La tristeza sucedio al dolor. Una tristeza que llego cuando el dolor no pudo ya prolongarse mas. Cubria cada objeto que contemplaba, e ideas tales como carino y amor le parecian irreales o fuera de su alcance para siempre, mientras seguia sentado en medio de aquella fealdad y ruina.

En uno u otro momento, durante las horas en que estuvo alli sentado, oyo el contestador del telefono. Era Liona que lo llamaba. Supo que no podria descolgar el auricular. Supo que nunca volveria a verla, ni a hablarle, ni a decirle lo que habia ocurrido.

No rezo. No se le ocurrio. Tampoco se le ocurrio hablar con el angel que estaba a su lado, ni con el Senor al que habia rezado apenas hora y media antes. No volveria a ver vivos a su hermano y a su hermana, ni a su madre, ni a su padre, ni a ninguna persona conocida. Eso es lo que penso. Estaban muertos, irrevocablemente muertos. No creia en nada. Si alguien se le hubiera acercado en ese momento, como intentaba hacer su angel, y le hubiera dicho «volveras a verlos a todos otra vez», habria escupido a esa persona en un arrebato de furia.

Se quedo todo el dia en el apartamento con su familia muerta a su alrededor. Dejo abiertas las puertas del cuarto de bano y del dormitorio, porque no quiso que los cuerpos se quedaran solos. Le habria parecido irrespetuoso hasta un punto horrible.

Liona llamo dos veces mas, y la segunda vez el dormitaba y no estaba del todo seguro de haberla oido.

Finalmente se quedo dormido en el sofa, y cuando volvio a abrir los ojos olvido lo que habia ocurrido, y penso que estaban todos vivos y las cosas seguian su curso normal.

De nuevo la verdad lo golpeo con la fuerza de un martillo.

Se puso el blazer y los pantalones caqui y guardo toda su ropa en una maleta que su madre se habia traido del hospital anos atras, cuando tuvo los ninos. Saco todo el dinero que guardaba en los escondites.

Beso a su hermano pequeno. Se arremango y sumergio el brazo en la banera manchada para poner con la punta de los dedos un beso en la mejilla de su hermana. Luego beso el hombro de su madre. Miro de nuevo el rosario. No lo habia estado rezando cuando murio. Simplemente estaba alli, olvidado en medio del desorden.

Lo recogio, lo llevo al bano y lo limpio con el agua del lavamanos. Luego lo seco con una toalla y se lo puso en el bolsillo.

Todos parecian muy muertos ahora, muy vacios. Aun no habia olor, pero estaban muy muertos. La rigidez del rostro de su madre lo absorbio. El cuerpo de Jacob en el suelo estaba seco y arrugado.

Luego, cuando ya se disponia a irse, volvio a su escritorio. Queria llevarse dos libros. Tomo su devocionario y el libro titulado Los angeles, de fray Pascal Parente.

Yo observe aquello. Lo observe con mucho interes.

Me di cuenta de la forma como empaquetaba aquellos libros preciosos en la voluminosa maleta. Penso en otros libros de religion que amaba, entre ellos las Vidas de los santos, pero no tenia espacio para ellos.

Tomo el tranvia hacia la parte baja y, delante del primer hotel al que llego, subio a un taxi que lo llevo al aeropuerto.

Solo una vez paso por su mente llamar a la policia, e informar de lo que habia sucedido. Pero era tal la rabia que sentia que desecho esa idea definitivamente.

Fue a Nueva York. Nadie puede encontrarte en Nueva York, supuso.

En el avion, se aferro a su laud como si algo pudiera ocurrirle. Miraba por la ventanilla y sentia una angustia tan grande que no le parecio posible que la vida pudiera reservarle nunca ni una particula de alegria.

Ni siquiera tararear en voz baja para si mismo las melodias de las canciones que mas le gustaba tocar significaba nada para el. En sus oidos sonaba un estruendo como si los diablos del infierno tocaran una musica horrenda con la intencion de sacarlo de quicio. Susurro para si, para silenciarla. Deslizo la mano en su bolsillo, encontro el rosario y recito las palabras, pero no medito en los misterios. «Santa Maria… -musito entre dientes-,… ahora y en la hora de nuestra muerte. Amen.» «Son solo palabras», penso. Le era imposible imaginar la eternidad.

Cuando la azafata le pregunto si deseaba un refresco, contesto:

– Alguien los enterrara.

Ella le sirvio una gaseosa con hielo. Toby no durmio. Solo eran dos horas hasta Nueva York, pero el avion empezo a volar en circulos durante mucho tiempo antes de aterrizar finalmente.

Penso en su madre. ?Que podia haber hecho? ?Donde podia haberla colocado? Habia buscado sitios, medicos, un modo, cualquier modo, de ganar tiempo hasta poder salvar a todos. Puede que no se moviera lo bastante aprisa, que no fuera lo bastante listo. Puede que tuviera que haberselo dicho a sus maestros en la escuela.

Ahora no importaba, se dijo a si mismo.

Era de noche. Los oscuros edificios gigantes del East Side de la ciudad parecian infernales. El ruido absoluto de la urbe lo aturdio. Lo dejaba confinado en el enorme taxi, lo asaltaba en los semaforos cerrados. El taxista, detras de la gruesa mampara de plastico, era para el solo un fantasma.

Finalmente, dio unos golpecitos en el plastico y dijo a aquel hombre que lo llevara a un hotel barato. Tuvo miedo de que pensara que era un nino y lo llevara a la policia. No se dio cuenta de que, con su mas de metro noventa de estatura y la expresion hosca de su cara, no tenia un aspecto en absoluto infantil. El hotel no era tan malo como habia temido.

Penso en cosas malas mientras recorria las calles en busca de trabajo. Llevaba con el su laud.

Penso en las tardes, cuando era pequeno y al volver a casa encontraba borrachos a sus padres. Su padre era un mal policia, y todos lo sabian. Nadie en la familia de su madre podia soportarlo. Solo su propia madre le habia suplicado una y otra vez que tratara mejor a su mujer y a sus hijos.

Incluso cuando era un nino, Toby sabia que su padre acosaba a las mujeres faciles del Barrio Frances y obtenia favores de ellas a cambio de «hacer la vista gorda». Oyo a su padre alardear de esa clase de cosas con los otros pocos policias que se reunian con el a beber cerveza y jugar al poquer. Compartian esas historias. Cuando los otros dijeron a su padre que debia de estar muy orgulloso de un chico como Toby, su padre dijo:

– ?De quien hablais, de Cara Bonita? ?De mi nenita?

A veces, cuando estaba muy borracho, su padre se burlaba de Toby, se metia con el, pedia ver lo que tenia Toby entre las piernas. A veces Toby le llevaba una cerveza o dos de la nevera para que llegara mas deprisa el momento en que se quedaba dormido con los brazos cruzados sobre la mesa.

Toby se alegro cuando su padre fue a la carcel. Su padre siempre habia sido rudo y frio con el, y tenia una carota informe y colorada. Era mezquino y feo, y su aspecto era tambien mezquino y feo. El joven bien parecido de las fotografias antiguas se habia convertido en un borracho obeso de cara roja con papada y voz aguardentosa. Toby se alegro cuando apunalaron a su padre. No recordaba haber asistido al funeral.

La madre de Toby siempre habia sido bonita. En aquellos tiempos, habia sido tambien carinosa. Y su forma preferida de referirse a su hijo era «mi encanto».

Toby se le parecia en las facciones y en los gestos, y nunca dejo de sentirse orgulloso de eso, a pesar de todo lo que ocurrio despues. Nunca dejo de sentirse orgulloso de su estatura cada vez mayor, y ese orgullo se reflejaba en su modo de vestirse para que los turistas le dieran dinero.

Ahora, mientras caminaba por las calles de Nueva York intentando ignorar los ruidos estruendosos que lo acosaban desde todas partes, intentando escurrirse entre el gentio sin ser arrollado, pensaba una y otra vez: «Nunca hice lo bastante por ella, nunca. Nada de lo que hice fue suficiente. Nada.» Nunca nada de lo que hizo fue suficiente para nadie, excepto tal vez para su profesora de musica. Se acordo de ella ahora y deseo poder llamarla y decirle cuanto la queria. Pero sabia que no lo iba a hacer.

El largo dia monotono de Nueva York se convirtio de repente y de forma espectacular en noche. Por todas partes se encendian luces alegres. Las marquesinas de las tiendas resplandecian de brillos parpadeantes. Las parejas se encaminaban veloces a los cines o los teatros. No le fue dificil darse cuenta de que se encontraba en el barrio de los teatros, y se entretuvo mirando por los ventanales de los restaurantes. Pero no tenia hambre. La mera idea de comer le revolvia las tripas.

Cuando los teatros se vaciaron, Toby empuno su laud, dejo abierto en el suelo el estuche forrado de terciopelo verde, y empezo a tocar. Cerro los ojos y entreabrio la boca. Toco las piezas mas oscuras y complejas de Bach que conocia, y de vez en cuando atisbo, como por una rendija, los billetes que se amontonaban en el estuche, e incluso oyo, aqui y alla, los aplausos de quienes se paraban a escucharlo.

Ahora tenia mas dinero incluso.

Volvio a su habitacion y decidio que le gustaba. No le importaba ver unicamente techumbres por la ventana, y un callejon humedo abajo. Le gustaba el solido armazon de la cama y la mesita, y el enorme televisor, infinitamente superior al que habia tenido todos aquellos anos en el apartamento. En el bano habia toallas

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