– No, no puedo hacerlo. Tengo que escapar, pero no hay escapatoria. Quieren las escrituras, que todo se haga de forma legal. Tienen hombres suyos en el banco, y puede que tambien en las oficinas del registro.
Rebusco en la mochila y saco todas las escrituras, y las desplego sobre la mesa. Saco tambien las dos tarjetas comerciales que le habian dado aquellos hombres. Esos eran los papeles que Alonso aun no habia firmado: su garantia contra la muerte.
Alonso se puso en pie, entro tambaleandose en el dormitorio, que era la unica otra habitacion de aquel lugar, y se tumbo en la cama. Empezo a roncar.
Toby examino todos los papeles. Conocia la casa muy bien, la puerta trasera, las escaleras de incendios. Conocia la direccion del abogado cuyo nombre figuraba en la tarjeta, o por lo menos donde se encontraba el edificio; conocia la direccion del banco, aunque como era logico los nombres de aquellas personas no significaban nada para el.
Una vision gloriosa inundo a Toby, o mejor dicho a Vincenzo. ?O deberia llamarlo Lucky? Siempre habia poseido una imaginacion asombrosa y una gran capacidad para las imagenes visuales, y ahora vislumbro un plan y un gran salto adelante respecto de la vida que llevaba.
Pero era un salto hacia la oscuridad mas absoluta.
Fue al dormitorio. Sacudio el hombro del viejo.
– ?Mataron a Elsbeth?
– Si, la mataron -dijo el viejo con un suspiro-. Las demas chicas se escondieron debajo de las camas. Dos de ellas escaparon. Ellas vieron a esos hombres matar a Elsbeth. -Simulo una pistola con la mano e imito el ruido de las detonaciones con los labios-. Soy hombre muerto.
– ?De verdad lo crees?
– Lo se de cierto. Quiero que cuides de mi madre. Si aparecen por aqui mis hijos, no hables con ellos. Mi madre guarda todo el dinero que tengo. No hables con ellos.
– Lo hare -dijo Toby. Pero no era una respuesta a la suplica de Alonso. Era una simple confirmacion privada.
Toby fue a la otra habitacion, recogio las dos armas y salio por la puerta trasera del edificio. El callejon era estrecho, y habia cinco pisos de pared a cada lado. Las ventanas, hasta donde podia ver, estaban todas cerradas. Examino cada arma. Las probo. Las balas volaron a tal velocidad que le sobresaltaron.
Alguien abrio una ventana y le grito que dejara de hacer ruido.
Volvio a entrar en su apartamento y metio las armas en la mochila.
El viejo estaba preparando el desayuno en la cocina. Puso un plato de huevos delante de Toby. Luego tomo asiento el mismo y empezo a untar una tostada en su huevo.
– Puedo hacerlo -dijo Toby-. Puedo matarlos.
Su patron lo miro. Sus ojos estaban tan muertos como solian estarlo los de su madre. El viejo bebio medio vaso de vino y volvio a tropezones al dormitorio.
Toby se acerco a observarlo. El olor le hizo recordar a su padre y a su madre. La mirada muerta y vidriosa de su patron cuando levanto la vista hacia Toby le hizo pensar en su madre.
– Estoy a salvo aqui -dijo el viejo-. Nadie conoce esta direccion. No esta escrita en ningun lugar del restaurante.
– Bien -dijo Toby. Se sintio aliviado al oirlo, habia tenido miedo de preguntarlo.
En la madrugada, mientras oia el tictac del reloj nuevo colocado en el estante de la cocinita, Toby estudio las escrituras y las dos tarjetas comerciales, y luego se guardo las tarjetas en el bolsillo.
Desperto otra vez a Alonso e insistio en que le describiera a los hombres que habia visto, y Alonso intento hacerlo, pero finalmente Toby se dio cuenta de que estaba demasiado borracho.
Alonso bebio mas vino. Comio un mendrugo de pan seco. Pidio mas pan, mantequilla y vino, y Toby le llevo todas esas cosas.
– Quedate aqui, y no pienses en nada hasta que yo vuelva -dijo Toby.
– Solo eres un chico -dijo Alonso-. No puedes hacer nada en este asunto. Avisa a mi madre. Es todo lo que te pido. Dile que no llame a mis hijos de la Costa Oeste. Diselo…
– Quedate aqui y haz lo que te he dicho -dijo Toby, que se sentia poderosamente estimulado. Estaba haciendo planes. Tenia suenos muy especificos. Se sentia superior a todas las fuerzas reunidas en contra de el y de Alonso.
Toby estaba furioso, ademas. Lo estaba por el hecho de que alguien en el mundo creyera que el era un nino incapaz de hacer nada en este asunto. Penso en Elsbeth. Penso en Violet con su cigarrillo colgando del labio, repartiendo las cartas sobre el tapete verde de la mesa de la casa. Penso en las chicas hablando entre ellas en susurros, sentadas en el sofa. Penso en Elsbeth, una y otra vez.
Alonso lo observaba.
– Soy demasiado viejo para que me derroten de esta manera -dijo.
– Yo tambien -dijo Toby.
– Tu tienes dieciocho anos -dijo Alonso.
– No -dijo Toby. Sacudio la cabeza-. No es cierto.
El angel de la guarda de Alonso estaba a su lado, mirandolo con expresion apenada. Habia llegado al limite de lo que podia hacer. El angel de Toby estaba horrorizado.
Ninguno de los dos angeles podia hacer nada. Pero no dejaron de intentarlo. Sugirieron a Toby y a Alonso que podian huir, sacar a la madre de Brooklyn y tomar un avion a Miami. Dejar que los violentos se apoderaran de lo que deseaban.
– Tienes razon al decir que te mataran tan pronto como hayas firmado esos papeles -dijo Toby.
– No tengo ningun sitio adonde ir. ?Como puedo contarle esto a mi madre? -pregunto el viejo-. Deberia matar a mi madre, para que no sufra. Deberia matarla a ella y luego matarme yo, y asi acabar con todo.
– ?No! -dijo Toby-. Quedate aqui como te he dicho.
Toby puso un disco de Tosca y Alonso se puso a tararear al compas de la musica, y al poco roncaba otra vez.
Toby camino varias manzanas hasta un drugstore, compro un tinte negro para el pelo y unas gafas oscuras con montura negra, poco favorecedoras pero a la moda. A un vendedor callejero de la calle Cincuenta y seis Oeste le compro un maletin de aspecto lujoso, y a otro, un falso reloj Rolex.
Entro en otro drugstore y compro una serie de objetos, cosas pequenas en las que nadie se fijaria, como esas piezas de plastico que la gente se pone entre los dientes para dormir, y muchas bolsas de goma y de plastico como las que se usan para guardar los zapatos. Compro unas tijeras, un frasco de esmalte de unas transparente y una lima de esmeril para pulir las unas. Se detuvo de nuevo en un puesto callejero de la Quinta Avenida y compro varios pares de guantes ligeros de piel. Guantes bonitos. Tambien compro un fular de casimir amarillo. Hacia frio y anudarselo al cuello le proporciono una sensacion de bienestar.
Se sintio poderoso mientras caminaba por la calle, se sintio invencible.
Cuando volvio al apartamento, Alonso seguia alli sentado, nervioso, y la voz que sonaba era la de Callas cantando Carmen.
– ?Sabes? -dijo Alonso-. Me da miedo salir.
– Haces bien -dijo Toby. Empezo a limarse las unas y a igualarlas.
– ?Que estas haciendo? -le pregunto Alonso.
– Aun no estoy seguro -dijo Toby-, pero me he fijado en que si en el restaurante entran hombres con las unas arregladas, la gente se da cuenta, sobre todo las mujeres.
Alonso se encogio de hombros.
Toby salio a comprar comida y varias botellas de un vino excelente, para ayudarles a pasar otro dia.
– Puede que esten matando gente en el restaurante ahora -dijo Alonso-. Deberia haber avisado a todos de que no vayan. -Suspiro y se sostuvo la voluminosa cabeza entre las manos-. No eche el cierre al restaurante. ?Y si van alli y ametrallan a todo el mundo?
Toby se limito a asentir con un gesto.
Luego salio, se alejo un par de manzanas y llamo al restaurante. Nadie contesto. Era una senal pesima. El restaurante deberia de estar hasta los topes para el almuerzo, con gente colgada del telefono anotando las reservas para la cena.
Toby reflexiono que habia sido prudente al mantener en secreto su apartamento, al no hacer amistad con
