comido, me explico que el monasterio -y en particular la comunidad de San Rafael que en el habitaba- venia ayudando a los exiliados catolicos alemanes desde 1871, muchos de los cuales eran catolicos no arios.
– ?Ha dicho usted «catolicos no arios»?
Hizo un gesto de afirmacion con la cabeza.
– ?Es alguna clase de termino eclesiastico para referirse a los italianos? -pregunte.
– No, no. Es como llamabamos a los judios a los que ayudabamos. Muchos de ellos se convertian al catolicismo, desde luego, pero a otros solo los llamabamos catolicos para conseguir que paises como Brasil y Argentina los acogieran.
– ?Y eso no era peligroso? -pregunte.
– Oh, sin duda. Mucho. La Ges tapo de Kempten nos tuvo bajo vigilancia durante casi una decada. Incluso hubo uno de los hermanos que murio en un campo de concentracion por prestar auxilio a los judios.
Me pregunte si se daria cuenta de lo ironico que resultaba que estuviera ayudando a Eric Gruen, uno de los criminales de guerra mas deleznables. No tarde en saber que si.
– Es la voluntad de Dios que la comunidad de San Rafael ayude a quienes fueran sus perseguidores en el pasado -dijo-. Ademas, en estos momentos el enemigo es otro, aunque no menos peligroso. Un enemigo que ve en la religion el opio que envenena las mentes del pueblo.
Con todo, eso no era nada en comparacion con lo que seguiria.
Mi celda no se encontraba en el claustro, como las de los monjes, sino en la enfermeria, donde, segun me aseguro el padre Bandolini, estaria mucho mas comodo.
– Creame -dijo acompanandome a traves del claustro-, ahi tendra menos frio. En esas celdas se permite encender fuego, disponen de comodos sillones y los banos son mas modernos que los del claustro. Se le llevara la comida a la celda, y si quiere, puede asistir a misa en la basilica con los demas hermanos. Y si busca absolucion, no tiene mas que decirmelo y le hare mandar un sacerdote. -Abrio una pesada puerta de madera y me condujo a traves de la sala capitular hasta la enfermeria-. No estara solo -anadio-. Tenemos otros dos huespedes alojados con nosotros en estos momentos. Caballeros como usted. Ellos le explicaran como funciona todo. Ambos esperan para emigrar a Sudamerica. Enseguida se los presento, aunque no por su verdadero nombre, por razones obvias. Si me permite, lo presentare con su nuevo nombre, el que figurara en su pasaporte cuando lo envien desde Viena.
– ?Cuanto suele tardar? -pregunte.
– Puede que unas semanas -dijo-. Una vez lo tenga, necesitara un visado. Es posible que lo destinen a Argentina. Ultimamente, todo el mundo va alli, segun creo. Su gobierno se ha solidarizado con la emigracion alemana. Y por ultimo, naturalmente, necesitara el pasaje para el barco. La Com pania se encargara tambien de eso. -Sonrio como para darme animos-. Me temo que tendra que hacerse a la idea de pasar con nosotros unmes o dos por lo menos.
– Mi padre vive cerca -dije-. En Garmisch-Partenkirchen. Me gustaria verlo antes de abandonar el pais. Me parece que no habra otra ocasion.
– Efectivamente, Garmisch no queda lejos. Unos ochenta o noventa kilometros en linea recta. Nosotros enviamos cerveza a la base que los americanos tienen alli. Hay que ver lo que les gusta la cerveza a los americanos. Tal vez pueda ir con el camion del proximo reparto. Vere que puedo hacer.
– Gracias, padre, se lo agradezco de veras.
Desde luego, en cuanto dispusiera de mi nueva identidad y el pasaporte me dirigiria a Hamburgo. Siempre me ha gustado Hamburgo. Ademas, es el lugar que queda mas alejado de Munich y Garmisch sin salir de Alemania. Lo ultimo que me pasaba por la cabeza era terminar en un barcucho con destino a alguna republica bananera como los companeros que estaban a punto de presentarme.
El padre Bandolini llamo a la puerta con delicadeza y la abrio. Entramos en un saloncito acogedor en el que habia dos hombres sentados en sendas butacas. Sobre la mesa habia una botella de Three Feathers y un paquete de Regents abierto. Buen augurio, pense. En la pared habia un crucifijo y un retrato del papa Pio XII con algo parecido a una colmena sobre la cabeza. Tal vez sea por las gafas sin montura y el semblante ascetico, pero ese Papa tiene algo que me hace pensar invariablemente en Himmler. La cara del Papa tambien se parecia bastante a la de uno de los dos hombres del salon. La ultima vez que lo habia visto era enero de 1939 y estaba entre Himmler y Heydrich. Recuerdo haber pensado en el como un tipo simple e intelectualmente insignificante, e incluso en ese momento, al reencontrarlo, me costo creer que fuera el hombre mas buscado de Europa. A simple vista no se percibia en el nada extraordinario: rostro anguloso, ojos rasgados, orejas algo prominentes y, sobre un bigotito al estilo de Himmler -de por si una mala eleccion-, una larga nariz sobre la que descansaban unasgafas de montura negra. Parecia un sastre judio, descripcion que, por lo que se me alcanza, le hubiera fastidiado bastante, pues el tipo en cuestion era Adolf Eichmann.
– Caballeros -dijo el padre Bandolini dirigiendose a los dos hombres sentados en la sala de invitados del monasterio-, quisiera presentarles a alguien que pasara una temporada con nosotros. El doctor Hausner, Carlos Hausner.
Hete aqui mi nuevo nombre. El padre Lajolo me habia explicado que cuando se le concede una nueva identidad a alguien destinado a Argentina la Com pania recomienda algun nombre que refleje la doble nacionalidad sudamericana y alemana. Asi es como acabe llamandome Carlos. No tenia ninguna intencion de terminar en Argentina, pero teniendo dos cuerpos de policia tras mi rastro, no estaba en disposicion de discutir sobre mi nombre.
– Herr Hausner -dijo el padre Bandolini llevando la mano en la direccion de Eichmann-, herr Ricardo Klement -y volviendose hacia el segundo hombre, anadio-: y herr Pedro Geller.
Eichmann no dio muestras de haberme reconocido. Inclino la cabeza con un gesto seco y me estrecho la mano que yo le habia extendido. Parecia mas envejecido de la cuenta. Calcule que tendria unos cuarenta y dos, pero la alopecia, las gafas y el rostro cansado y atormentado como el de un zorro que oyera los perros a su espalda le hacian parecer mucho mayor. Llevaba un traje tupido de tweed, una camisa a rayas y una pequena pajarita que le daba un aspecto algo mas elegante. De elegante su apreton de manos tenia mas bien poco. Yo ya me habia dado la mano con Eichmann en el pasado, cuando sus manos eran suaves, casi delicadas, pero ahora parecian las de un obrero, como si, desde la guerra, se hubiera visto obligado a ganarse la vida con duros trabajos de fuerza fisica.
– Un placer conocerlo, doctor Hausner -dijo.
El otro hombre era mucho mas joven, tenia mejor aspecto e iba mejor vestido que su infame companero.Llevaba un reloj de aspecto caro y gemelos de oro. Tenia el pelo rubio, los ojos azul claro y los dientes parecian robados a una estrella de pelicula americana. Al lado de Eichmann se veia alto como un mastil y por el porte parecia una extrana especie de grulla. Le di la mano y note que, al contrario que la de Eichmann, la tenia bien cuidada y suave como la de un escolar. Cuando me fije mejor, pense que no debia de pasar de los veinticinco, por lo que se me hacia extrano pensar que clase de crimen podia haber cometido con dieciocho o diecinueve anos para verse obligado a cambiar de nombre y poner rumbo a Sudamerica.
Geller llevaba un diccionario espanol-ingles bajo el brazo y habia otro abierto sobre la mesa frente al sillon de Eichmann-Ricardo Klement.
– Estabamos repasando un poco de vocabulario -dijo el joven sonriendo-. A Ricardo se le dan mejor los idiomas que a mi.
– ?De veras? -dije.
Estuve a punto de mencionar que Ricardo tambien sabia yidish, pero luego me lo pense mejor. Eche una mirada en torno a la salita, fijandome en el tablero de ajedrez, la caja de Monopoly, los anaqueles repletos de libros, los periodicos, las revistas, la radio General Electric ultimo modelo, la tetera, las tazas, el cenicero lleno de colillas y las mantas, una de las cuales habia estado cubriendo las piernas de Eichmann. Era evidente que aquellos dos hombres pasaban mucho tiempo sentados en aquella estancia. Refugiados. Escondidos. A la espera de algo. Un pasaporte nuevo, un pasaje para Sudamerica.
– Por suerte, hay un monje de Buenos Aires en el monasterio -dijo el padre-. El padre Santamaria les ha ensenado algo de espanol a nuestros amigos y les ha explicado algunas cosas sobre Argentina. Todo es distinto cuando uno viaja a un pais conociendo el idioma.
– ?Ha tenido buen viaje? -pregunto Eichmann. Si estaba nervioso de verme, no se le notaba-. ?De donde viene?
– Viena -conteste encogiendome de hombros-. El viaje ha sido soportable. ?Conoce Viena, herr Klement?-
