– La Tora -susurro. Miraba desolado al sheriff.
– Pon la mano en el y jurame que sois inocentes de toda culpa en este asunto.
Parecio que el hombre iba a perder el conocimiento. En sus ojos vi una luz remota, como si sonara y su sueno fuera una pesadilla. Pero no perdio el conocimiento, por supuesto.
Yo deseaba desesperadamente intervenir, pero ?que podia hacer? «Malaquias, ayudalo.»
Por fin, sosteniendo el pesado libro en su mano izquierda, Meir puso la derecha sobre la cubierta y, en voz baja y temblorosa, dijo:
– Juro que nunca en mi vida he hecho dano a ningun ser humano, y nunca lo haria a la hija de Fluria, Lea. Juro que no la he perjudicado en ningun aspecto, de ninguna manera, y que siempre la he tratado con el amor y la ternura que cabe esperar de un padrastro, y que ella esta…, se ha ido de aqui.
Miro al sheriff.
Ahora el sheriff sabia que la nina habia muerto.
Pero el sheriff hizo solo una pequena pausa, y luego asintio.
– Vamos, Fluria -dijo el sheriff. Se volvio a Meir-. Cuidare de tu seguridad y de que tengas toda clase de comodidades. Hare que los soldados lo comenten por la ciudad. Yo mismo hablare con los dominicos. ?Hacedlo vos tambien! -Me miro a mi. Luego se dirigio de nuevo a Meir-. Consigue el dinero tan pronto como te sea posible. Condona las deudas en la medida de vuestras posibilidades. Sera un duro esfuerzo para toda la comunidad, pero no ruinoso.
Las sirvientas y la mujer bajaron la escalera, y el sheriff las siguio. Abajo, oi que alguien atrancaba la puerta detras del grupo.
Ahora el hombre me miraba en silencio.
– ?Por que quereis ayudarme? -pregunto. Parecia tan abatido y desanimado como un mortal puede estarlo.
– Porque has rezado pidiendo ayuda -respondi-, y si puedo ser la respuesta a esa peticion, lo hare.
– ?Os burlais de mi, hermano? -pregunto.
– Nunca -dije-. Pero la muchacha, Lea, esta muerta, ?no es asi?
Se limito a mirarme largo rato sin decir nada. Luego tomo asiento en la silla que estaba detras del escritorio.
Yo me sente en la silla oscura de respaldo alto situada delante de el. Quedamos los dos frente a frente.
– Ignoro de donde venis -dijo Meir entre dientes-. No se por que confio en vos. Sabeis tan bien como yo que son vuestros companeros los frailes dominicos los que atizan la persecucion contra nosotros.
»Hacer campana para un nuevo santo, esa es su mision. Como si Norwich no tuviera bastante para siempre con la obsesion del pequeno san Guillermo.
– Conozco la historia del pequeno san Guillermo -dije-. La he oido a menudo. Un nino crucificado por la Pascua judia. Un monton de mentiras. Y unas reliquias para atraer peregrinos a Norwich.
– No digais esas cosas fuera de esta casa -dijo Meir-. Os despedazarian miembro a miembro.
– No estoy aqui para discutir con ellos sobre ese tema. Estoy aqui para ayudarte a resolver el problema con el que te enfrentas. Dime lo que ha ocurrido, y por que razon no habeis huido.
– ?Huido? -exclamo-. Si huyeramos seriamos culpables, condenados y perseguidos, y esta locura se tragaria no solo Norwich sino cualquier juderia en la que buscaramos refugio. Creedme, en este pais un motin en Oxford puede prender la chispa de otro motin en Londres.
– Si, me consta que tienes razon. ?Que ha ocurrido?
Sus ojos se llenaron de lagrimas.
– Murio -dijo en un susurro-. De la pasion iliaca. Al final el dolor desaparecio, como sucede con frecuencia. Estaba serena. Pero solo estaba fria al tacto porque la habiamos cubierto de panos frios. Y cuando recibio a sus amigas lady Margaret y Nell, la bajada de la fiebre era solo aparente. Al dia siguiente de madrugada murio en los brazos de Fluria, y Fluria… pero no puedo contaroslo todo.
– ?Esta enterrada bajo el gran roble?
– Claro que no -dijo, despectivo-, y esos borrachos nunca nos vieron sacarla de aqui. Nadie nos vio. Yo la lleve en brazos, apretada contra mi pecho, con la ternura con que se lleva a una novia. Y caminamos durante horas por el bosque hasta llegar a la ribera de un arroyo, y alli la restituimos a la tierra en una tumba poco profunda, envuelta tan solo en una sabana, y rezamos juntos mientras colocabamos unas piedras sobre la tumba. Es todo lo que pudimos hacer por ella.
– ?Hay alguien en Paris que pueda escribir una carta que sea creida aqui? -pregunte.
Alzo la vista como si despertara de un sueno y parecio maravillarse de mi disposicion a colaborar en un engano.
– Sin duda habra alli una comunidad judia…
– Oh, por supuesto -dijo-. Vinimos aqui de Paris, los tres, hace poco, porque yo herede esta casa y otros bienes que me dejo mi tio al morir. Si, hay una comunidad en Paris, y hay un dominico en esa ciudad que muy bien podria ayudarnos, y no tendria escrupulos en escribir una carta simulando que la nina esta viva. Lo haria porque es amigo nuestro, y se pondria de nuestro lado en este asunto, y nos creeria, y abogaria por nosotros.
– Eso podria ser todo lo que necesitaramos. Ese dominico ?es hombre de estudios?
– Brillante, y discipulo de los mayores maestros de alli. Doctor en leyes ademas de estudiante de teologia. Y muy agradecido a nosotros por un favor muy poco corriente. -Se detuvo un instante-. Pero ?y si me equivoco? ?Y si me equivoco por completo y se vuelve contra nosotros? Tambien tiene motivos para eso, el cielo lo sabe.
– ?Puedes explicarmelo?
– No, no puedo.
– ?Como podras decidir si va a ayudarte o va a volverse en tu contra?
– Fluria lo sabra. Fluria sabra a la perfeccion que hemos de hacer, y solo Fluria podra explicaroslo. Si Fluria dice que es conveniente que yo escriba a ese hombre…
De nuevo hizo una pausa. No confiaba en ninguna de sus propias decisiones. Ni siquiera se les podia llamar decisiones.
– Pero yo no puedo escribirle. Me vuelvo loco solo de pensarlo. ?Y si se presenta aqui y nos senala con el dedo?
– ?Que clase de hombre es? -pregunte-. ?Como esta relacionado contigo y con Fluria?
– Oh, esa es precisamente la cuestion -dijo.
– ?Y si voy yo a verle, si hablo con el en persona? ?Cuanto se tarda en llegar a Paris? ?Crees que podras condonar suficientes deudas y reunir suficiente oro, todo con mi promesa de que volvere con cantidades mayores? Hablame de ese hombre. ?Por que piensas que podria ayudaros?
Se mordio el labio con tanta fuerza que pense que se haria sangre. Se reclino en su silla.
– Pero no tengo aqui a Fluria -murmuro-. Yo no puedo convencerle de que haga esto, aunque el podria muy bien salvarnos a todos. Si es que alguien puede hacerlo.
– ?Hablas de la familia paterna de la nina? -pregunte-. ?De un abuelo? ?Piensas en el para que te proporcione los marcos de oro? He oido que hablabas de ti mismo como un padrastro.
Hizo un gesto como para apartar las preguntas.
– Tengo un monton de amigos. El dinero no es problema. Puedo conseguir esa cantidad. Puedo conseguirla en Londres, si es el caso. Mencione Paris solo para darnos un poco mas de tiempo, y porque hemos dicho que Lea se ha ido alli, y que una carta de Paris lo probaria. Mentiras. ?Mentiras! -Inclino la cabeza-. Pero ese hombre…
De nuevo se detuvo.
– Meir, ese doctor en leyes puede ser un factor decisivo. Tienes que confiar en mi. Si ese poderoso dominico viene aqui, podra controlar a esta pequena comunidad y detener esa busqueda loca de un nuevo santo, porque ese es el objetivo que esta atizando el fuego, y sin duda un hombre de su educacion y su talento lo comprendera. Norwich no es Paris.
Su rostro estaba triste hasta un extremo indescriptible. No podia hablar. Era evidente que se sentia destrozado.
– Oh, nunca he sido mas que un estudiante -dijo con un suspiro-. No tengo astucia. No se lo que ese hombre hara o dejara de hacer. Puedo reunir mil marcos, pero ese hombre… Si por lo menos no se hubieran llevado a
