Fluria.

– Dame permiso para hablar con tu mujer, si eso es lo que quieres que haga -dije-. Escribe aqui mismo una nota para que el sheriff me permita ver a tu esposa a solas. Me admitiran en el castillo. Ese hombre ya se ha formado una opinion favorable de mi.

– ?Guardareis el secreto, sea lo que sea lo que ella os cuente, lo que os pregunte, lo que os revele?

– Si, como si fuera un sacerdote, aunque no lo soy. Meir, confia en mi. Estoy aqui por ti y por Fluria, y por ninguna otra razon.

Sonrio con una inmensa tristeza.

– Rece porque viniera un angel del Senor -dijo-. Yo escribo poemas, rezo. Imploro al Senor que derrote a mis enemigos. Soy un sonador y un poeta.

– Un poeta -dije pensativo, y le sonrei. Era tan elegante como su esposa, alli sentado en la silla, esbelto e idealista de una manera que yo encontraba conmovedora. Y ahora se habia adjudicado a si mismo aquella hermosa palabra, y se sentia avergonzado.

Y alla fuera, habia gente que tramaba su muerte. Estaba seguro de eso.

– Eres un poeta y un hombre piadoso -dije-. Rezaste con fe, ?no es cierto?

El asintio. Dirigio una mirada a sus libros.

– Y he jurado sobre mi libro santo.

– Y has dicho la verdad -dije. Pero me di cuenta de que seguir hablando con el no me conduciria a ninguna parte.

– Si, lo hice, y ahora el sheriff lo sabe.

Estaba a punto de desmoronarse bajo la presion.

– Meir, no tenemos tiempo en realidad de divagar sobre estas cosas -dije-. Escribe la nota ahora, Meir. Yo no soy un poeta ni un sonador. Pero puedo intentar ser un angel del Senor. Hazlo.

8 Los infortunios de un pueblo

Sabia lo suficiente sobre ese periodo de la historia para darme cuenta de que en general la gente no salia a pasear en plena noche, y menos aun en medio de una tormenta de nieve, pero Meir habia escrito para mi una carta elocuente y urgente en la que explicaba al sheriff y tambien al capitan de la guardia, al que Meir conocia por su nombre, de que yo debia ver a Fluria sin demora. Tambien habia escrito una carta a Fluria, que yo lei, urgiendola a hablar conmigo y a confiar en mi.

Me encontre con que habia de trepar una cuesta empinada para llegar al castillo, y, con gran decepcion por mi parte, Malaquias solo me dijo que estaba desempenando mi mision de una forma magnifica. No hubo mas informaciones ni consejos.

Y cuando finalmente fui admitido en los aposentos de Fluria en el castillo, estaba helado, empapado y exhausto.

Pero el entorno hizo que me recuperara de inmediato. En primer lugar la habitacion misma, en lo alto de la torre mas fuerte del castillo, era digna de un palacio, y aunque Fluria posiblemente no prestaba atencion a las imagenes de los tapices, estos cubrian por entero los muros de piedra, y tambien los suelos estaban revestidos de alfombras bellamente tejidas.

Habia varios altos candelabros de hierro forjado en cada uno de los cuales ardian cinco o seis velas, y la habitacion aparecia suavemente iluminada por ellas asi como por el fuego que crepitaba en el hogar.

Era obvio que a Fluria se le habia asignado unicamente aquella habitacion, de modo que nos encontramos a la sombra de su enorme lecho provisto de pesadas colchas.

Frente al lecho estaba el hogar redondo de piedra, y el humo se evacuaba a traves de un simple agujero abierto en el techo.

Colgaban sobre la cama cortinajes de color escarlata, y habia tambien sillas de madera tallada en las que tomar asiento, un lujo poco habitual, y un escritorio que podiamos colocar entre los dos para una charla mas intima.

Fluria se sento a la mesa y me indico con un gesto que hiciera lo mismo en la silla del lado opuesto.

La habitacion estaba caldeada, quiza demasiado caldeada, y yo puse mis zapatos a secar junto al fuego con permiso de la dama. Me ofrecio vino especiado, como lo habia hecho antes con el sheriff, pero sinceramente yo no sabia si me estaba permitido beber vino en caso de que deseara hacerlo, y lo cierto es que tampoco lo deseaba.

Fluria leyo la carta escrita por Meir en hebreo, en la que le pedia que me hablara y confiara en mi. Plego rapidamente el rigido pergamino y guardo la carta en un libro de lomo de piel que habia sobre la mesa, mucho mas pequeno que los volumenes que yo habia visto en su casa.

Llevaba la misma cofia de antes, que cubria por completo su cabeza, pero se habia quitado el velo y el brial de seda cenido, y llevaba una tunica gruesa de lana con una hermosa esclavina forrada de piel sobre los hombros y la capucha echada hacia atras. Un sencillo velo blanco con un adorno circular dorado le cubria los hombros y la espalda.

De nuevo tuve la impresion de que me recordaba a alguien que habia conocido en mi vida natural, pero tampoco ahora me dio tiempo a precisar aquel barrunto.

Guardo la carta.

– Lo que yo os diga, ?sera enteramente confidencial, como me ha escrito mi marido?

– Si, absolutamente. No soy sacerdote, solo un hermano. Pero respetare la confidencia como cualquier sacerdote guarda un secreto de confesion. Creeme que he venido aqui con el unico proposito de ayudarte. Piensa en mi como la respuesta a una plegaria.

– Asi os ha descrito el -dijo ella, pensativa-. Y por eso estoy encantada de recibiros. Pero ?sabeis lo que ha sufrido mi pueblo en Inglaterra en los ultimos tiempos?

– Vengo de muy lejos, pero algo se -respondi.

Era evidente que hablar le resultaba mucho mas facil a ella que a Meir. Reflexiono, y siguio diciendo:

– Cuando yo tenia ocho anos, todos los judios de Londres fueron llevados a la Torre como medida de proteccion, debido a los alborotos que se produjeron por la boda del rey con la reina Eleanor de Provenza. Yo me encontraba en Paris, pero tuve noticia de ello, y tambien en nuestra ciudad hubo problemas.

»Cuando tenia diez anos, un sabado, cuando todos los judios de Londres estaban dedicados a sus rezos, requisaron todos los ejemplares de nuestro libro sagrado, el Talmud, y los quemaron en publico. Por supuesto no se llevaron todos nuestros libros. Se apoderaron solo de los que vieron.

Sacudi la cabeza, consternado.

– Cuando tenia catorce anos y viviamos en Oxford mi padre, Eli, y yo, los estudiantes organizaron un tumulto y saquearon nuestras casas para recuperar el dinero que nos debian por sus libros. De no haber sido por alguien… -Se detuvo, y luego prosiguio-: De no ser porque alguien nos aviso, mas personas habrian perdido sus libros sagrados, y sin embargo los estudiantes de Oxford siguen pidiendonos prestamos incluso ahora, y alquilan habitaciones en casas que son de nuestra propiedad.

Hice un gesto para indicar mi conmiseracion, y la deje continuar.

– Cuando yo tenia veintiun anos -dijo-, a los judios de Inglaterra se les prohibio comer carne durante la cuaresma, o en los dias en que los cristianos no la comian. -Suspiro-. Las leyes y las persecuciones son demasiado numerosas para que os hable de todas ellas. Y en Lincoln, hace tan solo dos anos, ocurrio lo mas espantoso de todo.

– Te refieres al pequeno san Hugo. Oi hablar de el a la gente del tumulto de esta noche. Algo se del asunto.

– Supongo que sabeis que todas las acusaciones contra nosotros eran absolutas mentiras. ?Podeis imaginar que secuestramos a ese nino cristiano, lo coronamos de espinas, le atravesamos las manos y los pies y nos burlamos de el como si fuera Cristo? ?Os lo imaginais? ?Y que vinieron judios de toda Inglaterra para participar en ese ritual malvado? Y sin embargo, eso es lo que se dice que hicimos. De no haber sido torturado un desdichado miembro de nuestro pueblo y forzado a dar los nombres de otros, la locura no habria llegado tan lejos. El rey se presento en Lincoln y condeno al pobre desdichado Copin, que habia confesado esas cosas indecibles, y lo

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