pregunte sacando el tabaco y ofreciendo cigarrillos a los presentes.
– No, la verdad es que no -dijo parpadeando. Habia que admitir que era bueno-. No conozco Austria. Yo soy de Breslau. -Cogio uno de mis cigarrillos y me dejo que le diera lumbre-. Claro que ahora esta en Polonia y se llama Wroclaw o algo por el estilo. ?Se imagina? ?Y es usted vienes, herr…?
– Hausner -dije.
– Ha dicho que era doctor, ?verdad? -pregunto Eichmann con una sonrisa. Comprobe que sus dientes no habian mejorado. Sin duda le hacia gracia saber que en verdad no era medico-. Sera interesante tener a un medico a mano, ?no es asi, Geller?
– Ya lo creo -dijo Geller, dando una calada a uno de mis Lucky-. Yo siempre quise ser medico. Me refiero a antes de la guerra. -Esbozo una sonrisa triste-. Supongo que ya nunca llegare a serlo.
– Usted es joven -dije-. Cuando uno es joven todo es posible. Creame. Yo tambien he sido joven.
– Eso era verdad antes de la guerra -dijo Eichmann negando con la cabeza-. Todo era posible en Alemania. Y lo demostramos ante el mundo entero. Pero ahora ya no es asi, me temo. Ahora media Alemania esta en manos de esos barbaros ateos, ?no es verdad, padre? ?Quieren saber lo que significa en realidad eso de Republica Federal de Alemania, caballeros? No somos mas que una trinchera en el frente de la guerra que se avecina. Una guerra promovida por los…
Eichmann se reprimio y sonrio. La vieja sonrisa de Eichmann. Me miro como si le disgustara mi corbata.
– Pero ?que estoy diciendo? Nada de eso importa a estas alturas. Ya no. Nada de esto significa nada. Para nosotros, el hoy y el ayer no existen. Para nosotros, solo existe el manana. El manana es todo lo que nos queda. -Por un instante la sonrisa perdio algo de su amargura-. Como dice la cancion: El manana me pertenece. El manana me pertenece.
39
La cerveza del monasterio era exquisita. Era lo que se conoce como trapense, lo cual significa que esta elaborada en condiciones muy estrictas y solo por monjes benedictinos. La cerveza, a la que llamaban Schluckerarmer, era de color cobrizo y la espuma parecia helado. Tenia un sabor dulce, casi chocolatoso y una fuerza que escondia su gusto y origenes. Parecia mucho mas adecuada para los soldados estadounidenses que para unos austeros monjes temerosos de Dios. Yo, ademas, habia probado la cerveza americana. Solo un pais que hubiera vetado el alcohol hubiera sido capaz de producir una cerveza que supiera a agua mineral enriquecida. Solo un pais como Alemania hubiera sido capaz de producir una cerveza lo bastante fuerte para que un monje se arriesgara a suscitar las iras de la Ig lesia catolica romana clavando sus noventa y cinco tesis en la puerta de una iglesia en Wittenberg. O por lo menos eso es lo que decia el padre Bandolini. Decia que esa era la razon por la que preferia el vino.
– Si quiere mi opinion, toda la Re forma puede achacarse a la cerveza -decia-. El vino es una bebida muy catolica. Provoca somnolencia y complicidad. La cerveza vuelve a la gente inconformista. Vea los paises que beben mucha cerveza: son sobre todo protestantes. ?Y los que beben vino? Catolicos romanos.
– ?Que hay de los rusos? -pregunte-. Ellos beben vodka.
– Esa es una bebida para olvidar -dijo el padre Bandolini-. No tiene nada que ver con Dios.
Pero nada de esto era tan interesante como lo que dijo a continuacion. Por lo visto, el camion del monasterio salia para Garmisch-Partenkirchen aquella misma manana y me invitaba a ir en el.
Tome el abrigo y la pistola, pero deje la bolsa con el dinero en la celda. Habria parecido raro que me la llevara. Ademas tenia la llave de la puerta, y pensaba volver a por el nuevo pasaporte. Segui al padre hasta la cerveceria, donde el camion ya estaba siendo cargado con los cajones de cerveza.
Dos monjes estaban a cargo del camion, un viejo Framo de dos cilindros. Ambos hombres eran un claro reflejo de las cualidades mesomorficas de la cerveza. El padre Stoiber, barbudo y visiblemente borrachin, teniauna panza como una piedra de molino. El padre Seehofer era fuerte como un barril secado al horno. En la cabina del camion habia espacio para los tres, pero solo si nadie respiraba hondo. Para cuando llegamos a Garmisch- Partenkirchen, me sentia tan prieto como la salchicha del bocadillo de un pastor sajon. Aunque la incomodidad no era lo peor. El pequeno motor de 490 centimetros cubicos del Framo tenia una potencia de frenado de solo quince caballos, y con mi peso anadido el vehiculo derrapaba en algunos tramos de las carreteras heladas de la montana. Por fortuna Stoiber, que habia servido en Ucrania durante lo mas crudo del invierno ruso, era un conductor excelente.
Entramos en la ciudad, no por el norte a traves de Sonnenbichl, sino por el sudoeste, por Griesemer Strasse y bajo la fria sombra del Zugspitze, hasta llegar a la parte de Partenkirchen en que estaban instalados la mayoria de los estadounidenses. Los monjes me dijeron que tenian que repartir en el hotel Elbsee, el Cristal Springs, el Club de los Oficiales, el Patton y el Green Arrow. Me dejaron en el cruce de Zugspitzstrasse y Banhofstrasse, y parecieron aliviados cuando les dije que volveria al monasterio por mi cuenta.
Encontre la calle de viejas casas de estilo alpino donde Gruen y Henkell habian realizado algunos de sus ultimos experimentos. No recordaba el numero, pero la villa, con su mural del esquiador olimpico, era inconfundible. Oi el ruido apagado de los disparos del campo de tiro, como la otra vez. Solo que en esta ocasion habia mucha mas nieve. Se amontonaba encima y alrededor de las casitas de jengibre como si fuera azucar glas. No habia rastro del Buick Roadmaster de Jacob, solo unos excrementos de caballo en la calle donde lo habia visto aparcado. Habia visto varios trineos por la ciudad y contaba con hacerme con uno para llegar hasta Monch, en Sonnenbichl, tras fisgar un poco por la villa.
No estaba seguro de que era lo que andaba buscando. A juzgar por el tono de mi ultima conversacion con Eric Gruen, se hacia dificil saber si el y los otros habian abandonado el lugar, aunque habia muchas posibilidades de que siguieran ahi, pues poco se hubieran esperado que escapara tan rapidamente de Viena. Viena era unaciudad cerrada y no era facil entrar ni salir de ella. En eso Gruen tenia razon. Seguramente sabia que el dinero que me habia dejado, a modo de recompensa, convertia mi retorno a Garmisch, en el peor de los casos, en razonablemente posible. Si seguian alli, debian de haber tomado precauciones. Me lleve la mano al bolsillo donde guardaba la pistola y fui a la parte trasera de la casa para mirar por la ventana del laboratorio. La nieve del jardin me llegaba a las rodillas, menos mal que en Viena habia comprado botas y polainas. En Monch la nieve estaria aun mas alta.
No habia luz en la villa y en el laboratorio no habia nadie. Acerque la nariz a la ventana, lo bastante para ver a traves de la doble puerta de cristal y distinguir el despacho. Tambien estaba desierto. Cogi un leno de la pila que habia bajo el balcon y busque una ventana por la cual entrar. La nieve acumulada tras de mi amortiguo el ruido del cristal al romperse. La nieve alta es la mejor amiga del caco. Arranque con cuidado los fragmentos que habian quedado en el marco, introduje la mano, saque el seguro, abri la ventana y trepe al interior. Los cristales crujieron bajo mis pies al pisar el suelo del laboratorio. Todo estaba como la otra vez. Nada habia cambiado de sitio. Calor y silencio. Menos los mosquitos, claro. Se agitaron cuando puse la palma de la mano en el cristal de la vitrina para comprobar el calor. Estaba en su punto, es decir, mas caliente que la estancia, lo que por cierto no era poco. Estaban perfectamente, pero eso tenia arreglo. Fui a la parte trasera de las vitrinas y apague los calefactores que mantenian con vida a aquellos letales bicharracos. Con el aire frio entrando por la ventana, calcule que en unas pocas horas estarian muertos.
Atravese la doble puerta y pase al despacho. Enseguida me di cuenta de que no habia llegado demasiado tarde. Muy al contrario. Sobre un cartapacio de la mesa de Gruen habia cuatro pasaportes estadounidenses nuevecitos. Tome uno y lo abri. La mujer a la que habia conocido como frau Warzok, la esposa de Gruen, era ahora Ingrid Hoffman. Mire los otros. Heinrich Henkell era el senor Gus Braun. Engelbertina, la senora BerthaBraun. Y Eric Gruen, el senor Eduard Hoffman. Apunte los nombres y me guarde los pasaportes. Dificilmente irian a ninguna parte sin ellos. Y sin los billetes de avion, que estaban tambien sobre el cartapacio. Billetes del ejercito estadounidense. Comprobe la fecha, la hora y el destino. El senor y la senora Braun y el senor y la senora Hoffman dejaban Alemania aquella misma noche. Tenian reserva para un vuelo que partia a medianoche para la base de las Fuerzas Aereas de Langley, Virginia. Solo tenia que sentarme y esperar. Alguien – probablemente Jacobs- vendria en breve para coger los billetes y los pasaportes. Cuando viniera, le haria llevarme hasta Monch, donde, con tres fugitivos de la justicia aliada, me la jugaria y llamaria a la policia de Munich. Que decidieran ellos.
