– Mi padre lucho contra los alemanes en la Gran Guerra -le conte-. Mi familia no tolerara el colaboracionismo.

Al oir aquello, Roger cambio de planes. Sugirio que madame Goux regresara a Paris lo antes posible, mientras que el y yo iriamos a ver la finca.

– ?Ejem! -tosio el Juez, senalandose el reloj.

Les di un beso de despedida a Raton, al Juez y a Eduard con tanto carino como si fueran mis propios hermanos.

– Espero que volvamos a encontrarnos en tiempos mejores -les dije.

Capitulo 30

A la manana siguiente, madame Goux, Roger, los animales y yo cogimos el tren expreso de las ocho hacia el norte. Roger y yo nos quedariamos en Avinon, mientras que madame Goux seguiria su camino hacia Paris con mi equipaje.

Despues de que Kira llegara a la finca con la madre de Minot, Bernard me habia escrito para decirme que mi madre y mi tia estaban emocionadas con su nueva companera felina, pues Bonbon acababa de fallecer unos meses antes. ?Que sorpresa se llevarian cuando vieran que iban a tener cuatro animales mas! Y aun asi, alojar animales era menos peligroso que lo que Roger y yo estabamos a punto de pedirles. La guerra estaba disminuyendo mi sensibilidad al miedo. Los nervios antes de subir al escenario que habia padecido durante anos ahora parecian ridiculos frente a la presencia de animo necesaria para trabajar con la Resistencia. Me sentia preparada para llegar a donde fuera con el objetivo de liberar a Francia, pero ?podia pedirle a mi familia que tambien corriera el mismo tipo de riesgos?

Debido a la reduccion de servicios ferroviarios entre el norte y el sur, y puesto que no habiamos reservado con antelacion, tuvimos que conformarnos con subir a un atestado vagon de tercera clase. La peste a cebolla de los cuerpos sudorosos que nos rodeaban, los ninos gritando por los pasillos y el equipaje amontonado a nuestros pies limitaba la conversacion entre nosotros. Los perros y Cherie tuvieron que viajar en el vagon del equipaje, aunque el revisor fue muy amable y prometio asegurarse de que tuvieran suficiente agua.

Cuando el tren freno hasta detenerse en Avinon, nos despedimos de madame Goux y nos abrimos paso hasta la puerta de salida. Ya no existia el servicio ferroviario a Carpentras, asi que Roger, los animales y yo tuvimos que tomar el autobus. El rubicundo conductor dejo escapar un grunido cuando vio la cantidad de animales que llevaba conmigo.

– Transportar ganado va en contra de la normativa de la Compagnie Provencale des Transports Automobiles -me espeto.

– Seguramente no esta usted hablando de «ganado» refiriendose a mis animales de pedigri, ?verdad? -proteste-. Son parte de mi numero artistico.

– ?Pffff! -resoplo, encogiendose de hombros-. Me da lo mismo, como si mantiene usted relaciones sexuales con ellos. Va en contra de la normativa, excepto que quiera que los coloque en la baca con el resto del equipaje.

Me di cuenta de que no iba a poder embaucar a aquel sureno de aliento a ajo flirteando como lo habia hecho con el oficial aleman. ?Acaso seria capaz de hacerlo cualquier otra mujer? Terna los ojos inyectados en sangre y suciedad acumulada en los pliegues de la frente. Decidi que la solucion era pagarle mas dinero. Aquella fue una oferta que acepto asperamente, cobrandome un billete de adulto por Bruno y billetes infantiles por Princesse y Charlot y una tarifa extra por Cherie, por «sobrepeso».

– Espero que eso signifique que los perros tienen derecho a un asiento cada uno -le dijo Roger, medio en broma-. No puede usted cobrar esos precios y esperar que vayan a ocupar el pasillo.

Llegamos a Carpentras antes del mediodia y tomamos el almuerzo en un cafe que apestaba a aceite y queso. Sin la brisa marina que lo aliviara, el calor resultaba insoportable. El cabello me caia alrededor de la cara en mechones lacios, y cuando me pase un panuelo por las mejillas vi que el maquillaje se me estaba deshaciendo formando una pasta aceitosa. Hubiera deseado que pudieramos llegar a Pays de Sault sin llamar demasiado la atencion, pero desgraciadamente la mujer tras la barra me reconocio y aviso a gritos al personal de cocina de que Simone Fleurier estaba almorzando en su establecimiento. Roger y yo tuvimos que comernos nuestros sandwiches de tomate y jamon bajo la mirada curiosa de la mujer, el cocinero, el pinche de cocina y la camarera. Cuando terminamos, la mujer me pidio que le autografiara el menu del restaurante.

– Y usted -comento, volviendose hacia Roger-, ?quien es usted? ?Tambien es actor de cine?

Roger nego con la cabeza.

– No, solo soy uno de los agentes de mademoiselle Fleurier.

Tuve que contenerme con todas mis fuerzas para no reirme por el doble sentido de su afirmacion. Cuando ibamos por la calle de camino a coger el autobus, le susurre a Roger:

– Tendria que haberle dicho que habiamos venido a Carpentras a rodar una pelicula sobre el pueblo.

– Conozco los pueblos pequenos, mademoiselle Fleurier -repuso Roger, acercandome la boca a la oreja, cosa que me produjo un cosquilleo por todo el cuerpo-. Si le hubiera dicho tal cosa, no nos habrian dejado en paz ni un minuto. Todo el mundo, desde el alcalde hasta el sepulturero, se habrian matado por conseguir un papel.

El autobus que se dirigia a Sault aquella tarde era un vehiculo aun mas pequeno que el que habiamos tomado para llegar a Carpentras, pero el conductor fue mas amable y no puso objeciones a que llevara los animales. Los saludo a cada uno de ellos a medida que se subian al vehiculo. Como el unico pasajero aparte de nosotros era un anciano con su acordeon, el conductor nos dijo que nos dejaria cerca de la finca en lugar de llevarnos hasta Sault.

– ?Asi que nacio usted aqui? -me pregunto Roger en un susurro, cuando el conductor arranco el motor-. ?Entre esta gente?

– Parece que le cuesta a usted creerlo -comente.

– Un poco. -Amago una sonrisa-. La veia a usted como la mas sofisticada de las parisinas. Pero ahora veo de donde saca su resolucion y fuerza.

Me apoye en el respaldo de mi asiento y estudie a Roger. ?Era posible que, mientras que yo estaba tan cautivada por el, el se sintiera tan poco impresionado por mi?

El conductor nos dejo aproximadamente a medio kilometro de la finca. Roger y yo llevabamos una maleta pequena cada uno. El cogio ambas y yo cargue con la jaula de Cherie. Los perros caminaban por su cuenta. El sol aun estaba alto en el cielo, pero por suerte los arboles proporcionaban sombra a la carretera.

– ?Alguna vez ha vivido usted en Argelia? -le pregunte.

– Nunca he estado alli-me respondio Roger-. Pero los hombres del Deuxieme Bureau me hicieron estudiar la zona francesa y las casbas hasta la ultima tienda de alfombras y el ultimo puesto de periodicos. Asi que siento como si realmente hubiera vivido alli.

– ?Y como es que habla usted tan bien frances?

– Mi padre sirvio aqui durante la Gran Guerra. Era medico. Despues, se

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