Digale que va de mi parte. El ya sabra lo que hay que hacer. Le he apuntado su numero de telefono por si surge cualquier imprevisto y se retrasa. B26425. Mantengase alejado de estaciones, oficinas de telegrafos y de correos. Vaya al cine, o al teatro. A sitios oscuros, con mucha gente. ?Tiene dinero?
– Por el momento me basta -dije.
– Bien. ?Y un arma?
Vacile, ligeramente sorprendido de oir una pregunta como esa en boca de un servidor de Dios.
– No.
– Seria una lastima que lo capturaran -dijo el padre Lajolo-. Sobre todo ahora que hemos puesto los engranajes en marcha para sacarle de Viena. -Abrio el armario de las casullas y saco el candado de uno de los compartimentos. Dentro habia varias pistolas. Saco una, una Mauser en muy buen estado, extrajo el cargador con sus dedos agiles y manchados de nicotina y comprobo que estaba cargada antes de entregarmela-. Tenga -dijo -. Llevesela, pero no la use a menos que sea absolutamente necesario.
– Gracias, padre -conteste.
Fue hacia la puerta trasera de la sacristia, la abrio y dio un paso hacia un estrecho callejon cubierto de andamios que llevaba a uno de los laterales de la iglesia.
– Cuando vuelva manana -dijo-, no pase por la iglesia. Entre por el callejon y use esta puerta. Estara abierta. Entre, sientese y espere.
– De acuerdo, padre.
– Hasta manana, pues.
38
Abandone Viena al dia siguiente. Mi conductor era un tipo llamado Walter Timmermann. Era vienes pero vivia en Pfungstadt, cerca de Darmstadt. Conducia un camion para el ejercito estadounidense en el que llevaba The Stars and Stripes, la revista del ejercito, desde la imprenta de Griesheim a Salzburgo y Viena. El camion era un Dodge de tres toneladas con el compartimento de carga cubierto por una lona y con los distintivos del ejercito, lo que en la practica implicaba que las policias militares de las cuatro potencias nunca lo registraban. El camion se dirigia a Alemania con los excedentes de la edicion anterior, para hacer con ellos pasta de papel y reutilizarlos. Al cruzar de una zona de ocupacion a otra me escondi entre las revistas; el resto del tiempo lo pase en la cabina, escuchando a Timmermann, a quien le encantaba hablar porque, segun decia, pasaba la mayor parte del tiempo conduciendo y a veces se sentia solo. A mi no me importaba porque yo poco o nada tenia que contarle a nadie. Me dijo que durante la guerra habia servido en la Luf twaffe, en Griesheim. Alli lo pillo el final de la guerra, y asi fue como empezo a hacer de chofer para los estadounidenses dos anos despues.
– No se trabaja mal con ellos -dijo-, una vez los conoces. La mayoria lo unico que quieren es volver a casa. De las cuatro potencias, son los mas agradables, pero seguramente tambien los peores como soldados. En serio te lo digo. Todo les importa una mierda. El dia que los rusos ataquen, se comeran Alemania. En las bases no hay vigilancia de ninguna clase, por eso puedo hacer lo que hago. Menudo tinglado tienen montado: alcohol, tabaco, revistas guarras, medicinas, lenceria de mujer, lo que quieras, les consigo de todo. Creeme, no eres la unica mercancia ilegal que llevo en el camion.
No me dijo cual era la mercancia en esa ocasion, y yo tampoco se lo pregunte. Por quien si pregunte fue por el padre Lajolo.
– Yo soy catolico, ?sabes? -dijo-. El padre Lajolo oficio mi boda durante la guerra. Entonces estaba enotra parroquia, en San Ulrico, en el distrito 7. Mi mujer, Giovanna, es medio italiana, ?sabes? Medio austriaca, medio italiana. Su hermano estaba en las SS, y el padre Lajolo nos ayudo a sacarlo de Austria al terminar la guerra. Ahora vive en Escocia. ?Tu te crees? Escocia… Dice que se pasa el dia jugando al golf. La Com pania le consiguio un nuevo nombre, una casa y un empleo. Es ingeniero de minas en Edimburgo. A nadie se le ocurriria ir a buscarlo a Edimburgo. Desde entonces ayudo al padre Lajolo a trasladar a los companeros lejos de las garras de los rojos. Si quieres que te diga la verdad, Viena esta acabada. Y con Berlin pasara lo mismo, fijate en lo que te digo. Un dia sacaran los tanques a la calle y nadie movera un dedo para detenerlos. Nada de esto habria ocurrido si hubieran firmado la paz con Hitler en vez de forzar una rendicion incondicional. Europa todavia pareceria Europa, y no la penultima republica sovietica.
El viaje fue largo. En la carretera de Viena a Salzburgo el limite de velocidad era de 65 kilometros por hora. A las pocas horas de escuchar las opiniones de Timmermann sobre los rojos y los yanquis me entraron ganas de meterle una de las revistas por el gaznate.
En Salzburgo cogimos la autopista de Munich y aumentamos la velocidad. Al poco llegamos a la frontera alemana. Seguimos hacia el norte y despues hacia el este, por Munich. No tenia ningun sentido que me bajara en Munich, ya que sin duda Jacobs se habria asegurado de que la policia me estuviera esperando. Hasta que la Com pania me consiguiera una nueva identidad y un pasaporte, parecia que lo mejor era ir al lugar al que me habian destinado. Continuamos hasta Landsberg, y desde alli nos dirigimos al sur, hacia Kempten, a los pies de los Alpes, en la region de Algovia, al sureste de Baviera. El trayecto termino en un antiguo monasterio benedictino en las colinas de las afueras de Kempten. Segun Timmermann estabamos a apenas cien kilometros este de Garmisch- Partenkirchen, lo cual era toda una tentacion. Sabia que no tardaria mucho en sucumbir a ella.
El monasterio era una hermosa construccion gotica con muros de ladrillo rojo y dos campanarios en forma de pagoda desde los que se dominaban kilometros y kilometros de nevado paisaje. Solo al traspasar la puerta principal se tomaba conciencia de las verdaderas dimensiones del lugar y, de paso, de la riqueza y el poder de la Ig lesia catolica romana. El que hubiera un monasterio catolico tan grande en un lugar tan pequeno y tan a trasmano como Kempten me hizo caer en la cuenta de la clase de recursos economicos y humanos con los que contaba el Vaticano y, por extension, la Com pania. Lo que me hizo preguntarme que interes podia tener la Ig lesia en proporcionar rutas de escape a los nazis y criminales de guerra como yo.
El camion se detuvo y baje. Estabamos en un patio interior del tamano de una plaza de armas. Timmermann me llevo a traves de una puerta hasta una basilica del tamano de un hangar con un altar que solo habria parecido modesto a los ojos del emperador del sacro Imperio romano. Se me antojo ostentoso como un pastel de Navidad polaco. Alguien tocaba el organo y se oia la dulce voz de un coro de muchachos del lugar. Exceptuando el potente olor a cerveza que impregnaba el aire, todo tenia un gran aire de santidad. Segui a Timmermann hasta un pequeno despacho, donde un monje vino a nuestro encuentro. El padre Bandolini era un hombre corpulento con una gran panza y manos de carnicero. Tenia el pelo corto y cano, a juego con sus ojos grises. Sus facciones eran tan duras que parecia un totem esculpido en madera. Traia pan, queso, fiambre, pepinillos, un vaso de cerveza elaborada en el propio monasterio y unas calidas palabras de bienvenida. Me hizo acercarme al fuego y nos pregunto si el viaje habia sido dificultoso.
– Ningun problema, padre -dijo Timmermann, que no tardo en excusarse diciendo que queria llegar a Griesheim aquella misma noche.
– El padre Lajolo me ha dicho que es usted medico -dijo el padre Bandolini cuando Timmermann se hubo marchado-. ?Es eso cierto?
– Asi es -conteste, arriesgandome a que me solicitara algun favor que evidenciara toda la farsa-. Aunque no ejerzo desde antes de la guerra.
– Pero es usted catolico -dijo.
– Por supuesto -dije, pensando que lo mejor era aparentar el credo de mis benefactores-. Aunque no muy bueno.
– Quien sabe lo que significa ser bueno -dijo encogiendose de hombros.
– Por alguna razon siempre pense que los monjes eran buenos catolicos -dije encogiendome de hombros tambien yo.
– Es facil ser un buen catolico cuando se hace vida monacal -comento-. Por eso vivimos aqui. La tentacion no existe en un sitio como este.
– No estoy muy seguro -dije-. La cerveza es excelente.
– ?Verdad que si? -Sonrio-. Hace cientos de anos que se elabora siguiendo la misma receta. Acaso sea por eso que muchos nos quedamos aqui.
Su voz era queda y cadenciosa, lo que me hizo pensar que tal vez no le habia oido bien cuando, tras haber
