algun dano a ellos, a sus casas o a sus propiedades, estais danando al rey, y os tendre bajo arresto y os hare enteramente responsables de lo que ocurra. Estos son judios del rey. Son siervos de la Corona. Ahora marchaos de aqui. ?Es que vamos a tener un martir de los judios en todas las ciudades del reino?
Aquello provoco un aluvion de protestas y de razones.
Lady Margaret le tomo del brazo.
– Tio -le imploro-. Aqui ha ocurrido una cosa horrible. No, no ha sido una profanacion ruin como la del pequeno san Guillermo o la del pequeno san Hugo. Pero ha sido igual de malvada. Por el hecho de haber llevado a esa nina con nosotras a la iglesia por la Nochebuena…
– ?Cuantas veces voy a tener que oir lo mismo? -le contesto el-. Dia tras dia hemos sido amigos de esos judios, ?y ahora hemos de volvernos contra ellos porque una muchacha se haya marchado sin despedirse de sus amigos gentiles?
La campana habia enmudecido, pero la calle seguia abarrotada de gente, y me parecio ver que algunos incluso se habian subido a los tejados.
– Volved a vuestras casas -dijo el sheriff-. Ya ha sonado el toque de queda. ?Cometeis un delito si os quedais aqui!
Los soldados intentaron juntar un poco mas sus monturas, pero no era facil.
Lady Margaret hizo senas furiosas a determinadas personas para que se adelantaran, y al poco aparecieron dos individuos andrajosos que apestaban a vino. Vestian las sencillas tunicas de lana y las calzas de la mayoria de los hombres presentes, pero llevaban los pies envueltos en trapos y los dos parecian aturdidos por la luz de las antorchas y los muchos brazos que tiraban de ellos o les empujaban para verlos mejor.
– Vamos, estos testigos vieron a Meir y Fluria en el bosque con un saco -grito lady Margaret-. Les vieron junto al gran roble. Senor sheriff, querido tio, de no haberse helado la tierra, ya habriamos sacado el cuerpo de la nina del lugar donde lo enterraron.
– Pero estos hombres son unos borrachos -dije, sin pensar-. Y si no teneis el cuerpo, ?como podeis probar que ha habido un crimen?
– Esa es exactamente la cuestion -dijo el sheriff-. Y aqui tenemos un dominico que no esta medio loco para pretender convertir en santa a una muchacha que a estas horas debe de estar acompanando a sus queridos parientes en la ciudad de Paris. -Se volvio hacia mi-. Son vuestros hermanos quienes han atizado este fuego. Haced que recobren la sensatez.
Los dominicos se enfurecieron al oir aquello, pero fue otro aspecto de su actitud el que me llamo la atencion. Eran sinceros. Era evidente que estaban convencidos de tener razon.
Lady Margaret se puso frenetica.
– Tio, ?no entiendes mi responsabilidad en esto? He de perseguirlos. Fui yo, con Nell que esta aqui, quien llevo a la nina a misa y a ver las representaciones de Navidad. Fuimos nosotras las que le explicamos los himnos, las que respondimos a sus inocentes preguntas…
– ?Sus padres le perdonaron todo eso! -declaro el sheriff-. ?Quien en la juderia tiene mejor caracter que Meir, el maestro? Vamos, fray Antonio, vos habeis estudiado hebreo con el. ?Como podeis acusarlo de esas cosas?
– Si, yo estudie con el -dijo fray Antonio-, pero se que es debil y que esta dominado por su mujer. Ella es a fin de cuentas la madre de la apostata…
La multitud aclamo ese termino.
– ?Apostata? -grito el sheriff-. ?No sabeis si la nina apostato! Hay demasiadas cosas que sencillamente no sabemos.
Era obvio que la multitud estaba fuera de su control, y que el se daba cuenta.
– Pero ?por que estais tan seguro de que la nina ha muerto? -pregunte a fray Antonio.
– Se puso enferma la manana del dia de Navidad -dijo-. Por eso. Fray Jeronimo lo sabe bien. Es fisico ademas de monje. El la atendio. Empezaron a envenenarla ya entonces. Y paso todo el dia en la cama con dolores cada vez mas fuertes, mientras el veneno le mordia en el estomago, y ahora ha desaparecido sin dejar huella y esos judios tienen el descaro de decir que sus primos se la han llevado a Paris. ?Con este tiempo? ?Hariais vos un viaje asi?
Parecia como si todos los que escuchaban tuviesen algo que decir sobre el asunto, pero alce la voz para hacerme oir.
– Bueno, yo he venido aqui con este tiempo, ?no es cierto? -respondi-. No podeis acusar a nadie de un crimen sin pruebas. Asi son las cosas. ?No hubo un cuerpo del pequeno san Guillermo? ?No hubo una victima en el caso del pequeno san Hugo?
Lady Margaret volvio a recordar a todo el mundo que la tierra estaba helada alrededor del roble.
La muchacha grito desesperada:
– Yo no pense que hubiera nada malo. Ella solo queria escuchar la musica. Le gustaba la musica. Le gustaba la procesion. Queria ver al Nino en el pesebre.
Aquello provoco nuevos gritos en la multitud que nos rodeaba.
– ?Por que no hemos visto a los primos que vinieron a llevarsela a ese viaje inesperado? -nos pregunto fray Antonio, a mi y al sheriff.
El sheriff miro a su alrededor, inquieto. Alzo la mano e hizo una senal a sus hombres, y uno de ellos se alejo al trote. Entre dientes me dijo a mi:
– Le he enviado a traer mas hombres para proteger toda la juderia.
– Yo pido -intervino lady Margaret- que Meir y Fluria respondan. ?Por que se han encerrado esos malvados judios en sus casas? Porque saben la verdad.
Fray Jeronimo intervino de inmediato:
– ?Malvados judios? ?Meir y Fluria, y el viejo Isaac, el medico? ?No eran esas mismas personas nuestros amigos? ?Y ahora son todos malvados?
Fray Antonio, el dominico, replico de inmediato:
– Les debeis la mayor parte de vuestros vestidos, de vuestros calices, del mismo priorato -dijo-. Pero no son amigos. Son prestamistas.
De nuevo empezaron los gritos, pero ahora la multitud se hizo a un lado y un anciano de cabello gris suelto y espalda encorvada se abrio paso a la luz de las antorchas. Su tunica y su manto aparecian salpicados por el barro que siguio a la nevada. Sus zapatos lucian finas hebillas de oro.
Enseguida vi el parche amarillo cosido al pecho que revelaba su condicion de judio. El parche estaba recortado con la silueta de las tablas de los Diez Mandamientos, y me pregunte como alguien, en todo el mundo, podia haber considerado aquella imagen en particular como una senal vergonzosa. Y, sin embargo, asi habia sido, y los judios de toda Europa fueron obligados a llevarla durante muchos anos. Yo sabia y comprendia aquello.
Fray Jeronimo dijo en tono seco a todos que dejaran paso a Isaac, hijo de Salomon, y el anciano se coloco sin aparentar temor junto a lady Margaret, delante de la puerta.
– ?Cuantos de nosotros -pregunto fray Jeronimo- hemos acudido a Isaac en busca de pociones, de vomitivos? ?Cuantos hemos sanado por sus hierbas y sus conocimientos? Yo mismo he recurrido a la sabiduria y el juicio de este hombre. Se que es un gran fisico. ?Como os atreveis a desoir lo que dice ahora?
El anciano permanecio resuelto y en silencio hasta que todos los gritos se apagaron. Los canonigos de ropajes blancos de la catedral se habian aproximado a el, para defenderlo. Por fin el anciano hablo, con una voz profunda y algo temblorosa.
– Yo atendi a la nina -dijo-. Es verdad que entro en la iglesia en la noche misma de Navidad, si. Es verdad que quiso ver las hermosas funciones. Quiso escuchar la musica. Si que hizo todo eso, pero volvio a la casa de sus padres como una nina judia, tal como la habia dejado. ?Solo era una nina, y olvido con facilidad! Enfermo, como podia haberle ocurrido a cualquiera con este tiempo inclemente, y pronto la fiebre hizo que delirara.
Parecio que los gritos iban a reproducirse otra vez, pero tanto el sheriff como fray Jeronimo reclamaron silencio con sus gestos. El anciano miro a su alrededor con una dignidad marchita, y continuo:
– Supe lo que era. Era la pasion iliaca. Sentia un fuerte dolor en un costado. Ardia de fiebre. Pero luego la fiebre cedio, el dolor desaparecio, y antes de que abandonara estas tierras para marchar a Francia, era otra vez ella misma, y yo hable con ella, y tambien fray Jeronimo, vuestro propio fisico, aunque mal podeis decir que yo no haya sido el fisico de la mayoria de vosotros.
Fray Jeronimo asintio con vigor a sus palabras.
– Os repito lo que os he dicho antes -dijo-. Yo la vi antes de que se fuera de viaje, y estaba curada.
