Levante la mirada y vi a Camille Casal contemplandome. El guardia trajo una silla y le limpio el polvo con un panuelo antes de permitir que Camille se sentara en ella. Se aliso la falda de seda sobre las piernas y le hizo un gesto con la cabeza al guardia para indicarle que podia marcharse. Tarde un momento en recuperarme de la sorpresa que me produjo su presencia alli. Sin embargo, adivine por que la habian enviado. Esperaban que, como ella era una «vieja amiga», pudiera sonsacarme mas informacion.

– Estas perdiendo el tiempo, Camille -le adverti-. No se nada sobre la red. Nunca me contaron nada.

Aquello no era estrictamente cierto; despues de todo, conocia a madame Ibert y a madame Goux, a los medicos, a Andre y a mi familia en Pays de Sault. Pero estaba lista para morir antes que delatar a ninguno de ellos.

Camille se revolvio en su asiento y se echo su chaqueta sobre los hombros, como si acabara de darse cuenta del frio que hacia en mi celda. Yo estaba tan entumecida que apenas podia sentir nada.

– Tu actitud hacia los alemanes es lo que te ha traido hasta aqui, Simone -me dijo-. Ya saben que tu no eres mas que un vinculo menor del movimiento de la Resistencia. Se han aprovechado de ti porque tu te has enamorado.

Su afirmacion me dejo atonita. Me sente en el camastro de paja y me apoye contra la pared. ?Era posible que los nazis realmente desconocieran el alcance de mi implicacion en la red? Quiza el doble agente habia estado jugando con ellos, protegiendo su apuesta por ambos bandos.

– Primero te negaste a actuar en Paris -continuo Camille y su voz resono por toda la celda-. Te mostraste dificil con la Propagandastaffel, desairaste la hospitalidad del coronel Von Loringhoven en Maxim's y despues te negaste a compartir con el un compartimento de tren.

Mi lenta, hambrienta y sedienta mente trato de seguirle el ritmo a la luz de los nuevos acontecimientos. ?Estaba en prision porque habia herido los sentimientos de un nazi?

– ?Por que estoy aqui? -le pregunte.

– Para que te enfrentes a tus propias responsabilidades -me respondio Camille, como si le estuviera reprendiendo a un nino rebelde-. Eres una artista muy famosa.

Percibi que estaba hablando tan alto para que la oyera el guardia del corredor. Pero ya habia confirmado lo que yo estaba pensando: no me habian encarcelado por mi implicacion con la red ni porque hubiera tratado de sacar a escondidas a dos judias de Paris. Eso no hizo que su afirmacion me sorprendiera menos.

– ?Que es lo que quieres, Camille?

Camille bajo la voz.

– Quiero ayudarte. Al coronel Von Loringhoven le gustaria hacer algo especial para contentar al general Oberg y que coincida con los desfiles de la victoria a finales de este mes. Ha sugerido que celebrar un concierto de la esquiva Simone Fleurier seria muy adecuado. «Cuando el mundo piensa en Paris, se imaginan la Torre Eiffel, la gastronomia, el amor y a Simone Fleurier», dijo. Te necesitan para poner de su parte a la gente.

Se me hizo un nudo en el estomago. Querian utilizarme del mismo modo que habian utilizado a Petain, para hacerle mas agradable al pueblo frances sus despreciables politicas. Karl Oberg era el responsable de las SS en Paris. Bajo su mando estaba Theodor Danneker, el oficial de las SS que supervisaba la deportacion de los judios. Yo me habia negado a cantar para los alemanes desde que ocuparon Paris y no tenia intencion de hacerlo ahora. Oberg y Danneker eran tan diabolicos como los pilotos que habian masacrado a aquellos ninos belgas. Eran asesinos despiadados. ?Que mensaje estaria enviando si cantara para ellos?

– ???No!!! -exclame.

Podian torturarme para sacarme nombres, pero de ninguna manera iban a obligarme a cantar.

Los ojos de Camille se estrecharon y me agarro con fuerza del brazo.

– Ya te lo he dicho, estoy intentando ayudarte. No pareces entender la situacion, Simone. Si te niegas, te fusilaran.

– Entonces tendran que fusilarme -le respondi.

El tono de conviccion de mi voz me sorprendio tanto como a Camille. No era valentia lo que me hizo decir aquello. Era el pensamiento de vivir habiendo hecho algo tan cobarde sin ninguna buena razon excepto la de salvar mi propio pellejo.

Camille se levanto de la silla y se paseo por la habitacion.

– Oh, ?ya estas otra vez! ?Eres tan santurrona, Simone! Siempre lo has sido. Mirate, ahi sentada con el pelo enredado y la ropa sucia. Mira en lo que te has convertido. ?Mira adonde te ha llevado tu mojigateria!

– Pues mirate tu, Camille Casal -le recrimine-. Mira en lo que te has convertido tu: ?eres una puta de los nazis!

Nos miramos fijamente la una a la otra. Se me ocurrio que era extrano que Camille y yo hubieramos llegado hasta ese punto: dos rivales con lealtades opuestas enfrentandose en una celda de una prision. ?Quien habria predicho tal cosa en la epoca en la que se nos consideraba solamente rivales sobre el escenario? No obstante, ya nada era normal.

Camille apreto los punos, pero le temblaron las manos.

– Quiza no me juzgarias tan duramente si te dijera que el padre de mi hija era judio -susurro-. Y, de momento, nadie lo sabe.

A medida que escuchaba a Camille, me di cuenta de algo. Los alemanes no podian fusilarme. Si estaban perdiendo el apoyo del pueblo frances, ?de que les serviria ejecutar a un respetado icono nacional como yo? Aunque Maurice Chevalier estaba actuando en Paris, habia evitado actuar en Alemania, a pesar de las repetidas veces que se lo habian pedido. Y, ademas, su esposa era judia. Empece a comprender la fuerza de mi poder de negociacion.

Me puse en pie lo mejor que pude, cojee hasta la silla de Camille y me sente en ella.

– La mujer y la nina que detuvieron conmigo…

– Han sido enviadas a Drancy. Las deportaran a Polonia.

Se me cayo el alma a los pies. Asi que habian descubierto a Odette y a la pequena Simone. Drancy era un campo de detencion frances que tenia muy mala reputacion por su crueldad. Rememore el agonico instante en el que atraparon a Odette en la estacion. Tuve que decidir si debia dejarla a su suerte o si podia servir a otra causa. Eso ya lo habia hecho una vez. ?Podia abandonarla de nuevo? Cerre los ojos. Me encontraba de pie junto al borde del abismo. Tenia la posibilidad de salvar a mi amiga y a su hija, pero eso supondria traicionar a mi pais para ello.

– ?Pueden salvarse? -le pregunte a Camille.

– No -respondio, cruzandose de brazos-. Las ordenes vienen directamente de Alemania.

Abri los ojos y la mire.

– ?Pueden salvarse si accedo a cantar?

Camille me sostuvo la mirada durante el tiempo suficiente como para que yo supiera que ahora si nos estabamos entendiendo.

Capitulo 33

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