Seguramente se habria quedado mas tiempo si su padre no la hubiera llamado para que volviera a casa.

– ?Anna…! ?Aaannaa!

Ella se libero de los brazos del musgo, pero no contesto. Estaba demasiado ocupada con la sensacion que tenia en el cuerpo, especialmente en la piel. Miro el sitio donde habia estado tumbada. El contorno de su cuerpo se dibujaba nitidamente en el musgo, que, con un gemido casi audible, empezaba a recuperar la forma de antes.

Ella habia cambiado de piel. Eso era lo que sentia. Lo que andaba buscando era su vieja piel, que debia de estar arrugada y consumida en el hueco del musgo.

Alli no estaba, pero la sensacion era tan real que tuvo que subirse la manga de la camiseta para comprobar si aun tenia el tatuaje.

Pues si. «Rotten to the Bone» seguia aun escrito con diminutas letras de imprenta en el hombro derecho. Una suerte de orgullo le habia obligado a seguir con el en vez de haberselo quitado con laser, pese a que hacia ya doce anos que habia roto por completo con ese mundo al que pertenecia el tatuaje.

– ?AANNAA!

Se encamino hacia la orilla de la zona pantanosa y grito:

– ?Estoy aqui!

Mahler se detuvo donde empezaban los musgos, evitandolos como si fueran arenas movedizas. Se llevo las manos a las caderas.

– ?Donde has estado?

– Alli -contesto ella, y senalo en direccion al centro.

Gustav arrugo la frente mientras observaba el musgo aplastado.

– Ya lo he metido todo -dijo el.

– Bien -contesto Anna, pasando junto a su padre en direccion a la casa. El la siguio y le sacudio la espalda con la mano.

– Como te has puesto.

Ella no contesto. Sus pies avanzaban ligeros sobre las raices. Habia en ella algo delicado y valioso, algo que podia resquebrajarse si hablaba. Caminaron en silencio hacia la casa y ella le agradecio que no empezara a explicarle su comportamiento, como hacia cuando era mas joven; que la dejara en paz.

* * *

En la mesilla junto a la cama de Elias habia un paquete de suero glucosado, sal, dos jeringas, una jarra de agua y una medida de medio litro.

Anna no pudo apreciar ningun cambio. Mahler habia cubierto a Elias con una sabana blanca limpia y sus pequenas manos de viejo reposaban a los lados, como dos garras de ave secas. Lo que estaba contemplando era un cadaver, el de su hijo. Quiza pudiera cambiar algo, si el al menos quisiera abrir los ojos, mirarla. Pero bajo aquellos parpados medio cerrados no habia mas que esa pelicula inerte que parecia plastico, como una lentilla reseca. Nada.

Tal vez hubiera un camino de regreso. Su padre parecia creerlo. Pero en ese caso seria largo, tan largo que ella no podia ni imaginarse su inicio, cuanto menos su fin. Elias habia muerto. Lo que habia alli eran unos restos en los que no quedaba nada que recordara al nino que ella habia amado. Y al que ella queria recordar.

Mahler entro y se coloco al lado de ella.

– Le he dado azucar con la jeringuilla. Se lo ha bebido.

Anna asintio, se agacho junto a la cama.

– ?Elias? ?Elias? Soy mama, estoy aqui.

El redivivo no se movio un milimetro. Nada hacia pensar que la oyera. El desanimo se apodero de ella, sintio que su debilidad interior temblaba y una profunda pena le inundo el pecho. Se levanto apresuradamente y salio. Olia a cafe recien hecho en la cocina, y ella recobro las fuerzas.

Anna iba a hacerse cargo de el. Iba a hacer todo lo posible. Pero no podia pensar siquiera por un momento que podria recuperar a su hijo, no queria imaginarse que en algun sitio dentro del cuerpo de aquella pequena momia se encontraba encerrado su hijo luchando por salir. Entonces seria ella la que acabaria destrozada de verdad. Aquello le resultaria demasiado doloroso.

* * *

Sirvio dos tazas de cafe y las llevo a la mesa. Ahora estaba tranquila. Podian hablar. Al otro lado de la ventana el cielo habia empezado a cubrirse de gris y una suave brisa agitaba las hojas de los arboles. Anna miro a su padre.

Parecia cansado. Bajo los ojos tenia las bolsas mas marcadas que de costumbre y todo su rostro parecia atormentado por la fuerza de gravitacion de la tierra, succionado hacia el suelo en los pliegues y arrugas.

– Papa, ?por que no descansas un poco?

Mahler nego con la cabeza y le temblaron las bolsas de las mejillas.

– No tengo tiempo. He llamado a la redaccion y alguien ha preguntado por mi; el marido de esa mujer que… Si, querian que escribiera algo mas, pero ya vere si… y ademas hemos de comprar comida y cosas…

Se encogio de hombros y suspiro. Anna tomo un par de sorbos de cafe; estaba demasiado fuerte para su gusto, como siempre que hacia el cafe su padre.

– Puedes ir. Yo me quedo aqui -dijo ella.

Mahler la miro. Tenia los ojos pequenos, inyectados en sangre, y casi desaparecian en la hinchazon circundante.

– ?Puedes quedarte sola, entonces?

– Si. Si que puedo.

– ?Estas segura, de ello?

Anna dejo la taza en la mesa, dando un golpe.

– No confias en mi. Lo se. Pero yo tampoco confio en ti. Nunca me he fiado. Que pretendes.

Se levanto y fue a la nevera a buscar leche para el cafe. El frigorifico estaba vacio, claro. Cuando volvio a la mesa, Gustav se habia hundido aun mas en su silla.

– Solo quiero que todo salga bien.

Anna asintio.

– Si, lo creo. Pero de la forma que tu lo has pensado. Como tu lo has planeado. De la manera mas sensata. Vete a hacer la compra. Yo puedo apanarmelas aqui.

* * *

Hicieron una lista con las cosas necesarias, planeando la compra como si se tratara de resistir un asedio.

Cuando Mahler se marcho, Anna fue a ver a Elias, luego dio una vuelta a la casa y sacudio las alfombras, barrio las moscas muertas que habia en las repisas de las ventanas, y paso la aspiradora. Cuando estaba limpiando la encimera de la cocina vio los dos biberones aun sin estrenar. Guardo el electrodomestico y fue a la habitacion de Elias. Echo un poco de suero glucosado en uno de ellos, lo lleno de agua, puso la tetina y agito hasta que el azucar se disolvio. Despues se sento con el biberon en la mano y miro a

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