Empece a darme cuenta de lo que ocurria. La nina habia padecido seguramente una apendicitis, y cuando el apendice revento, el dolor disminuyo naturalmente. Pero empece a sospechar que el viaje a Paris era una invencion desesperada.

El anciano no habia terminado.

– Vos, pequena dama Eleanor -dijo a la joven-, ?no le llevasteis flores? ?No la visteis tranquila y sosegada, antes de su viaje?

– Pero nunca he vuelto a verla -grito la nina-, y nunca me dijo que iba a hacer un viaje.

– ?Toda la ciudad estaba pendiente de las continuas funciones, de las representaciones en la plaza! -dijo el viejo medico-. Sabes que fuisteis, todos vosotros. Y nosotros no asistimos a esos espectaculos. No forman parte de nuestro modo de vida. Sus primos vinieron, se la llevaron y ella se fue, y vosotros no os enterasteis.

Supe al instante que no decia la verdad, pero parecia decidido a decir lo que fuera preciso para proteger, no solo a Meir y Fluria, sino a toda su comunidad.

Algunos jovenes que se habian colocado detras de los dominicos se adelantaron ahora, y uno de ellos dio un empujon al anciano y le llamo «sucio judio». Los otros zarandearon al viejo medico de un lado para otro.

– Basta -declaro el sheriff, y dio una senal a sus jinetes. Los jovenes brutos echaron a correr. La multitud se aparto delante de los caballos.

»Arrestare a cualquiera que ponga la mano sobre estos judios -dijo el sheriff-. ?Sabemos lo que ocurrio en Lincoln cuando las cosas se salieron de madre! Estos judios no son propiedad vuestra, sino de la Corona.

El anciano estaba muy agitado. Yo alargue la mano para sostenerlo. Me miro, y vi de nuevo en el desden y dignidad ultrajada, pero tambien una tenue gratitud por mi comprension.

Llegaron mas gritos de la multitud y la muchacha se echo a llorar de nuevo con desconsuelo.

– Si por lo menos tuvieramos un vestido que hubiese pertenecido a Lea… -lloriqueo-. Eso confirmaria lo que ha sucedido, porque solo con tocarlo muchos podrian sanar.

Era una supersticion asombrosamente popular, y lady Margaret insistio en que sin duda encontrariamos toda la ropa dentro de la casa, porque la nina habia muerto y no se la habia llevado de viaje.

Fray Antonio, el superior de los dominicos, alzo las manos y pidio paciencia.

– Voy a contaros una historia antes de seguir con esto -anuncio-, y os ruego, senor sheriff, que vos la escucheis tambien.

Oi la voz de Malaquias junto a mi oido.

– Recuerda que tu tambien eres un predicador. No dejes que los convenza.

– Hace muchos anos -dijo fray Antonio-, un malvado judio de Bagdad se enfurecio al saber que su hijo se habia convertido al cristianismo, y arrojo al nino a un horno ardiente. Cuando parecia que la victima inocente iba a consumirse, bajo de los cielos la bendita Virgen Maria en persona y rescato al nino, que salio sano y salvo de entre las llamas. Y el fuego consumio en cambio al malvado judio que habia intentado causar un dano tan grande a su hijo cristiano.

Parecio que la multitud iba a asaltar la casa despues de oir aquello.

– Esa historia es muy vieja -grite yo a mi vez, furioso-, y se cuenta por todo el mundo. Cada vez el judio es diferente y la ciudad tambien, y el desenlace es siempre el mismo, pero ?quien de vosotros ha visto nada parecido con sus propios ojos? ?Por que todo el mundo esta dispuesto a creer una cosa asi? -Segui hablando tan fuerte como pude-. Teneis aqui un misterio, pero no teneis ni a Nuestra Senora bendita ni la menor prueba, y habeis de deteneros.

– ?Y quien eres tu, para venir aqui y hablar en defensa de estos judios? -pregunto fray Antonio-. ?Quien eres para desafiar al superior de nuestra propia casa?

– No ha sido mi intencion faltaros al respeto -dije-, sino tan solo senalar que esa historia no prueba nada, y menos aun la culpabilidad o inocencia de nadie de este lugar. -Se me ocurrio una idea, y alce de nuevo la voz tanto como pude-. Todos vosotros creeis en vuestro nino santo -grite-. El pequeno san Guillermo, cuyas reliquias se guardan en vuestra catedral.

»Pues bien, id a verle ahora y rezadle para que os guie. Que el pequeno san Guillermo os aconseje. Rezad para descubrir la tumba de la muchacha, si tanto empeno teneis en ello. ?No sera el santo el intercesor perfecto? No podriais encontrar a nadie mejor. Id todos a la catedral, ahora mismo.

– Si, si -grito fray Jeronimo-, eso es lo que hemos de hacer.

Lady Margaret parecia un poco aturdida por aquel giro de la situacion.

– ?Quien mejor que el pequeno san Guillermo? -dijo fray Jeronimo, despues de dirigirme una rapida mirada-. El mismo fue asesinado por los judios de Norwich, hace cien anos. Si, id a su capilla de la catedral.

– Id todos a la capilla -dijo el sheriff.

– Yo os digo -intervino fray Antonio-, que tenemos otra santa aqui, y que es nuestro derecho exigir a sus padres que nos entreguen las ropas que ha dejado esa nina. Ya ha ocurrido un milagro junto al roble. Todas las ropas que haya aqui han de ser consideradas reliquias santas. Yo digo que hundais la puerta, si es necesario, y os lleveis las ropas.

La multitud se exaltaba. Los jinetes se adelantaron, y obligaron a la gente a dispersarse o a retroceder. Algunos abuchearon a los soldados, pero fray Jeronimo se mantuvo firme con la espalda pegada a la puerta de la casa y los brazos extendidos, gritando:

– ?A la catedral, al pequeno san Guillermo, vamos todos juntos ahora!

Fray Antonio se abrio paso por entre el sheriff y yo, y empezo a golpear la puerta.

El sheriff se puso furioso. Se volvio a la puerta.

– Meir y Fluria, estad preparados. Me propongo llevaros al castillo para vuestra salvaguarda. Si es necesario, me llevare tambien al castillo a todos los judios de Norwich.

La multitud se sentia frustrada, pero reinaba la confusion y muchos coreaban el nombre del pequeno san Guillermo.

– ?Y despues? -dijo el viejo medico judio-. Si os llevais a Meir y Fluria y a todos nosotros a la torre, esta gente saqueara nuestras casas y arrojara al fuego nuestros libros sagrados. Por favor, os lo ruego, llevaos a Fluria, la madre de esa infortunada, pero dejadme hablar con Meir, y tal vez podamos hacer alguna donacion, fray Antonio, a vuestro nuevo priorato. Los judios siempre se han mostrado generosos en estas cuestiones.

En otras palabras, ofrecia un soborno. Pero la sugerencia tuvo un efecto milagroso en quienes la oyeron.

– Si, que paguen -murmuro alguien. Y otro:

– ?Por que no?

Y la noticia circulo rapidamente entre los alli reunidos.

Fray Jeronimo grito que encabezaria ahora una procesion a la catedral, y que todos los que sintieran temor por el destino de su alma inmortal debian acompanarlo.

– Los que teneis antorchas y velas, adelantaos para alumbrar el camino.

Como habia mucha gente que corria el riesgo de verse pisoteada por los caballos, y fray Jeronimo se habia adelantado decididamente para encabezar la procesion, muchos lo siguieron, y otros volvieron las espaldas refunfunando.

Lady Margaret no se habia movido, y ahora se acerco al anciano medico:

– ?Y este no les ayudo? -pregunto, taladrandolo con la mirada. Se volvio al sheriff con una mueca de complicidad-. ?No ha sido, segun sus propias palabras, parte en todo este asunto? ?Creeis que Meir y Fluria son tan listos como para fabricar veneno sin su ayuda? -Se volvio al anciano-. ?Y tambien vais a perdonarme mis deudas con la misma facilidad, para comprar mi silencio?

– Si eso ha de calmar vuestro corazon y encaminaros a la verdad, si -respondio el anciano-. Perdonare vuestras deudas en atencion a las preocupaciones y los disgustos que os ha causado esta historia.

Aquello hizo callar a lady Margaret, pero solo de forma provisional. Era demasiado importante para ella no ceder en esta cuestion.

Ahora el gentio habia disminuido mucho, y mas y mas personas se unian a la procesion.

El sheriff se dirigio a dos de sus hombres montados.

– Escoltad a Isaac, hijo de Salomon, hasta su casa -dijo-. Y vosotros, todos, marchaos e id con los sacerdotes a rezar a la catedral.

– No hay que apiadarse de ninguno de ellos -insistio lady Margaret, aunque no alzo la voz para dirigirse a los rezagados-. Son culpables de una multitud de pecados, y leen libros de magia negra que tienen en mas aprecio que la Santa Biblia. Oh, yo he causado todo esto por apiadarme de esa nina. Y cuanto dolor siento al encontrarme

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