siglo acudia a mi mente de forma espontanea, y de nuevo senti aprension, casi miedo.

– Es el toque de queda -dijo Malaquias-. E irritara a los que estan provocando el alboroto, porque estan impacientes por llegar a un desenlace. Ahora ve.

6 El misterio de Lea

Era un tumulto grave, y atemorizador en apariencia, porque no todos los que participaban en el eran chusma ni mucho menos. Unos llevaban linternas y otros antorchas, y unos pocos cirios, y muchos llevaban ricas vestiduras de terciopelo y de piel.

Las casas a ambos lados de la calle eran de piedra, y recorde que los judios habian construido las primeras casas de piedra de Inglaterra, por buenas razones.

Mientras me acercaba, oia la voz intima de Malaquias.

– Los canonigos vestidos de blanco pertenecen al priorato de la catedral -dijo, mientras yo echaba una mirada a los tres hombres bien abrigados que estaban mas cerca de la puerta de la casa-. Los dominicos se han reunido alli en torno a lady Margaret, que es sobrina del sheriff y prima del arzobispo. Junto a ella esta su hija Nell, una nina de trece anos. Son ellas quienes han acusado a Meir y Fluria de envenenar a su hija y enterrarla en secreto. Recuerdalo, Meir y Fluria estan a tu cargo, y tu has venido aqui para ayudarles.

Habia mil preguntas que queria hacer. Solo contaba con el dato de que una nina tal vez habia sido asesinada. Y de una forma muy vaga estableci la relacion obvia: aquellas personas eran acusadas del mismo crimen que yo habia cometido de forma habitual.

Me abri paso en medio de la multitud, y Malaquias se esfumo y yo lo supe. Ahora era mi turno.

Era lady Margaret quien llamaba a la puerta cuando me acerque. Iba maravillosamente ataviada, con un vestido cenido de mangas amplias, orlado de piel, y encima un manto amplio forrado de piel y con capucha. Su rostro estaba humedo de lagrimas, y su voz rota.

– ?Salid y responded! -decia. Parecia enteramente sincera y presa de angustia-. Meir y Fluria, os lo pido. Ensenadnos a Lea ahora mismo o explicadnos por que no esta aqui. No toleraremos mas vuestras mentiras, lo juro.

Se dio la vuelta de modo que su voz fuera oida por toda la multitud.

– No nos conteis mas historias fantasticas de que la nina ha sido llevada a Paris.

La muchedumbre emitio un gran rugido de aprobacion.

Yo fui a saludar a los otros dominicos, que se acercaron al verme, y les dije entre dientes que era el hermano Tobias, un peregrino que habia recorrido muchas tierras.

– Bueno, pues llegas en el momento justo -dijo el mas alto y autoritario de los frailes-. Soy fray Antonio, el superior de este lugar como sin duda sabes si vienes de Paris, y estos judios han envenenado a su propia hija por haberse atrevido a entrar en la catedral la noche de Navidad.

Aunque se esforzo en hablar en voz baja, arranco de inmediato un sollozo de lady Margaret y de su hija Nell. Y muchos gritos y voces de apoyo de los que nos rodeaban.

La joven Nell estaba vestida de forma tan exquisita como su madre, pero parecia mucho mas angustiada; sacudia la cabeza y sollozaba.

– Todo ha sido por mi culpa, por mi culpa. Yo la lleve a la iglesia.

De pronto, los canonigos de habitos blancos del priorato empezaron a discutir con el fraile que habia hablado conmigo.

– Ese es fray Jeronimo -susurro Malaquias-, y como veras es quien dirige la oposicion a esta campana para hacer martir y santa a una judia.

Me senti mas tranquilo al oirlo, pero ?como pedirle mas informacion?

Note que me empujaba adelante y de pronto me encontre con la espalda apoyada en la puerta de la gran casa de piedra en la que obviamente vivian Meir y Fluria.

– Perdonadme, soy un extrano aqui -dije, y mi propia voz sono enteramente natural a mis oidos-, pero ?por que estais tan seguros de que ha habido un crimen?

– Porque no aparece por ninguna parte, por eso lo sabemos -dijo lady Margaret. Era sin la menor duda una de las mujeres mas atractivas que yo habia visto en mi vida, a pesar de sus ojos enrojecidos y humedos-. Nos llevamos con nosotras a Lea porque queria ver al Nino Jesus -me dijo en tono amargo, con los labios temblorosos-. Nunca imaginamos que sus propios padres la envenenarian y velarian sobre su lecho de muerte con sus corazones de piedra. Hazles salir. Haz que respondan.

Toda la multitud empezo a gritar al oir esas palabras, y el clerigo vestido de blanco, fray Jeronimo, pidio silencio.

Me miro cenudo.

– Ya tenemos suficientes dominicos en esta ciudad -dijo-. Y tambien a un martir perfecto en nuestra catedral, el pequeno san Guillermo. Los malvados judios que lo asesinaron murieron hace mucho tiempo, y no quedaron sin castigo. Tus hermanos dominicos quieren ahora su propio santo, porque el nuestro no es lo bastante bueno para ellos.

– Es a la pequena santa Lea a quien queremos celebrar ahora -dijo lady Margaret con su voz ronca y tragica-. Y Nell y yo hemos sido la causa de su desgracia. -Contuvo el aliento-. Todos sabemos la historia del pequeno Hugo de Lincoln, y los horrores…

– Lady Margaret, esta no es la ciudad de Lincoln -insistio fray Jeronimo-. Y no tenemos pruebas como las que se encontraron en Lincoln para pensar que ha habido un asesinato. -Se volvio hacia mi-. Si habeis venido a rezar ante las reliquias del pequeno san Guillermo, sois bienvenido -dijo-. Veo que sois un fraile instruido, y no un mendicante comun. -Dirigio una mirada sombria a los otros dominicos-. Y os puedo decir ahora mismo que el pequeno san Guillermo es un verdadero santo, famoso en toda Inglaterra, mientras que esta gente ni siquiera tiene constancia de que la hija de Fluria, Lea, haya sido bautizada.

– Sufrio el bautismo de sangre -insistio el dominico fray Antonio. Hablaba con la confianza de un predicador-. ?No nos dice el martirio del pequeno Hugo lo que son capaces de hacer los judios, si se les permite hacerlo? Esta muchacha murio por su fe, murio por haber entrado en la iglesia en la Nochebuena. Y este hombre y esta mujer han de responder, no solo del crimen innatural de matar a su propia carne y sangre, sino de la muerte de una cristiana, porque eso es lo que era Lea.

La multitud lanzo un gran rugido de aprobacion, pero comprobe que muchos de los presentes no creian que fuera cierto lo que habia dicho.

?Como y que se suponia que debia hacer yo? Me volvi, llame a la puerta y dije en voz suave:

– Meir y Fluria, estoy aqui para defenderos. Por favor, contestad.

Ni siquiera sabia si podian oirme.

Mientras, media ciudad parecia haberse sumado a la multitud, y de pronto empezo a sonar en una torre el toque de alarma de una campana. Mas y mas gente se apinaba en la calle de las casas de piedra.

De pronto la multitud fue apartada a empujones por soldados que llegaban. Vi a un hombre a caballo, bien vestido, con la cabellera blanca flotando al viento y una espada colgando de la cadera. Detuvo su montura a pocos metros de la puerta de la casa, y alli se reunieron a su espalda por lo menos cinco o seis jinetes.

Algunas personas se marcharon al instante. Otras empezaron a gritar: «Arrestadlos. Arrestad a los judios. Arrestadlos.» Otros volvieron a acercarse cuando el hombre desmonto y se acerco a quienes estabamos junto a la puerta; sus ojos pasaron sobre mi rostro sin que su expresion cambiara lo mas minimo.

Lady Margaret hablo antes de que el hombre pudiera hacerlo.

– Senor sheriff, sabeis que los judios son culpables -dijo-. Sabeis que les han visto en el bosque llevando un fardo pesado, y sin duda han enterrado a esa nina debajo del gran roble.

El sheriff, un hombre alto y fornido con una barba tan blanca como sus cabellos, miro a su alrededor disgustado.

– Que pare ya esa campana de alarma -grito a uno de sus hombres.

Me dirigio otra mirada, pero yo no me aparte de su paso.

Se volvio para dirigirse a la multitud.

– Os recuerdo, buenas gentes, que estos judios son propiedad de Su Majestad el rey Enrique, y que si causais

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