mismo a no echarse a reir, y en cambio a moverse con rapidez.

Cogio todo el dinero que habia en el billetero del hombre, unos mil quinientos dolares.

En el antedespacho, sonrio seductor a la joven secretaria.

– Oiga -dijo, inclinandose sobre su mesa-. Dice que salga ahora. Esta esperando, bueno, a ciertas personas.

– Ah, si, entiendo -dijo ella, intentando parecer muy lista, muy colaboradora y muy tranquila-. Pero ?cuanto tiempo he de estar fuera?

– El dia, tomese el dia -dijo Toby-. No, creame, el lo quiere asi. -Le dio varios billetes de veinte dolares de la billetera del hombre-. Vaya a casa en taxi. Diviertase. Y llame manana por la manana, ?me entiende? No vuelva sin haber llamado antes.

Ella estaba encantada.

Salio con el hacia el ascensor, orgullosa de estar a su lado, al lado de un hombre alto y joven, guapo y misterioso, y le dijo otra vez que su fular amarillo era esplendido. Se dio cuenta de que cojeaba, pero simulo no advertirlo.

Antes de que las puertas del ascensor se cerraran, el la miro a traves de las gafas oscuras, le dirigio una sonrisa tan radiante como la de ella, y le dijo como despedida:

– Recuerdeme como su lord Byron.

Recorrio a pie las pocas manzanas que lo separaban del banco y se detuvo a pocos metros de la entrada. El gentio cada vez mayor lo empujo a un lado. Se arrimo a la pared y marco el numero del banquero en el telefono robado al abogado.

– Salga ahora -dijo con su susurro ceceante, mientras su mirada recorria la multitud que pasaba ante las puertas del banco.

– Estoy fuera -respondio el hombre, bronco e irritado-. ?Donde diablos esta usted?

Toby lo localizo sin dificultad cuando el hombre se volvio a meter el movil en el bolsillo.

Toby miro a su alrededor, asombrado por la velocidad a que se movia el gentio en ambas direcciones. El ruido del trafico era ensordecedor. Las bicicletas sorteaban zumbando el perezoso avance de camiones y taxis. El fragor ascendia por las paredes como si quisiera llegar al cielo. Sonaban las bocinas y una humareda gris flotaba en el aire.

Miro arriba, a la rendija de cielo azul que no alcanzaba a iluminar aquella grieta de la gigantesca ciudad, y se dijo a si mismo que nunca se habia sentido tan vivo. Ni siquiera en los brazos de Liona habia sentido aquel vigor.

Marco de nuevo el numero, y esta vez espero el timbrazo y observo al hombre, casi perdido en aquella masa de gente en perpetuo movimiento, cuando contesto.

Si, ese era su hombre, de pelo gris, grueso, con la cara colorada ahora por la furia. Su victima se detuvo delante del bordillo.

– ?Cuanto tiempo he de estar aqui esperando? -ladro al telefono.

Dio media vuelta y camino hacia los muros de granito del banco y se quedo a la izquierda de la puerta giratoria, mirando a su alrededor con calma.

El hombre miraba cenudo a todos los que pasaban junto a el, excepto al joven flaco que paso un poco agachado, cojeando, tal vez debido al peso de su voluminosa mochila y su maletin.

En ese hombre no se fijo en absoluto.

Tan pronto como se hubo colocado a su espalda, Toby disparo al hombre en la cabeza. Rapidamente volvio a guardar la pistola en su abrigo y, con la mano derecha, ayudo al hombre a deslizarse recostado en la pared hasta el suelo, con las piernas extendidas al frente. Toby se arrodillo solicito a su lado.

Saco el panuelo del bolsillo del hombre y le enjugo el rostro. Por supuesto, el hombre estaba muerto. Entonces, invisible para el gentio que pasaba a escasos centimetros, se apodero del telefono del hombre, de su billetero y de un pequeno bloc de notas que llevaba en el bolsillo del pecho.

Ni una sola de las personas que pasaban se detuvo, ni siquiera los que hubieron de sortear las piernas extendidas del banquero.

Un recuerdo fugaz asalto a Toby. Vio a su hermano y a su hermana, muertos, sumergidos en la banera.

Rechazo con energia aquel recuerdo. Se dijo a si mismo que era intrascendente. Plego el panuelo de lino lo mejor que pudo con la mano enguantada, y lo coloco sobre la frente humeda del hombre.

Camino tres manzanas antes de tomar un taxi, y se bajo a tres manzanas de su apartamento.

Subio las escaleras, empunando la pistola de su bolsillo con dedos temblorosos. Cuando llamo a la puerta, oyo la voz de Alonso.

– ?Vincenzo?

– ?Estas solo ahi? -pregunto.

Alonso abrio la puerta y lo hizo entrar.

– ?Donde has estado, que te ha ocurrido?

Miraba el pelo tenido, las gafas oscuras.

Toby examino el apartamento.

Luego se volvio a Alonso y le dijo:

– Estan todos muertos, los tipos que te molestaban. Pero esto no se ha acabado. No he tenido tiempo de ir al restaurante y no se lo que esta pasando alli.

– Yo si -dijo Alonso-. Han despedido a todos mis empleados y cerrado el local. ?Que demonios me estas diciendo?

– Ah, bueno -dijo Toby-, entonces no esta tan mal.

– ?Que quieres decir con eso de que estan todos muertos? -pregunto Alonso.

Toby le conto todo lo que habia ocurrido. Luego dijo:

– Tienes que llevarme a gente que sepa como acabar esto. Llevame con tus amigos que no han querido ayudarte. Ahora si te ayudaran. Querran estos ordenadores. Querran estos telefonos moviles. Querran este bloc de notas. Aqui hay datos, toneladas de datos sobre esos criminales y lo que quieren y lo que estan haciendo.

Alonso se lo quedo mirando mucho rato sin hablar, y luego se postro en el unico sillon de la habitacion y hundio los dedos en su espesa cabellera.

Toby echo el cerrojo de la puerta del cuarto de bano. Tenia con el la pistola. Coloco la pesada tapa de porcelana del inodoro contra la puerta y se ducho con la cortina descorrida, frotando y frotando hasta que desaparecio todo el tinte negro de su cabello. Trituro las gafas. Envolvio los guantes, los fragmentos de las gafas y el fular en una toalla.

Cuando salio, Alonso estaba hablando por el telefono. Parecia muy absorto en la conversacion. Hablaba en italiano o en dialecto siciliano, Toby no estaba seguro. En el restaurante podia atrapar al vuelo el sentido de algunas expresiones, pero aquel era un torrente de palabras demasiado rapido.

Cuando el viejo colgo, le dijo:

– Has acabado con ellos. Con todos ellos.

– Ya te lo dije -contesto Toby-. Pero vendran otros. Esto es solo el principio de algo. La informacion que guarda el ordenador de ese abogado no tiene precio.

Alonso lo miraba con un asombro tranquilo. Su angel de la guarda estaba a su lado con los brazos cruzados observandolo todo con tristeza…, es como mejor puedo describir en terminos humanos su actitud. El angel de Toby lloraba.

– ?Conoces a gente que pueda ayudarme a utilizar estos ordenadores? -pregunto Toby-. Habia ordenadores de sobremesa en la casa y en la oficina, pero no se como desconectar los cables. Todos estos ordenadores tienen que estar repletos de informacion. Ahi hay numeros de telefono, cientos con toda probabilidad.

Alonso asintio. Estaba asombrado.

– Quince minutos -dijo.

– ?Quince minutos, que? -pregunto Toby.

– Estaran aqui, encantados de conocerte y encantados tambien de ensenarte todo lo que puedan.

– ?Estas seguro? -pregunto-. Si antes no querian ayudarte, ?por que no matarnos sencillamente a los dos?

– Vincenzo -dijo Alonso-. Tu eres justo lo que hasta ahora no tenian. Eres justo lo que necesitan. -Las lagrimas asomaron a los ojos de Alonso-. Hijo, ?crees que te traicionaria? -dijo-. Tengo una deuda eterna contigo.

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