma nos hubiera venido muy bien, si recientemente no hubiera cambiado el valor del chelin. Ella tenia intencion de modificarlo, por supuesto, pero al morir tan de repente no le dio tiempo. Mi esposa y yo estamos en una situacion complicada. Lo que nos dejo la senora no nos basta para retirarnos, y al mismo tiempo somos demasiado viejos para encontrar otro trabajo. Asi que nos preguntabamos si podria usted ayudarnos, senor. Ahora es usted un hombre rico, y nosotros no somos codiciosos. Ni siquiera se lo pediriamos si su madre no hubiera tenido la intencion de modificar el testamento. Puede preguntarselo al doctor Bekemeier si no me cree, senor.

– Entiendo -dije yo-. Si me permite que se lo diga, herr Medgyessy, no me parecio que su esposa, Klara, quisiera mi ayuda. Muy al contrario.

El mayordomo cambio el peso de pierna y relajo la postura.

– Estaba dolida, senor, eso es todo. No solo por la repentina muerte de su madre en el hospital, sino tambien porque desde entonces la Pat rul la In ternacional no ha dejado de hacer preguntas sobre usted, senor. Querian saber si iba usted a venir para el funeral. Esa clase de cosas.

– ?Y por que iba a estar interesada en mi la policia aliada?

Mientras decia esto recordaba la huida del Cementerio Central. Empezaba a pensar que el chofer se habia

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