Lo sabes, ?no es asi? Ya has pedido perdon. Ya has admitido la verdad de todo lo que te he revelado, y setenta veces mas. ?Sabes que Dios te ha perdonado? -No pude contestar nada. ?Como podia alguien perdonar las cosas que yo habia hecho?-. Estamos hablando de Dios Todopoderoso -susurro.
– Estoy dispuesto -murmure-. ?Que puedo hacer? ?Que es lo que quieres que haga para redimir siquiera la minima parte de todo esto?
– Convertirte en mi ayudante -dijo-. Ser mi instrumento humano para ayudarme a hacer lo que debo hacer en la Tierra.
Se reclino en la pared cubierta de libros y junto las manos, como podria hacerlo un hombre, cruzando los dedos justo debajo de sus labios.
– Deja esa vida vacia que has modelado para ti mismo -dijo-, y prestame tu ingenio, tu valentia, tu agudeza y tu poco comun apostura fisica. Muestras un valor notable en circunstancias en las que otros serian timidos. Eres habil donde otros se muestran torpes. Yo puedo servirme de todo lo que eres.
Yo sonrei al oirlo. Porque sabia a que se referia. Lo cierto es que comprendia todo lo que me iba diciendo.
– Oyes hablar a otros humanos con los oidos de un musico -continuo-. Y amas lo que es armonioso, lo que es hermoso. A pesar de todos tus pecados, el tuyo es un corazon educado. Todo eso lo puedo poner a la obra para responder a las plegarias que el Creador quiere que sean atendidas. He buscado un instrumento humano para cumplir con su peticion. Tu eres ese instrumento. Confiate a El y a mi.
Senti el primer estremecimiento de verdadera felicidad que habia conocido en muchos anos.
– Quiero creerte -susurre-. Quiero ser ese instrumento, pero pienso, quiza por primera vez en mi vida, que me da autentico miedo hacerlo.
– No, no tienes miedo. No has aceptado Su perdon. Debes confiaren que El puede perdonar a un hombre como tu. Y El lo ha hecho. -No espero a que le respondiera-. No puedes imaginar el universo que te rodea. No puedes verlo como lo vemos desde el cielo. No puedes oir las plegarias que se elevan desde todas partes, desde todos los siglos, desde todos los continentes, desde un corazon tras otro.
»Nos necesitan, a ti y a mi, en lo que para ti va a ser una edad antigua, pero no para mi, que puedo ver esos anos con la misma claridad que veo este momento. Tu te trasladaras de un Tiempo Natural a otro Tiempo Natural. Pero yo existo en el Tiempo del Angel, y tu tambien viajaras conmigo a traves de ese tiempo.
– El Tiempo del Angel… -susurre. ?Que era lo que estaba viendo?
El hablo de nuevo.
– La mirada del Creador abarca todo el tiempo. El conoce todo lo que es, ha sido y sera. Conoce lo que podria haber sido. Y es el Maestro del resto de nosotros, en la medida en que podemos comprenderlo.
Algo estaba cambiando en mi interior, de una manera radical. Mi mente se esforzaba en captar la suma total de todo lo que el me habia revelado, y por mucha teologia y filosofia que supiese, unicamente podia hacerlo sin palabras.
Recorde algunas frases de Agustin, citadas por el Aquinate, y las murmure para mi entre dientes:
«Aunque nosotros no podemos medir el infinito, sin embargo este puede ser abarcado por Aquel, cuyos conocimientos no tienen limites.»
El sonrio. Meditaba.
Ahora se habia producido en mi interior un gran cambio.
Yo estaba tranquilo.
Continuo.
– No puedo mover las sensibilidades de los que me necesitan como he zarandeado la tuya. Necesito que entres tu en su solido mundo bajo mi direccion, un ser humano como son humanos ellos mismos, un hombre igual a ellos. Necesito que intervengas, no para llevar la muerte, sino desde el lado de la vida.
»Di que estas dispuesto y que tu vida se ha apartado del mal, confirmalo y de inmediato te veras sumergido en los peligros y las penalidades de intentar hacer algo que es incuestionablemente bueno.
Peligros y penalidades.
– Lo hare -dije. Quise repetir esas palabras, pero parecian flotar en el aire delante de nosotros-. Donde sea. Basta que me expliques lo que quieres de mi, que me digas como he de cumplir tu peticion. ?Ensenamelo! No me importa el peligro. No me importan las penalidades. Dime que es bueno, y lo hare. «?Dios querido, creo que me has perdonado! ?Y que Tu me ofreces esta oportunidad! Soy tuyo.»
Senti una felicidad inmediata e inesperada, una levedad henchida de gozo.
De nuevo cambio la atmosfera que me rodeaba.
Los colores de la habitacion se emborronaron y se hicieron mas brillantes. Parecio como si me sacaran del marco de un cuadro, y el cuadro mismo se hiciera mas amplio y menos nitido, y luego se disolviera a mi alrededor en una neblina tenue, ingravida y tremula.
– ?Malaquias! -grite.
– Estoy a tu lado -dijo su voz.
Ascendiamos. El dia se habia diluido en una penumbra purpurea, pero la oscuridad se llenaba de una luz suave y acariciante. Luego estallo en mil millones de chispas de fuego.
Un sonido me sobrecogio, era tan hermoso como indescriptible. Parecia sostenerme con tanta firmeza como me elevaban las corrientes de aire, con tanta firmeza como me guiaba la calida presencia de Malaquias, aunque yo no podia ver otra cosa que el cielo estrellado, y el sonido se convirtio en una gran y hermosa nota profunda, como el eco de un gran gong de bronce.
Se habia alzado un viento penetrante, pero el resonar de la nota se impuso sobre el, y luego llegaron otras notas, moduladas, vibrantes, como un repique de muchas campanas puras e ingravidas. Poco a poco la musica disolvio enteramente el soplo del viento en si misma, y crecio y se hizo mas rapida, y yo escuche un canto mas fluido y rico que nada que hubiera oido anteriormente. Trascendia los himnos terrestres de manera tan indescriptible que perdi todo sentido del tiempo. Solo podia imaginar oir aquellas canciones por siempre, y la conciencia de mi mismo desaparecio.
«Dios querido, y yo que te he abandonado, que te he vuelto la espalda… Soy tuyo.»
Las estrellas habian multiplicado su numero hasta parecer las arenas del mar. De hecho, su brillo hacia desaparecer la oscuridad, aunque cada estrella titilaba con una perfecta luz iridiscente. Y a mi alrededor, por encima, debajo, a los lados, vi lo que parecian ser estrellas fugaces, que cruzaban veloces sin el menor sonido.
Me senti incorporeo en medio de aquel espacio que no deseaba abandonar nunca mas. De pronto, como si me lo hubiera dicho alguien, me di cuenta de que las estrellas fugaces eran angeles. Lo supe sin mas. Supe que eran angeles que viajaban arriba y abajo y a traves y en diagonal, y que esos viajes veloces e inevitables formaban parte de la urdimbre y la trama de aquel gran reino universal.
Yo no viajaba a la misma velocidad. Yo iba a la deriva. Pero incluso en esa palabra esta implicada la fuerza de la gravedad para que exprese adecuadamente la facil naturalidad con la que me movia.
De forma muy gradual, la musica dio paso a otro sonido. Empezo en un tono muy bajo y fue haciendose mas urgente, un coro de susurros que venian de muy abajo. Muchas voces cuchicheadas, secretas, se unian en aquel susurro que se fundia con la musica hasta el punto en que parecia que todo el mundo situado debajo de nosotros, o en torno a nosotros, estaba lleno de aquel cuchicheo. A pesar de que distingui multitud de silabas, todas parecian expresar un mismo ruego.
Mire abajo, asombrado de conservar algun sentido de orientacion. La musica se hizo mas tenue al aparecer a la vista un gran planeta solido. Anore la musica. Senti que no podria soportar perderla. Pero nos sumergiamos en direccion a aquel planeta, y supe que aquello era justo y bueno, y no me resisti en forma alguna.
Por todas partes las estrellas fugaces seguian cruzando de un lado a otro, y en mi mente no tuve la menor duda de que todas eran angeles que atendian plegarias. Eran los mensajeros activos de Dios, y me senti un privilegiado por ver aquello, a pesar de que la musica mas eterea que jamas habia oido ahora casi habia desaparecido por completo.
El coro de susurros era muy vasto y a su manera su sonido era tambien perfecto, aunque mas oscuro. «Son los cantos de la tierra -pense con plena conciencia-, y estan llenos de tristeza, y necesidad, y adoracion, y reverencia, y respeto.»
Vi aparecer masas oscuras de tierra en las que espejeaban miriadas de luces, y la gran capa satinada de los mares. Las ciudades eran visibles para mi en la forma de grandes redes de iluminacion que aparecian y
