Toby abrio los ojos. Luego su llanto se agravo, y la cuerda baja de la desesperacion vibro con mas intensidad que nunca.
Se levanto y empezo a caminar. Miro en su maleta abierta. Hojeo el libro sobre los angeles.
Volvio a tenderse y lloro hasta quedarse dormido, igual que podria haberlo hecho un nino. Tambien recitaba una oracion mientras lloraba: «Angel de Dios, mi querido custodio, haz que los “Chicos Buenos” me maten mas pronto que tarde.»
Su angel guardian, al oir la desesperacion de aquella suplica, al oir su dolor y su absoluta desolacion, habia vuelto la espalda y se tapaba el rostro.
Yo, no. Malaquias, no.
«Es el», pense.
«Da un salto de diez anos de tu tiempo hasta el punto donde empece: el es Toby O’Dare para mi, no Lucky el Zorro. Y yo voy tras el.»
5 Los cantos del serafin
Si alguna vez me habia sentido estupefacto en mi vida, no fue nada comparado con lo de ahora. En mi sala de estar, solo poco a poco empezaron a emerger las formas y los colores de la neblina en la que flotaba desde que Malaquias dejo de hablar.
Volvi a mi propio ser, sentado en el sofa y mirando al frente. Y lo vi a el con toda claridad, de pie contra la pared forrada de libros.
Yo estaba abrumado, roto, y era incapaz de hablar.
Todo lo que me habia mostrado habia sido tan vivido, tan inmediato, que yo aun seguia tanteando para encontrarme a mi mismo en el momento presente, o bien anclado a buen recaudo en cualquier otro momento.
Era tal mi sensacion de pena, de profundo y terrible remordimiento, que aparte la vista de el, y muy despacio hundi la cara en mis manos.
Me sostenia una casi imperceptible esperanza de salvacion. En lo profundo de mi corazon susurre: «Senor, perdoname por haberme apartado de ti.» Pero al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras, sentia: «No lo crees. No lo crees, por mas que te lo haya revelado a ti mismomas intimamente de lo que tu mismo podias haberlo hecho. No lo crees. Tienes miedo de creerlo.»
Le oi acercarse y entonces volvi de nuevo a mi ser, con el a mi lado.
– Reza para tener fe -susurro a mi oido.
Y lo hice.
Recorde un antiguo ritual.
En las tardes de crudo invierno, cuando me daba miedo volver a casa de la escuela, habia llevado a Emily y Jacob a la iglesia del Santo Nombre de Jesus, y alli habia rezado: «Senor, enciende el fuego de la fe en mi corazon, porque estoy perdiendo la fe. Senor, toca mi corazon, y enciendelo.»
Las viejas imagenes habituales volvieron a mi, tan frescas como si fuera ayer. Vi la silueta borrosa de mi corazon y la llama amarilla que brotaba de el. A mi memoria le faltaba el color vibrante y el movimiento de todo lo que Malaquias me habia mostrado. Pero rece con todo mi ser. Las viejas estampas se desvanecieron de pronto y me quede solo con las palabras de la oracion.
No fue un «quedarse solo» ordinario. Me encontre delante de Dios sin haberme movido. Tuve la relampagueante vision de ascender por una ladera de hierba suave y ver delante de mi una figura envuelta en una tunica…, y volvieron a mi los viejos pensamientos: «Esta es su gloria; han pasado miles de anos, pero puedes seguir sus pasos de cerca.»
– Oh, Dios mio, me duele de corazon -susurre. «Por miedo al infierno por todos mis pecados, pero sobre todo, sobre todo, sobre todo, por haberme apartado de Ti.»
Me sente de nuevo en el sofa y me senti perdido, peligrosamente proximo a perder el sentido, como si todo lo que habia visto me golpeara, merecidamente, y mi cuerpo no pudiera encajar tantos golpes. ?Como podia haber amado tanto a Dios, y arrepentirme tan completamente de lo que habia llegado a ser, y sin embargo no tener fe?
Cerre los ojos.
– Mi Toby -susurro Malaquias-. Sabes la magnitud de lo que has hecho, pero no puedes comprender la magnitud de lo que El conoce.
Senti el brazo de Malaquias sobre mi hombro. Senti el apreton de sus dedos. Y luego me di cuenta de que se habia levantado, y oi sus suaves pisadas cuando cruzo la habitacion.
Levante la vista y lo vi de pie frente a mi; de nuevo presentaba el mismo colorido vivo y la forma nitida y seductora. Emanaba de el una luz tan sutil como real. Sin estar del todo seguro, me parecio haber visto aquella luz incandescente la primera vez que aparecio delante de mi en la Posada de la Mision. No se me ocurrio ninguna explicacion entonces y lo rechace como algo casual, sin ningun significado.
Ahora no lo rechace. Me maraville. Su rostro parecia conmovido. Era feliz. Parecia incluso dichoso. Y vino a mi mente una frase de las Escrituras acerca de la alegria en el cielo por un pecador que se arrepiente.
– Acabemos deprisa con esto -dijo impaciente. Y esta vez no hubo imagenes hirientes que acompanaran a sus palabras dichas en voz baja-. Sabes muy bien lo que ocurrio despues. Nunca revelaste al Hombre Justo tu verdadero nombre a pesar de su insistencia, y mas adelante, cuando las agencias te llamaron Lucky, el afortunado, tambien fue ese el nombre que te aplico el Hombre Justo. Tu lo aceptaste con una ironia amarga, y llevaste a cabo una mision tras otra, y pediste que no te tuviera cruzado de brazos, aunque sabias lo que eso significaba.
No dije nada. Me di cuenta de que lo veia a traves de un tenue velo de lagrimas. Como me habia jactado en mi desesperacion. Habia sido un joven que al tiempo que se ahogaba luchaba contra un monstruo marino, como si eso tuviera importancia cuando las olas se agolpaban sobre su cabeza.
– En esos primeros anos, trabajaste en Europa a menudo. El disfraz importaba poco, porque tu estatura y tu cabello rubio te servian con eficacia. Entrabas en los bancos y en los restaurantes de lujo, en los hospitales y en los mejores hoteles. Nunca volviste a usar un arma de fuego, porque no tuviste necesidad de hacerlo. «El francotirador de la aguja», te llamaban en los reportajes que resenaban tus exitos, siempre con mucho retraso respecto de los hechos. En vano repasaban una y otra vez las imagenes borrosas de video en las que aparecias.
»Fuiste solo a Roma y paseaste por la basilica de San Pedro. Viajaste al norte por Asis, Siena y Perugia, y luego fuiste a Milan, Praga y Viena. En una ocasion fuiste a Inglaterra solo para visitar el paisaje desolado donde las hermanas Bronte habian vivido y escrito sus grandes libros; fuiste solo a ver representaciones de las obras de Shakespeare. Vagaste por la Torre de Londres, anonimo y perdido entre los demas turistas. Has vivido una vida desprovista de testigos. Has vivido tu vida mas perfectamente solo de lo que nadie podria imaginar, excepto tal vez el Hombre Justo.
»Pero pronto dejaste de visitarlo. No te importaron su risa facil ni sus observaciones agradables, ni la forma casual en que discutia las cosas que queria que hicieras. Por telefono podias tolerarlo; en una mesa de comedor lo encontrabas insoportable. La comida perdia todo su sabor y se te secaba en la boca.
»Y de ese modo te alejaste de ese ultimo testigo, que paso a convertirse en un fantasma al otro lado de una linea telefonica, y ya no en un pretendido amigo.
Dejo de hablar. Se volvio y paso los dedos por los lomos de los libros alineados en los estantes. Parecia tan solido, tan perfecto, tan distinto de un ser imaginario…
Creo que me oi tragar saliva a mi mismo, o puede que fuera un sollozo ahogado para reprimir mis lagrimas.
– En esto se convirtio tu vida -dijo en el mismo tono de voz, baja, sin prisas-, en estos libros tuyos y en viajes seguros por el interior del pais, porque era demasiado peligroso para ti arriesgarte a cruzar fronteras. Y te instalaste aqui, hace menos de nueve meses, y bebiste la luz del sur de California con tanta ansia como si antes hubieras pasado tus dias encerrado en una habitacion oscura.
»Te quiero ahora -dijo-. Pero tu redencion depende del Creador, de tu fe en El. La fe se agita en tu interior.
