Ahora tengo que irme, pero volvere a verte manana. Lo mejor que puedo hacer para honrar la memoria de Delpierre es acabar lo que el empezo. Derrotar a los alemanes y ganar esta guerra.
Durante los dias siguientes yaci en mi dormitorio escuchando el sonido de mis pulmones, que luchaban por conseguir aire. Andre habia dicho que la mejor manera de honrar la memoria de Roger era acabar lo que el habia empezado. Pero yo habia accedido a cantar para el alto mando de las SS. ?Podia ser peor mi traicion a Roger? En algun lugar entre el publico estaria el hombre que habia dado la orden de su ejecucion. ?De que servia ganar esta guerra si yo habia perdido a Roger? Habia abierto unas puertas de mi corazon que yo creia cerradas para siempre. Despues de amarle y perderle, ?que tipo de vida me quedaria por vivir? Mire fijamente el techo, las paredes, los muebles… Pero ninguno de ellos tenia respuestas para mi.
Dado que yo me encontraba bajo arresto domiciliario, le pedi a Andre que le contara a mi familia lo que habia sucedido. Le rogue que les indicara, por su propia seguridad y por la de los agentes a su cargo, que no se pusieran en contacto conmigo.
– Diles a mi madre, a tia Yvette, a Bernard, a madame Ibert y a los Meyer que no pasa ni un solo dia sin que piense en ellos.
Yo era un barco naufragando, haciendo aguas. Esta vez no habia ninguna posibilidad de retirarme a la finca en busca de consuelo. Tenia que seguir navegando. Tenia que cantar por las vidas de Odette y la pequena Simone.
Cuando madame Goux anuncio que habia llegado el pianista del Adriana para el ensayo, me quede totalmente estupefacta al ver aparecer a monsieur Dargent por la puerta de la sala de estar.
No habia cambiado ni lo mas minimo desde la ultima vez que lo vi en Le Chat Espiegle, hacia dieciseis anos. Llevaba un traje blanco con un clavel rosa en el ojal y su bigotillo curvilineo tan rigido y negro como siempre.
– ?Monsieur Dargent!
– ?Mire en lo que se ha convertido usted! -exclamo, alzando las manos-. ?La muchacha extrana que bailaba como una salvaje!
– Trate de ponerme en contacto con usted un par de veces -le dije-, para agradecerle que me diera mi primera oportunidad. Pero nunca he logrado seguirle la pista.
Profirio una de sus risas estertoreas.
– He estado viajando -me explico, tapandose la boca con la mano-, ?huyendo de los acreedores!
Algo en sus maneras me hizo sentir incomoda. Le conduje hasta la sala de estar.
– ?Asi que es usted el pianista que me acompanara en los ensayos?
– No -replico-. Soy el nuevo director del Adriana. Ahora me hago llamar Maxime Gaveau.
Se inclino en una reverencia mientras hacia una floritura con la mano.
Se me hundio el alma a los pies. Era un vulgar colaboracionista. El titular legitimo de aquel cargo era Minot y aun podria ocuparlo de no ser por los nazis. Pero me recorde a mi misma que no le haria ningun favor a la Resistencia si demostraba mi ira.
Monsieur Dargent se enderezo de nuevo y me entrego unas partituras.
– Estas son las canciones de sus espectaculos anteriores. He pensado que podriamos hacer una retrospectiva. Ademas, tambien he encargado que le escriban algunos numeros nuevos; tienen que ser aprobados primero por la Propagandastaffel. Eso nos proporcionara unos dias para ensayarlos antes del espectaculo.
No me alegre al oir aquello. Ya era bastante humillante tener que actuar para el alto mando enemigo, pero nunca habia tenido la intencion de cantar propaganda alemana.
Cuando el paquete de canciones llego varios dias mas tarde, lo abri con sombria aprension. Lei detenidamente las letras de cada cancion. Para mi alivio, parecian bastante inofensivas. Sin embargo, una de ellas me llamo la atencion porque era muy misteriosa:
Cuando mi amor se enfrie
te dejare por el calor de Africa.
Miraras hacia el este y tambien hacia el centro,
pero no me encontraras en la oscuridad de Africa,
a menos que me traigas la luz de tu antorcha
Con el paso de los anos habia aprendido a leer musica, por lo que toque la melodia en el piano con un solo dedo. Era una tonadilla suave. Los alemanes no permitian nada de
Monsieur Dargent vino a ensayar conmigo al dia siguiente. Hojeo las partituras y fruncio el ceno cuando vio la cancion sobre Africa.
– Mademoiselle Fleurier, ?no le dije que no cambiara ni una sola letra?
– No.
– ?No le dije que la Propagandastaffel las habia aprobado?
No lograba entender por que se estaba poniendo tan frenetico. Nada de lo que yo habia alterado representaba ninguna diferencia en el significado de la cancion. No recordaba que monsieur Dargent fuera tan puntilloso.
– Seguramente, la Propagandastaffel no podra oponerse a estos pequenos cambios, ?verdad? -le dije-. He cambiado la letra para que corresponda con la manera en la que quiero cantar la cancion.
La expresion de su rostro se ensombrecio. No logre interpretar aquello, pero parecia mas de preocupacion que de enfado. No anadio nada mas, pero cuando se marcho tras el ensayo apenas le oi despedirse.
La reaccion de monsieur Dargent me perturbo tanto que ensaye las canciones esa misma noche por mi cuenta, asegurandome de que no cambiaba ni una coma. Con el concierto a la vuelta de la esquina, y con las vidas de Odette y la pequena Simone pendiendo de un hilo, no tenia ni la menor intencion de oponerme a los nazis o, en su defecto, a los colaboracionistas.
Mi ultimo ensayo en el Adriana tuvo lugar uno de esos lugubres dias en los que el cielo de Paris se cubre de nubes y lo tine todo de un funebre gris. Recorri con la mirada el aterciopelado telon y el mobiliario art deco, los espejos y las puertas metalicas. La primera vez que cante alli, habia temblado de pies a cabeza por los nervios. Entonces pensaba que lo mas importante en el mundo era ser una estrella. Ahora no podia concentrarme en nada excepto en cuanto deseaba que se terminara la tortura de aquella noche lo mas rapido posible. Y si me hubiera preguntado a mi misma si me sentia satisfecha por haberme hecho famosa, me habria contestado que hubiera deseado ser cualquier otra persona antes que Simone Fleurier, «la mujer mas sensacional del mundo». Mi estrellato era un arma que los alemanes iban a utilizar contra Francia.
Me quede en el teatro el tiempo justo para ensayar mis canciones. Monsieur Dargent me mostro el programa, pero no me interesaba que iban a hacer los artistas en el resto de los numeros. Habia unos trapecistas austriacos, «de fama mundial», segun monsieur Dargent; una cantante de opera, «la mejor de Alemania»; y una tropa de cantantes y bailarines de cabare provenientes de Berlin. Era ironico que yo, con mi bronceado aspecto mediterraneo, fuera a protagonizar un espectaculo entre tantos perfectos
