– Oh, eso espero. En cualquier caso pretendo descubrirlo. ?Me he explicado bien?
– Muy bien. -La volvi a besar-. ?Llevas corse?
– No por mucho tiempo -dijo ella, y miro el reloj-. Me lo vas a quitar dentro de cinco minutos. Sabes quitar un corse de mujer, ?no? Solo tienes que tirar de los ganchos de todos los agujeritos hasta que se te seque la boca y empieces a oirme respirar. Tambien podrias intentar arrancarmelo, claro, pero mis corses estan bien hechos. No se rompen con tanta facilidad.
La segui a su dormitorio.
– Esa formacion clasica tuya… -dije.
– ?Que pasa con ella?
– ?Que le paso a Casandra?
– Los griegos la sacaron a rastras del templo de Atenea y la violaron -dijo ella y cerro la puerta de una patada-. Yo estoy perfectamente dispuesta.
– Perfectamente dispuesta me suena perfecto -dije.
Se quito el vestido por los pies y yo retrocedi para mirarla mejor. Llamalo cortesia profesional, si quieres. Tenia una bonita figura bien proporcionada. Me sentia como Kepler admirando su seccion dorada, aunque sabia que me lo iba a pasar mejor que el. Probablemente nunca miro a una mujer que llevara un corse bien confeccionado. De haberlo hecho, igual hubiera sido mejor en matematicas en el colegio.
30
Me quede a pasar la noche; suerte de ello, pues al poco de pasada la medianoche un intruso entro en el apartamento.
Despues de la sesion de visperas, Vera estaba intentando convencerme para repetir en completas, pero de repente se quedo congelada sobre mi.
– Escucha -susurro-. ?Has oido eso? -Como yo no conseguia oir mas que mis propios jadeos, anadio-: Hay alguien en el salon.
Se echo a mi lado, se cubrio con las sabanas hasta la barbilla y espero a que yo le diera la razon.
Me quede quieto hasta que oi pasos sobre el suelo de madera, entonces me levante de un salto.
– ?Esperas a alguien? -pregunte subiendome los pantalones y pasandome los tirantes por encima de los hombros desnudos.
– Pues claro que no -dijo entre dientes-. Es medianoche.
– ?Tienes algun arma?
– Tu eres el detective. ?No llevas pistola?
– A veces -dije-, pero no cuando me meto en la zona rusa. Si me encontraran un arma, me mandarian a un campo de trabajo, o algo peor.
Cogi un palo de hockey y abri la puerta de un tiron.
– ?Quien anda ahi? -pregunte a voz en grito mientras tanteaba en busca del interruptor.
Algo se movio en la oscuridad. Oi que alguien se dirigia al vestibulo y salia por la puerta. Percibi un vago olor a cerveza, tabaco y colonia de hombre, y entonces oi que los pasos bajaban la escalera. Corri tras ellos, pero, como iba descalzo, en cuanto llegue al rellano del primer piso patine y cai al suelo. Me puse en pie, bajecojeando el ultimo tramo de escaleras y sali a la calle justo a tiempo para ver a un hombre que desaparecia tras la esquina de Turkenstrasse. De haber ido calzado podria haber ido tras el, pero con los pies desnudos y un palmo de nieve y hielo no podia hacer nada mas que volver arriba.
La vecina de Vera estaba frente a la puerta de su casa cuando llegue al rellano. Me inspecciono con ojos suspicaces e inquisitivos, lo que me puso algo nervioso, pues parecia de esa clase de mujer que hasta el monstruo de Frankenstein hubiera dejado plantada frente al altar. Llevaba un peinado a lo Nefertiti, tenia unas manos como zarpas de reptil y vestia un camison blanco que parecia una mortaja; hasta un cientifico mas loco que la liebre de marzo se hubiera dado cuenta de que esa especie de criatura enana y bigotuda no era exactamente una mujer.
– Fraulein Messmann -dije a media voz-. Habia un intruso en su casa.
Sin decir nada, aquella horrenda criatura huesuda se estremecio como un pajaro asustado y volvio a su apartamento dando un portazo que retumbo por toda la escalera como si fuera una tumba abandonada.
Ya en el apartamento, encontre a Vera Messmann vestida con un salto de cama y con la preocupacion escrita en el rostro.
– Ha escapado -dije tiritando.
Se quito el salto de cama, me lo colgo de los hombros y, desnuda, se metio en la cocina.
– Preparare cafe -dijo como si nada.
– ?Falta algo? -pregunte yendo tras ella.
– No que yo vea -contesto-. El bolso lo tenia en el dormitorio.
– ?Es posible que buscase algo en particular?
Cargo la cafetera y la puso sobre el fogon.
– Nada que pudiera llevarse -dijo.
– ?Alguna vez habian entrado en tu casa?
– Nunca -contesto-. Ni siquiera los rusos. Es una zona muy segura.
Observe los movimientos distraidos de su cuerpo por la cocina y por un momento me volvio a la cabeza el destino de Casandra. Preferi no mencionar la posibilidad de que el intruso tuviera intenciones distintas al robo.
– Que raro que haya pasado estando tu aqui -dijo.
– Has sido tu la que me ha convencido para que me quedara -replique-. ?Recuerdas?
– Perdona.
– No importa.
Volvi al vestibulo para examinar la cerradura de la puerta. Era una Evva, una cerradura excelente. Entonces vi que el intruso habia entrado por la puerta sin necesidad de hurgarla, forzarla o descerrajarla. La llave de la puerta colgaba de un cordel debajo del buzon.
– No ha forzado la puerta -grite-. No le ha hecho falta. Mira. -Vera se asomo a la puerta al tiempo que yo arrancaba el cordel-. No es la cosa mas sensata cuando se es una mujer y se vive sola -dije.
– No -repitio ella con timidez-. Normalmente corro el cerrojo cuando me voy a la cama. Pero esta noche debia de tener otras cosas en la cabeza.
Corri el cerrojo.
– Veo que voy a tener que darte una leccion sobre prevencion de delitos -dije llevandola hacia el dormitorio.
31
Despues de una ceremonia intima en Karlskirche, en Karlsplatz, el cortejo funebre que seguia el ataud de Elizabeth Gruen atraveso Simmeringer Hauptstrasse hasta llegar al Cementerio Central de Viena. El recorrido desde la iglesia barroca, con su cupula de cobre oxidado, al cementerio lo hice en un Cadillac Fleetwood conducido por un soldado estadounidense fuera de servicio que habia instalado un servicio de choferes junto al economato de Roetzergasse. Casi todo el mundo en Viena tenia negocios aparte, a excepcion quiza de los muertos. Aun asi, Viena es tal vez el lugar ideal para los muertos. El Cementerio Central, en el distrito 11, es, con sus doscientas hectareas y sus dos millones de residentes, como una ciudad dentro de la ciudad, una necropolis de arboles y flores, elegantes avenidas, fina estatuaria y distinguida arquitectura. Si uno tiene dinero, y siempre que este muerto, desde luego, puede pasar la eternidad rodeado de un esplendor reservado por lo comun a emperadores soberbios, monarcas de rancia estirpe y satrapas despoticos.
El panteon de la familia Gruen estaba formado por un mausoleo de marmol negro del tamano de una torreta
