Me sente, saque la pistola -la que me habia dado en Viena el padre Lajolo-, saque el seguro y la deje sobre la mesa que tenia al lado. Pronto veria de nuevo a mis viejos amigos. Me apetecia fumar un cigarrillo, pero decidi no hacerlo. No queria que el mayor Jacobs oliera el humo al entrar por la puerta principal.

Transcurrio media hora y, como me aburria, decidi echar una ojeada al archivador; seria mejor si, cuando hablara con la policia, podia aportar pruebas documentales que sustentaran mi version. No para probar que Gruen y Henkell hubieran experimentado con judios en Dachau, sino para demostrar que habian continuado su experimentacion con prisioneros de guerra alemanes. A la policia eso le haria tanta gracia como a mi. Si por cualquier cosa el tribunal no estuviera dispuesto a condenar a Gruen, Henkell y Zehner por los actos cometidos durante la guerra, ningun tribunal aleman pasaria por alto el asesinato de los militares.

El archivo estaba meticulosamente ordenado en escrupuloso orden alfabetico. No habia ningun registro sobre actividades anteriores a 1945, pero cada persona que desde entonces habia sido infectada con malaria habia sido objeto de un detallado conjunto de notas. El primer historial que examine del cajon superior fue el de un tal teniente Fritz Ansbach, prisionero de guerra aleman ingresado en el hospital de Partenkirchen por histerianerviosa. Se le inyecto la malaria en los ultimos dias de noviembre de 1947. Al cabo de veintiun dias ya habia desarrollado la enfermedad y se le inyecto la vacuna, Sporovax, en la sangre. Ansbach moria diecisiete dias despues. Causa de la muerte: malaria. Causa oficial de la muerte: meningitis virica. Lei unos cuantos historiales mas del mismo cajon. Todos eran iguales. Los deje sobre la mesa para llevarmelos a Monch. Tenia cuanto necesitaba. Estuve a punto de no abrir el cajon del medio; de no haberlo hecho no hubiera dado con una carpeta etiquetada como «Handloser».

Lei el expediente despacio. Luego lo relei. Empleaba mucha jerga medica que no entendia y un par de palabras que si. Habia multitud de graficos en los que se mostraba la temperatura y el ritmo cardiaco del «sujeto» antes y despues de colocar sus brazos en una caja con un centenar de mosquitos infectados. Yo que creia que habian sido las pulgas o las chinches, y habia sido Henkell, que durante todo aquel tiempo la habia visitado en el hospital psiquiatrico Max Planck con su cajita de la muerte. Le inyectaron una vacuna provisional, el Sporovax IV, pero no dio resultado. Ni con ella ni con nadie. Asi fue como murio Kirsten. Muy sencillo. Y facil de justificar: la malaria podia hacerse pasar por gripe con la misma facilidad que por meningitis virica, sobre todo en Alemania, en un hospital con unos medios tan deficientes. A mi mujer la habian asesinado. Senti que el estomago me estallaba como un globo. Aquellos hijos de puta habian asesinado a mi mujer, de la misma manera que si le hubieran puesto una pistola en la cabeza y le hubieran volado la tapa de los sesos.

Relei las notas de su historial. Dado que habia sido registrada como mujer soltera y erroneamente identificada como retrasada mental, habian dado por hecho que nadie la echaria en falta. Ni una palabra sobre mi. Solo se mencionaba que la habian trasladado al hospital General, donde habia «sucumbido» a la enfermedad. «Sucumbido.» Como si se hubiera sentido cansada y se hubiera echado a dormir en vez de morir. Como si no fuera posible distinguir entre lo uno y lo otro. Sin duda, ignoraban que yo era su marido, de lo contrario hubieran anotado en el historial.

Cerre los ojos. Ni pulgas ni chinches, sino picaduras de mosquito. ?Y el insecto que me habia picado durante aquella visita al Max Planck? ?Un mosquito suelto, tal vez? Quizas eso explicara la supuesta pulmonia que habia contraido despues de la paliza a manos de los amigos de Jacobs de la Odes sa. Tal vez no habia sido neumonia. Tal vez habia sido una leve dosis de malaria. Henkell no hubiera sido capaz de distinguir entre lo uno y lo otro. No tenia motivos para sospechar que mi fiebre tenia un «vector entomologico», como ellos lo llaman, de la misma manera que no tenia motivos para sospechar que Kirsten Handloser era mi mujer. Seguramente mejor. Me hubieran inyectado Sporovax.

Esto cambiaba mucho las cosas. Lo de dar parte a la policia parecia ahora mucho menos probable. Tenia la necesidad de asegurarme de que aquellos hombres recibirian justo castigo por sus crimenes. Y para ello tendria que castigarlos yo mismo. De repente se hacia muy facil comprender a los escuadrones judios. El Nakam. ?Que clase de castigo eran unos anos de prision para unos hombres que habian cometido crimenes tan repugnantes? Hombres como el doctor Franz Six, del Departamento de Asuntos Judios del SD, el hombre que en septiembre de 1937 me habia mandado a Palestina. O Israel, como habia que llamarla ahora. No tenia la menor idea de lo que habia sido de Paul Begelmann, el judio cuyo dinero codiciaba Six. Aunque recuerdo haber visto otra vez a Six en Smolensk, donde capitaneaba un Grupo de Accion Especial que habia masacrado a diecisiete mil personas. Por eso fue condenado a solo veinte anos. Si el nuevo gobierno federal de Alemania se salia con la suya, le darian la condicional antes de cumplir una cuarta parte de la sentencia. Cinco anos por el asesinato de diecisiete mil judios. Nada tenia de extrano que los israelies se sintieran en la obligacion de acabar con aquellos hombres.

Oi un ruido encima de mi, abri los ojos y me di cuenta demasiado tarde de que el sonido era el de una Smith and Wesson del calibre 38 recien amartillada. Era la pequena 38 con mango de goma que habia visto en la guantera del Buick de Jacobs, solo que ahora la tenia el en la mano. Nunca olvido una pistola. Sobre todo cuandome apuntan a la cara con ella.

– Apartate de la mesa -dijo en voz baja-. Y las manos sobre la cabeza. Despacio. Esta 38 es muy sensible y puede que se dispare si tu mano se acerca a menos de un metro de esa Mauser. He visto tus pisadas en la nieve. Igual que el buen rey Wenceslao. Deberias tener mas cuidado.

Volvi a sentarme en la silla con las manos sobre la cabeza, viendo como se acercaba el agujero negro del canon. Ambos sabiamos que era hombre muerto si apretaba el gatillo. Una 38 le crea un ligero problema de superventilacion al craneo humano.

– Si tuviera mas tiempo -dijo-, preguntaria como has hecho para salir de Viena con tanta rapidez. Impresionante. Ya le dije a Eric que no te dejara el dinero. Lo utilizaste para salir de la ciudad, ?no es asi? – pregunto inclinandose con cuidado para recoger mi pistola.

– La verdad es que todavia tengo el dinero -dije.

– Ah, ?y donde esta? -pregunto mientras desamartillaba mi automatica y se la introducia en la cintura del pantalon.

– A unos sesenta kilometros de aqui -conteste-. Si quieres, podemos ir a buscarlo.

– Tambien podria sacartelo a punta de pistola, Gunther. Pero tienes suerte, el tiempo apremia.

– ?Se escapa el avion?

– Exacto. Ahora dame los pasaportes.

– ?Que pasaportes?

– Como lo pregunte otra vez, perderas una oreja. Aunque alguien oiga el ruido, no le dara importancia. Creera que viene del campo de tiro.

– Buena jugada -dije-. ?Puedo bajar las manos para cogerlos? Estan en el bolsillo de mi abrigo. ?O prefieres que intente sacarlos con los dientes?

– indice y pulgar solamente.

Dio un paso atras, cogio la pistola con ambas manos y la acerco a mi cabeza. Parecia listo para disparar. Al mismo tiempo sus ojos miraban el expediente que habia estado leyendo. Yo no dije nada al respecto. No habia necesidad de ponerle mas en guardia de lo que ya estaba. Saque los pasaportes del bolsillo y los lance sobre el expediente.

– ?Que estabas leyendo? -pregunto cogiendo los pasaportes y los billetes y guardandoselos en su abrigo de piel.

– Las notas sobre los pacientes de tus protegidos -dije cerrando el expediente.

– Las manos sobre la cabeza -dijo.

– Me parece que como medicos son penosos. Todos sus pacientes tienen la mala costumbre de morirse – dije intentando controlar la rabia, pero las orejas me ardian.

Esperaba que el lo atribuyera al calor. Me entraban ganas de golpearle la cara hasta hacerla papilla, pero solo podria hacerlo si el no me pegaba un tiro antes.

– Es un precio que vale la pena pagar -dijo el.

– Para quien no lo paga es facil decirlo.

– ?Lo dices por los prisioneros de guerra nazis? -Hizo una mueca de desden-. No creo que nadie eche de menos a esa escoria enferma.

– ?El tipo que trajiste a Dachau? -pregunte-. ?Era uno de ellos?

– ?Wolfram? Era prescindible. Y a ti te elegimos por la misma razon, Gunther. Tu tambien eres prescindible.

– Y cuando se acabaron las reservas de prisioneros enfermos, echaron mano de los enfermos incurables de

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