quedo para ayudar con la repatriacion de los soldados. Regreso a Australia convertido en un autentico francofilo, asi que contrato a un inmigrante frances para que fuera nuestro tutor. Desde que cumpli ocho anos hasta los doce, hablabamos frances en casa.

Me parecio divertida aquella historia.

– Su padre parece un hombre encantador y un poco excentrico.

– Lo era -respondio Roger-. No le estaba mintiendo cuando le conte que mis padres murieron en un accidente ferroviario y que me criaron mis abuelos. Sin embargo, he seguido hablando frances; esa ha sido mi manera de recordarle.

Caminamos por el campo mientras Bruno nos abria un sendero entre la hierba y Charlot y Princesse correteaban detras de las mariposas.

– ?Y que pasa con Tasmania? -le pregunte tras un momento.

Omiti que habia averiguado donde estaba aquel lugar echando un vistazo a hurtadillas en un atlas de una libreria de Marsella. Pensaba que era un pais diferente de Australia, como Nueva Zelanda, pero cuando lei los comentarios me entere de que era el estado mas al sur de Australia.

Roger me contemplo fijamente y arqueo las cejas.

– Estoy segura de que puede usted hablarme sobre Tasmania -le dije-. Asi, si me capturan los alemanes, podre darles unos buenos consejos turisticos.

Dejo escapar una gran carcajada, tan calida e intensa como su tono de voz.

– Supongo que no se trata de informacion vital, aunque los alemanes puedan albergar la intencion de invadir Tasmania.

– ?Y que encontraran si lo hacen? -le pregunte, cambiandome la jaula de Cherie del brazo derecho al izquierdo.

– Bueno, en el noroeste, donde yo creci, encontraran grandes zonas de cultivo con tierra volcanica. Al ir hacia el sur por la costa y el interior, se toparan con pueblos mineros y zonas de vegetacion virgen que nadie ha pisado jamas. Y en el noreste hallaran las plantaciones de lavanda mas grandes del hemisferio sur.

– ?Plantaciones de lavanda? ?Como las de aqui en Francia?

– Si, muy parecidas -respondio, mirando a su alrededor-. Siempre he querido conocer la Provenza. Y ahora aqui estoy, por cortesia de los alemanes.

– Pense que Australia era un desierto -comente, tratando de mencionar toda la informacion que habia leido para impresionar a Roger con mis conocimientos de su pais.

Nego con la cabeza.

– Hay parte que lo es. Pero no Tasmania.

– Me gustaria ir alli algun dia -afirme con decision, toda una declaracion de intenciones por parte de alguien que acababa de descubrir donde estaba el pais-. ?Hay alli teatros de variedades?

– En Sidney y en Melbourne, aunque primero tendriamos que terminar la guerra -me contesto sonriendo-. ?Queda mucho para llegar a su casa?

– No, no queda mucho -le respondi.

Me preguntaba si le estaria importunando por hacerle tantas preguntas. Pero cuando el a su vez me pregunto por mi ninez en la Provenza y por como habia llegado a ser una estrella en Paris, supuse que el tambien estaba disfrutando con la conversacion. Me sorprendio que me confesara que me habia visto actuar.

– Debio de ser en Londres, ?no?

– Y en Paris tambien. Pero la vi dos veces en Londres -me explico-. Estaba trabajando para la firma de abogados de mi tio en Inglaterra. Mis abuelos emigraron a Australia y mi padre nacio alli. Pero la parte de la familia de mi madre es inglesa cien por cien: son todos palidos de piel, debiles y muy endogamicos.

– No lo creo -replique, echandome a reir-. Mire que resistencia tan apasionada estan ofreciendo los britanicos. Ademas, yo admiro mucho a Churchill.

– ?En serio? -pregunto Roger-. Es un buen amigo de mi tio.

– Hace que los lideres franceses que nos han metido en esto parezcan muy poca cosa.

– La proxima vez que lo vea le transmitire lo que usted acaba de decir -me aseguro Roger-. Se alegrara, porque me consta que ha visto todas y cada una de sus peliculas. Fue mi madre la primera que nos vio cruzando los campos hacia la casa. Les estaba echando las sobras a las gallinas, con el cabello recogido hacia atras bajo un panuelo. Cuando llegamos al muro, levanto la barbilla como si estuviera olfateando nuestro olor por el aire y entonces se volvio con la mano haciendose visera sobre la frente, para darse sombra a los ojos.

– ?Simone!

Unos segundos mas tarde, tia Yvette y Bernard aparecieron en la puerta de la casa. Una de las ventanas en la casa de mi padre estaba abierta, y Minot y madame Ibert se asomaron por ella. Antes de que hubieramos llegado al patio, todos ellos se acercaron a nosotros. Mi madre se echo a mis brazos.

– No hemos sabido nada de ti durante el ultimo mes -dijo tia Yvette-. Hemos estado muy preocupados.

Le explique que las oficinas de correos habian cerrado durante la invasion y pregunte por monsieur Etienne y Odette. Me senti decepcionada al escuchar que no se habian puesto en contacto con Bernard. Entonces me di cuenta de que todo el mundo estaba mirando a Roger.

– Este es mi amigo Roger Delpierre -les explique.

Deje la presentacion ahi. No queria mentirles y decirles que Roger era mi director de escena o mi agente, pero alli de pie, bajo el sol, con tantas cosas de las que hablar, no parecia el momento adecuado para explicarles nuestra mision. Bernard le tendio la mano a Roger y todos le dieron la bienvenida.

– Y estos son Bruno, Princesse y Charlot -les dije, presentando a los perros.

Roger me cogio la jaula de la gata y la levanto en el aire.

– Y esta es Cherie, a la que Simone rescato en Paris.

Mi madre me contemplo fijamente y se agacho para acariciar a los perros. Senti que me ardian las mejillas. Por alguna razon, Roger me habia llamado «Simone», en lugar de «mademoiselle Fleurier». Quiza era porque yo le habia presentado como mi amigo, pero el efecto fue que nos puso a un nivel mucho mas intimo.

– Simone es la misma de siempre. Recoge mascotas alla por donde va -comento tia Yvette.

La cocina de tia Yvette habia cambiado tan poco como ella misma a lo largo de los anos. A medida que nos fuimos adentrando desordenadamente en ella para resguardarnos del calor exterior en su frescor, senti como si estuviera volviendo al pasado. Todavia flotaban en el ambiente los familiares aromas a romero y a aceite de oliva, y la multitud de ollas estaban colgadas de las vigas. Que lejos de alli parecia la guerra. Todo estaba igual que siempre. La madre de Minot estaba sentada a la mesa, comiendose un cuenco de sopa. A sus ochenta y siete anos tenia una mente muy despierta, aunque le tuvieron que recordar quien era yo. Kira se habia encaramado a uno de los armarios. Tan pronto como me vio, dejo escapar un maullido y corrio hacia mi. La levante y froto el morro contra mi mejilla, ronroneando.

– Esta es Kira, una de mis amigas mas antiguas -le explique a Rogen.

– Nunca habiamos tenido a tanta gente en la finca -comento Bernard, haciendonos un gesto para que nos sentaramos-. Pero, de todos modos, tenemos mucho sitio.

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