Tia Yvette le dedico a Bernard una mirada de soslayo. Era el tipo de gesto que una esposa le dirigiria a su marido despues de que la pasion se hubiera enfriado, pero quedara entre ellos el amor y el carino.
– ?De que estas hablando, Bernard? -le pregunto, echandose a reir.
Bernard sonrio mientras servia con un cucharon el estofado en un cuenco.
– Ambas son hermosas y elegantes.
Yo podria haber dicho lo mismo sobre tia Yvette y el propio Bernard.
Gracias a la calida compania de mi familia comence a recuperarme, y cuando llego la primavera senti que estaba lo bastante bien como para dedicar mis dias a pasear por los campos. Contemplaba a los gazapos saltando desde sus madrigueras y a los cabritos dando sus primeros pasos. Mis musculos recuperaron la fuerza y en mi rostro reaparecio el color. Pero mi recuperacion practicamente se fue al traste un dia que un coche extrano se acerco acelerando por el camino.
Vi desde la ventana de la casa que un hombre de espalda encorvada se apeaba del automovil, sosteniendo algo bajo su chaqueta. Bernard lo saludo de lejos y se aproximo hacia el muro de piedra, asumiendo que el hombre era un desconocido que se habia perdido o un agricultor que pretendia comprar terreno en la zona. Pero, tras un breve intercambio de palabras, Bernard bajo tanto la voz que esta paso a ser un mero grunido.
El hombre se retiro, pero cuando lo hizo, me vio en la ventana. Saco el objeto que llevaba bajo la chaqueta. Era una camara. Me aparte de la ventana justo antes de que me tomara una fotografia. El hombre grito:
– ?La prensa de Marsella quiere saber si mademoiselle Fleurier le enviara un telegrama de felicitacion a Andre Blanchard ahora que la princesa de Letellier esta esperando un hijo!
Bernard cogio una piedra y apunto hacia el reportero, que se retiro a su coche. No estaba en la naturaleza de Bernard mostrarse violento, pero queria protegerme. Su amenaza resulto convincente, porque el reportero echo la chaqueta y la camara en el interior del coche, piso el acelerador y pronto no fue mas que un punto en la polvorienta carretera.
Tras la visita del reportero, me reclui en el interior de la casa de nuevo, aunque el clima cada vez era mas calido. El primer hijo de Andre. No me habia permitido el lujo de siquiera llegar a imaginarlo.
– He malgastado anos de amor -le dije a mi madre un dia que trataba de convencerme de que saliera al sol-. Estaba destinada a perder a Andre.
– Nada se malgasta, Simone -me respondio-. El amor que damos a los demas nunca muere. Solo cambia de forma. Nunca temas dar amor a los que te rodean.
Muy poco despues, recibi un telegrama de monsieur Etienne informandome de que habia recibido una invitacion para cantar en la Exposicion Universal de Paris.
– Es un honor -reconocio Bernard, leyendoles el telegrama a mi madre y a mi tia-. Simone representara a toda Francia.
Era el mayor honor que podia conferirsele a cualquier artista frances y aquello demostraba lo mucho que habia logrado. Pero yo era la cantante mas famosa del pais gracias a Andre.
– ?Que sucede? -me pregunto mi madre.
Baje la mirada.
– No puedo enfrentarme a Paris -respondi.
No me hizo falta mirarla para sentir su consternacion.
Aquella era noche de luna llena y el aire tenia el deje calido del principio del verano. Deje los postigos de las ventanas abiertos y permiti que la luz de la luna me iluminara la piel. Respire los olores de mi ninez: lavanda y pino; cipres y cedro. De repente, de entre las sombras, surgio mi madre ataviada con un vestido escarlata. Llevaba en la mano una cesta llena de huevos. Trate de sentarme, pero me pesaban tanto las piernas y los brazos que no pude moverme. Mi madre cogio los huevos y, uno por uno, fue haciendo rodar sus frias cascaras sobre mi, canturreando en voz baja. Movio los huevos sobre mi frente, a lo largo de los brazos y por el pecho. Senti como si algo saliera de mi interior, como si se estuviera absorbiendo la oscuridad que me oprimia el corazon. Me froto las plantas de los pies, me dio la vuelta y me acaricio la espalda. Me senti flotar, animada por una sensacion de ligereza y alegria que me habia abandonado desde que deje a Andre. Me di la vuelta y me hundi en la cama tan suavemente como una pluma meciendose en el aire. Note el colchon contra la espalda y pude mover de nuevo las extremidades. Alcance a ver a mi madre desapareciendo en las sombras y me sumi en un pacifico sueno.
A la manana siguiente, cuando me desperte y vi el sol brillando sobre mi cama, comprendi que tenia que encontrar las fuerzas para regresar a Paris y reconstruir mi vida.
El dia despues de mi actuacion en la Exposicion Universal, monsieur Etienne, Minot y yo cenamos en uno de los cafes al aire libre en la zona de la exposicion mientras degustabamos la comida de las diferentes provincias y escuchabamos una mezcolanza de acentos que zumbaban a nuestro alrededor. Los turistas habian regresado a Paris y las sonrisas iluminaban una vez mas el rostro de los duenos de hoteles y restaurantes, tras anos desde la Gran Depresion. Despues, paseamos por los pabellones de Estados Unidos y Espana, y visitamos el jardin formal de fuentes que expulsaban chorros de agua con forma de arbol, seto o flor.
– Miren eso -les dije, senalando los surtidores del centro del Sena que expedian agua como geiseres. Unas luces doradas brillaban en la superficie del rio.
– Han utilizado una fina capa de aceite espolvoreado con motas doradas para conseguir ese efecto -nos explico Minot-. Cuando los focos iluminan el rio, el agua brilla como si fuera de oropel. -Es muy bonito -comente yo-. Y muy tipico de Paris. -?Entonces esta usted contenta de estar de vuelta? -me pregunto monsieur Etienne, haciendonos un gesto para que nos sentaramos en un banco.
Se metio la mano en la chaqueta y saco un periodico. Me lo entrego, senalando un articulo de
Simone Fleurier, despues de haberse ausentado de Paris durante casi un ano, anoche llevo a cabo una actuacion triunfal en la Exposicion Universal. Ella es, y siempre lo sera, nuestra estrella mas rutilante; la luz mas brillante de la Ciudad de las Luces. Bienvenida a casa, mademoiselle Fleurier. Nos alegra que haya vuelto, para levantarnos el animo con su voz vibrante y emocionarnos con su baile.
– ?Vaya declaracion de amor! -exclame-. Asi que Paris finalmente me ha echado de menos.
– Todos la hemos echado de menos -aseguro Minot. -Esta usted mas triste -me dijo monsieur Etienne, apretandome la mano-, pero eso no afecta a su actuacion. En todo caso, nunca la habia oido a usted cantar con tanto sentimiento como anoche.
Percibi la compasion de sus palabras y agradeci que hubiera abordado el tema de Andre con tanta discrecion. Caminamos hacia el Pont d'Iena y la Torre Eiffel.
– Miren eso -nos dijo Minot.
Cerniendose sobre nosotros estaba el pabellon aleman, iluminado por reflectores. A la entrada, una enorme torre surgia entre el resto de pabellones. Sobre ella, habia una enorme aguila dorada que sostenia una esvastica entre sus garras.
Monsieur Etienne chasqueo la lengua.
– Se ve desde cualquier punto de la ciudad. Creo que es de muy mal gusto, teniendo en cuenta lo que ha sucedido en Espana.
Pense en el cuadro de Picasso que habiamos visto en el pabellon espanol. Se llamaba
