miro hacia la entrada. Oskar se mordio los labios.

No.

Su padre saludaba con la cabeza al recien llegado.

– Vamos, entra.

– Se agradece.

Pasos torpes y blandos de alguien que andaba por el pasillo con calcetines gordos en los pies. Un instante despues entro Janne en la cocina y dijo:

– Bueno. Pero si estais aqui pasandolo bien.

Su padre hizo un gesto senalando a Oskar.

– Si, ya conoces a mi hijo Oskar.

– Claro -dijo Janne-. Hola, Oskar. ?Que tal?

– Bien.

Hasta ahora. Largate de aqui.

Janne avanzo torpemente hasta la mesa de la cocina, los calcetines de lana se le habian deslizado hasta los talones y se movian delante de los dedos de los pies como si fueran aletas deformadas. Acerco una silla y se sento.

– Vaya, estais jugando a las cinco en raya.

– Si, aunque el chico ya es muy bueno y no consigo ganarle.

– No, no. Habra entrenado en la ciudad, ?no? ?Te atreves a echar una partida conmigo? ?Eh, Oskar?

Oskar nego con la cabeza. No queria ni mirar a Janne a la cara, sabia lo que iba a ver. Ojos acuosos, la boca abierta con una sonrisa ovejuna; si, Janne tenia el aspecto de una oveja vieja y su pelo rubio, encrespado, no hacia mas que reforzar esa impresion. Era uno de los «colegas» de su padre, enemigos de Oskar.

Janne se frotaba las manos haciendo un ruido como de lija y, a contraluz del pasillo, Oskar pudo distinguir pequenas particulas de piel cayendo suavemente hasta el suelo. Janne tenia algun tipo de enfermedad cutanea que, especialmente durante el verano, hacia que su cara pareciera como una naranja roja podrida.

– Bueno, aqui estais calentitos y bien.

Siempre dices eso. Largate de aqui con esa cara asquerosa y esas viejas palabras.

– Papa, ?no vamos a terminar la partida?

– Si, claro, pero cuando se reciben invitados…

– Vosotros jugad.

Janne se echo hacia atras en la silla y parecia como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Pero Oskar sabia que la batalla estaba perdida. Ya se habia terminado. Ahora pasaria lo de siempre.

Habria querido gritar, hacer anicos algo, especialmente a Janne, cuando su padre se dirigio a la despensa y saco una botella, cogio dos copitas y lo puso todo encima de la mesa. Janne se froto las manos y las particulas de piel se pusieron a danzar.

– Bueno, bueno. De manera que tienes un poco en casa…

Oskar miraba el papel con la partida inacabada.

Alli tenia que haber puesto la siguiente cruz.

Pero no habria mas cruces que poner aquella tarde. Ni circulos. Nada.

La botella gorgoteo debilmente cuando su padre la inclino sobre las copitas. El ligero cono invertido de cristal se lleno de un liquido transparente. Parecia tan pequeno y tan fragil en la tosca mano de su padre. Casi desaparecia.

Sin embargo lo desbarataba todo. Absolutamente todo.

Oskar estrujo el papel con la partida inacabada y lo echo a la cocinilla. Su padre no dijo nada. Janne y el habian empezado a hablar de algun conocido que se habia roto la pierna. Pasaron luego a comentar las roturas de piernas que ellos mismos habian sufrido y otras de las que habian oido hablar; volvieron a llenar los vasos.

Oskar se quedo sentado frente a la cocinilla con la portezuela abierta contemplando como ardia el papel y se convertia en cenizas. Luego busco las otras partidas y las quemo tambien.

Su padre y Janne cogieron la botella y las copitas y se fueron al cuarto de estar; su padre le dijo algo asi como: «Venir y hablar un poco», y Oskar contesto que «luego, quiza». Siguio sentado contemplando el fuego. El calor le acariciaba la cara. Se levanto, cogio el cuaderno que habia encima de la mesa, quito las hojas que estaban sin usar y lo quemo. Cuando el cuaderno, con tapas y todo, se habia carbonizado, busco los lapices y los quemo tambien.

El hospital tenia algo de especial a esas horas de la tarde. Maud Carlberg estaba sentada en la recepcion contemplando el vestibulo de la entrada casi vacio. La cafeteria y el kiosco ya estaban cerrados, solo habia algunas personas que deambulaban como fantasmas bajo el techo alto.

A aquellas horas de la tarde le gustaba imaginar que era ella, y solo ella, la que vigilaba el inmenso edificio que era el hospital de Danderyd. Lo cual logicamente no era verdad. Si surgia cualquier tipo de problema no tenia mas que apretar un boton y apareceria un vigilante en menos de tres minutos.

Tenia un juego al que solia jugar para matar el tiempo las ultimas horas de la tarde.

Elegia un oficio, un lugar de residencia y los antecedentes elementales de una persona. Quiza alguna enfermedad. Luego le atribuia todo al primero que se acercara a ella. Normalmente el resultado era… divertido.

Podia imaginarse por ejemplo a un piloto que vivia en la calle Gotgatan y que tenia dos perros a los que solia cuidar un vecino cuando el piloto se encontraba fuera volando. Resulta que el vecino estaba secretamente enamorado del piloto. El gran problema de este, el o ella, era que le parecia ver personas pequenas de color verde con gorros de color rojo nadando entre las nubes cuando el, o ella, estaba volando.

Bien. Luego, no tenia mas que esperar.

A lo mejor, despues de un rato, se presentaba una senora mayor con aspecto deteriorado. Una mujer piloto. Seguro que se habia bebido a escondidas demasiadas botellitas de licor de esas que dan a los pasajeros en los aviones y habia visto personas de color verde, por eso la habian despedido. Ahora se pasaba el dia en casa con los perros. Pero el vecino seguia aun enamorado de ella.

Asi pasaba Maud el tiempo.

A veces se reprendia a si misma por el juego, porque eso evidentemente le impedia recibir a la gente con la debida seriedad. Pero no podia dejarlo. Justo en ese momento estaba esperando a un cura cuya pasion eran los coches deportivos de alta gama y le gustaba coger autoestopistas con la intencion de redimirlos.

?Hombre o mujer? ?Viejo o joven? ?Que aspecto tendria alguien asi?

Maud, con la barbilla apoyada en las manos, miraba hacia la entrada. No habia mucha gente hoy. Ya habia pasado la hora de las visitas a los pacientes ingresados, y los nuevos que habian acudido con indisposiciones el sabado por la tarde, normalmente relacionadas de una u otra forma con el alcohol, entraban por urgencias.

La puerta giratoria empezo a moverse. Puede que llegara ahi el cura de los coches deportivos.

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