a una sala del ultimo piso y, con el corazon pendiente de un hilo, empece a subir los grandes escalones de piedra.

Como todos los edificios publicos de Viena, la Jun ta de Educacion habia sido edificada en una epoca en que el emperador Francisco Jose gobernaba un imperio de 51 millones de almas y 675.000 kilometros cuadrados. En 1949 en Austria vivian tan solo seis millones de personas y el mayor imperio de Europa se habia derrumbado hacia tiempo, aunque nadie lo hubiera dicho a la vista de las escaleras de aquel formidable edificio. En el piso dearriba habia un letrero de madera con los nombres de los departamentos garabateados de mala manera en cirilico. Rodee la balaustrada hasta el otro lado del edificio, donde encontre la sala que andaba buscando. En un atril de madera junto a la puerta habia un letrero en aleman en el que estaba escrito: «Comision sovietica para los crimenes de guerra, Austria. Para la investigacion e inspeccion de los crimenes de los invasores fascistas y sus complices en el marco de las monstruosas atrocidades del gobierno aleman». Como descripcion era completa, todo hay que decirlo.

Llame a la puerta y entre en un pequeno despacho. A traves de un cristal se veia una sala mas grande con varias estanterias y aproximadamente una docena de armarios archivadores. En la pared del despacho colgaba un retrato de Stalin de gran tamano y otro menor de un hombre rechoncho y con gafas que tal vez fuera Beria, el director de la policia secreta sovietica. Una raida bandera sovietica colgaba vertical de un mastil. En la pared de detras de la puerta habia una serie de fotografias de Hitler, una concentracion nazi en Nuremberg, campos de concentracion liberados, pilas de cuerpos de judios muertos, los juicios de Nuremberg y varios criminales de guerra ya sentenciados en pie sobre la trampilla de la horca. Lo mas parecido a un ejemplo de razonamiento inductivo que pueda encontrarse fuera de los manuales de logica. Una mujer delgaducha, uniformada y de semblante serio levanto la mirada de la maquina de escribir, dispuesta a tratarme como el invasor fascista que yo era. Tenia los ojos tristes y hundidos, la nariz rota, el flequillo pelirrojo, las mandibulas apretadas y unos pomulos como los de una bandera pirata. Las hombreras del uniforme eran azules, lo cual indicaba que pertenecia al MVD. Me pregunte que habria hecho ella con la Ley de Amnistia de la Re publica Federal. Con mucha educacion, y en correcto aleman, me pregunto que deseaba. Le ensene la tarjeta del inspector Strauss y, como si de una audicion para una obra de Chejov se tratara, empece a hablarle en mi mejor velikorruskij.

– Lamento molestarla, camarada -dije-. No se trata de una investigacion formal, no estoy de servicio. Todo esto para evitar que me pidiera la placa que no tenia-. ?Le dice algo el nombre de Poroshin, del MVD?

– Conozco a un general Poroshin -contesto, cambiando casi imperceptiblemente de tono-. Destacado en Berlin.

– Es posible que ya le haya telefoneado -continue-. Para explicarle el objeto de mi visita.

– Me temo que no -dijo negando con la cabeza.

– No importa -dije-. Estoy realizando una investigacion sobre un criminal de guerra, un fascista austriaco. El general me recomendo que pasara por este despacho porque la encargada del archivo era una de las mas eficaces de la Co mision Especial del Estado. Dijo que si alguien podia ayudarme a seguirle el rastro a ese cerdo nazi, esa era ella.

– ?Eso dijo el general?

– Con esas mismas palabras, camarada -dije-. Menciono su nombre, pero me temo que lo he olvidado, sabra disculparme.

– Primera secretaria juridica Khristotonovna.

– Si, eso era. Le reitero mis disculpas por haberlo olvidado. Mi investigacion esta relacionada con dos miembros de las SS. Uno es vienes. Se llama Gruen, Eric Gruen. G-R-U-E-N. El otro es Heinrich Henkell. Henkell, como el champan. Por desgracia no se su lugar de nacimiento.

La mujer se levanto agilmente de la silla, impelida sin duda por el nombre de Poroshin. No era de extranar. Las dos veces que lo vi, primero en Viena y despues en Berlin, daba autentico miedo. Abrio una puerta de cristal y me condujo hasta una mesa en la que me invito a sentarme. Se dirigio a un gran fichero y abrio un cajon tan largo como su brazo entre cuyas fichas estuvo rebuscando. Era mas alta de lo que me habia parecido en un principio. La blusa, abotonada hasta el cuello, era de color pardo, y la falda negra y brillante como un lago. En el brazo derecho de la blusa llevaba un galon que indicaba que habia resultado herida en combate, y a la izquierda, dos medallas. Los rusos llevaban medallas de verdad, y no solo las cintas como los estadounidenses, como si el orgullo no les permitiera mutilarlas.

Khristotonovna saco dos fichas, se acerco a uno de los archivos y empezo a buscar en el. Luego se excuso y salio de la sala por una puerta situada en la parte de atras. Pense que quizas habria ido a comprobar lo que lehabia dicho con la policia austriaca o incluso con Poroshin en persona, y que tal vez regresaria con un Tokarev o incluso con una pareja de centinelas. Me mordi los labios y me quede donde estaba, pensando de nuevo en todas las mentiras que me habian contado Gruen y Henkell, para matar la espera.

En como se habian ganado mi confianza. En como Jacobs habia fingido sorpresa por volver a verme. En como habia aparentado desconfiar de mi. En como «Britta Warzok» me habia hecho perder el tiempo sin mas motivo que el de hacerme creer que la amputacion de mi dedo era consecuencia directa de mis incomodas pesquisas sobre la Com pania.

Khristotonovna regreso al cabo de diez minutos con dos expedientes en las manos. Los dejo sobre la mesa frente a mi. Hasta me trajo un bloc de notas y un lapiz.

– ?Sabe leer ruso? -pregunto.

– Si.

– ?Donde lo aprendio? -pregunto-. Lo habla francamente bien.

– Fui oficial de Inteligencia en el frente ruso -dije.

– Tambien yo -dijo-. Ahi aprendi aleman. Pero su ruso es mejor que mi aleman, creo.

– Muy amable por su parte -dije.

– Quien sabe si…

Pero fuera lo que fuera lo que iba a decir, parecio considerarlo mejor, asi que lo dije yo por ella.

– Si, quien sabe si eramos adversarios. Pero ahora estamos del mismo lado, espero. Del lado de la justicia.

Tal vez me quedo un poco cursi. Es raro, pero cuando hablo ruso siempre me sale la vena sentimental.

– Los expedientes estan en aleman y ruso -dijo-. Otra cosa: segun el reglamento, cuando haya terminado tendra que firmarme un documento conforme al cual usted los ha examinado. Dicho documento debe quedarse en el archivo. ?Esta de acuerdo, inspector?

– Por supuesto.

– Bien. -Intento sonreir. Tenia los dientes con mal color. Le hacia tanta falta un dentista como a mi un pasaporte nuevo-. ?Le apetece un te ruso? -pregunto.

– Si, gracias. Si no es molestia. Muy amable.

– No es molestia.

Se marcho. Sus enaguas hacian ruido de hojas secas. Me supo mal haber desconfiado de ella. Habia resultadoser mucho mas amable de lo que habria cabido esperar.

Abri el expediente de Gruen y empece a leer.

Alli constaba todo y mas. Su afiliacion a las SS. Su tarjeta de miembro del Partido Nazi: se habia afiliado en 1934. Su cargo. Su valoracion en las SS: «Ejemplar». Lo primero que me choco fue que Gruen nunca habia pertenecido al Cuerpo Panzer de las SS. Ni nunca habia servido en Francia, ni en el frente ruso. De hecho, ni siquiera habia pisado el frente. Segun el historial medico, que incluia detalles como el del dedo, no habia resultado herido. Su ultima revision medica tenia fecha de marzo de 1944. No se habia pasado nada por alto, ni un leve caso de eccema. Ni una palabra sobre el bazo ni de danos en la columna. Al leer esto note que las orejas me empezaban a arder. ?Era posible que hubiera simulado su enfermedad? ?Que no hubiera perdido el bazo? Si era asi, me habian embaucado como a un memo. Tampoco habia sido suboficial, como habia asegurado. El expediente contenia copias de sus certificados de promocion. El ultimo, fechado en enero de 1945, revelaba que al terminar la guerra Eric Gruen era Oberfuhrer -general de brigada- de las Waffen-SS. Pero lo que mas me turbo fue lo que lei a continuacion, a pesar de que ya me lo esperaba tras averiguar que no habia pertenecido al Cuerpo Panzer.

Nacido en el seno de una rica familia vienesa, ya de joven Eric Gruen habia sido considerado un medico brillante. Tras licenciarse en la Fa cultad de Medicina, habia pasado una temporada en Camerun y Togo, donde habia elaborado dos influyentes articulos sobre enfermedades tropicales que se publicaron en la Re vista Alemana

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