blancas, limpias.
La noche siguiente, por recomendacion de un taxista, fue a Little Italy. Toco en la calle, entre dos restaurantes abarrotados. Y en esta ocasion toco todas las melodias que sabia de la opera. Interpreto de una forma conmovedora las arias de Madame Butterfly y otras heroinas de Puccini. Entre tremolos escalofriantes, ilustro tambien piezas de Verdi.
Salio un camarero de uno de los restaurantes y lo invito a entrar. Pero alguien interrumpio al camarero. Era un hombre viejo y grueso con un delantal blanco.
– Tu tocas eso otra vez -dijo el hombre. Tenia un cabello negro espeso con solo unas pocas hebras blancas en las sienes, encima de las orejas. Se mecio a un lado y otro mientras Toby tocaba la musica de La Boheme, y se aventuraba de nuevo por las arias mas conmovedoras.
Luego paso a las canciones alegres y festivas de Carmen. El viejo dio palmas para acompanarlo, se seco las manos en el delantal y aplaudio un rato mas.
Toby toco todas las canciones sentimentales que conocia.
El publico se levanto, pago, el local volvio a llenarse. El viejo se puso en pie para atender a los recien llegados.
Una y otra vez aquel hombre mofletudo le indico que recogiera los billetes de su estuche y los escondiera. El dinero siguio afluyendo.
Cuando Toby estuvo demasiado cansado para seguir tocando, se levanto para guardar el laud y marcharse, pero el viejo mofletudo le dijo:
– Espera un minuto, hijo.
Y le pidio que tocara canciones napolitanas que Toby nunca habia tocado pero conocia de oido, y salio airoso con facilidad.
– ?Que estas haciendo aqui, hijo? -pregunto el hombre.
– Busco trabajo -dijo Toby-, cualquier clase de trabajo, de lavaplatos, camarero, cualquier cosa, no me importa, solo trabajo, un trabajo decente.
Miro al hombre. El hombre llevaba unos pantalones correctos y una camisa de vestir blanca sin abrochar en el cuello y con las mangas subidas hasta debajo de los codos. Tenia una cara blanda y carnosa, de expresion amable.
– Te dare un trabajo -dijo el hombre-. Vamos dentro. Te dare algo de comer. Llevas tocando aqui fuera toda la noche.
Al concluir su primera semana, estaba instalado en una pequena habitacion en el segundo piso de un hotel del Downtown, y tenia papeles falsos que le adjudicaban una edad de veintiun anos (la edad minima para servir bebidas alcoholicas) a nombre de Vicenzo Valenti, un nombre propuesto por el amable viejo italiano que le habia contratado. A la propuesta del nombre habia adjuntado un certificado de nacimiento autentico.
El hombre se llamaba Alonso. El restaurante era hermoso. Tenia grandes ventanales acristalados que daban a la calle, y mucha luz, y ademas de servir las mesas los camareros y camareras, todos estudiantes, cantaban opera. Toby tocaba el laud, y ademas habia un piano.
Era bueno para Toby, que no queria acordarse de que habia sido Toby alguna vez.
Nunca habia oido voces tan bellas.
Muchas noches, cuando el restaurante estaba abarrotado de grupos que celebraban algun acontecimiento, y la opera era hermosa, y el podia tocar el laud en pizzicato, se sentia casi bien y no queria que cerraran las puertas y verse obligado a recorrer las aceras mojadas de lluvia.
Alonso era un hombre de buen corazon, sonriente, y sentia un aprecio especial por Toby, que era su Vicenzo.
– Que no daria -dijo a Toby- por ver siquiera a uno de mis nietos.
Alonso dio a Toby una pistola pequena de culata nacarada y le enseno a disparar. Tenia un gatillo suave. Se la dio solo como proteccion. Alonso le enseno las armas que guardaba en la cocina. A Toby le fascinaron aquellas pistolas, y cuando Alonso lo llevo al callejon trasero del restaurante y lo dejo disparar con ellas, le gusto la sensacion, y el ruido ensordecedor que repercutia en ecos por las paredes ciegas de ambos lados.
Alonso dio trabajo a Toby en las bodas y fiestas de compromiso, le pago con generosidad, le compro trajes italianos para sus actuaciones y a veces lo envio a servir cenas privadas en una casa situada a pocas manzanas del restaurante. A la gente, sin excepcion, el laud le parecia una nota elegante.
La casa en la que tocaba era bonita, pero hacia que Toby se sintiera incomodo. Aunque la mayoria de las mujeres que vivian alli eran ancianas y amables, tambien habia algunas mujeres jovenes, y hombres que iban a verlas. La mujer que regia aquel lugar se llamaba Violet, tenia una voz aguardentosa y llevaba una espesa capa de maquillaje, y trataba a todas las demas mujeres como si fueran sus hermanas pequenas o sus hijas. A Alonso le gustaba sentarse a charlar durante horas con Violet. Casi siempre hablaban en italiano, a veces en ingles, y siempre se referian a epocas pasadas, y algunos indicios dejaban suponer que habian sido amantes.
Se jugaba a las cartas alli, y a veces habia pequenas reuniones de cumpleanos, la mayoria de las veces de hombres y mujeres ancianos, pero las mujeres jovenes dirigian a Toby sonrisas carinosas o burlonas.
En una ocasion, oculto detras de un biombo pintado, toco el laud para un hombre que hacia el amor a una mujer, y el hombre le hizo dano. Ella le pego y el hombre contesto con una bofetada.
Alonso quito importancia a lo sucedido.
– Hace esas cosas continuamente -explico, como si el comportamiento del hombre careciera de importancia. Alonso llamo Elsbeth a la muchacha.
– ?Que clase de nombre es ese? -pregunto Toby. Alonso se encogio de hombros.
– ?Ruso? ?Bosnio? ?Como voy a saberlo? -Sonrio-. Son rubias. A los hombres les gustan. Y ella esta huyendo de algun ruso, eso te lo aseguro. Tendre suerte si el bastardo no viene por aqui a buscarla.
A Toby empezo a gustarle Elsbeth. Tenia un acento que podia ser ruso. Una vez le conto que se habia cambiado el nombre, y como Toby ahora se llamaba Vincenzo, sintio simpatia por ella. Elsbeth era muy joven, Toby no estaba seguro de que hubiera cumplido los dieciseis. El maquillaje hacia que pareciera mayor y menos tierna. Los domingos por la manana, con un toque apenas de lapiz de labios, estaba muy guapa. Fumaba tabaco negro en la escalera de incendios del piso y charlaban los dos.
A veces Alonso invitaba a Toby a su casa, a comer espaguetis con su madre y con el. En Brooklyn. Alonso servia comida del norte de Italia en el restaurante, porque eso era lo que pedia la gente ahora, pero lo que el viejo preferia eran las albondigas con salsa de tomate. Sus hijos vivian en California. Su hija habia muerto de sobredosis a los catorce anos. Una vez le senalo su fotografia, y fue la ultima vez que hablo de ella.
Bufaba y agitaba la mano en el aire si alguien mencionaba siquiera a sus hijos.
La madre de Alonso no hablaba ingles, y nunca se sentaba a la mesa. Escanciaba el vino, fregaba los platos y se quedaba de pie junto a la estufa, de brazos cruzados, mirando a los hombres mientras comian. A Toby le hizo pensar en sus abuelas. Tenia un vago recuerdo de que habian sido mujeres asi, plantadas de pie viendo comer a los hombres.
Alonso y Toby fueron a la Metropolitan Opera varias veces, y Toby disimulo la revelacion que habia sido para el escuchar a las mejores companias del mundo, y sentarse en una buena butaca al lado de un hombre que conocia a la perfeccion la historia y la musica. Toby conocio en esas horas algo que era una imitacion perfecta de la felicidad.
Toby habia visto operas en Nueva Orleans, con su profesora del conservatorio. Y tambien habia oido cantar opera a los estudiantes de Loyola, y se habia sentido conmovido por aquellos espectaculos dramaticos. Pero la Metropolitan Opera era infinitamente mas impresionante.
Fueron al Carnegie Hall y tambien a oir a la Orquesta Sinfonica.
Era una emocion sutil, aquella felicidad, que envolvia como una delicada tela de arana las cosas que el recordaba. Deseaba sentirse alegre cuando miraba a su alrededor en aquellos grandes auditorios y escuchaba la musica embriagadora, pero no se atrevia a confiar en nada.
Una vez le dijo a Alonso que queria un collar bonito para regalarlo a una mujer.
Alonso se echo a reir y sacudio la cabeza.
– A mi profesora de musica -dijo Toby-. Me enseno sin cobrarme nada. Y tengo doscientos dolares ahorrados.
– Dejamelo a mi -dijo Alonso.
El collar era maravilloso, una «pieza de coleccion». Alonso lo pago. Se nego a aceptar un centimo de
