Hice lo que me dijo y ella me peino las pestanas con un cepillito minusculo.
– ?Que te parece? -pregunto, girandome la cara hacia el espejo. Parecia una muneca en el escaparate de una tienda, con largas pestanas y boquita de pinon.
– Gracias -le dije, agradeciendole a Camille no tanto el maquillaje sino los cinco minutos de amabilidad que me habia dedicado; sola a mi corta edad, los necesitaba.
Camille asintio.
– No seas un animal debil, Simone -me advirtio-. Mi madre lo era. Por eso dejo que mi padre le pegara hasta que acabo por matarla.
Me pregunte si Camille confiaba en mi. Quiza estaba cansada de ricos pretendientes y de los tipejos que rondaban la puerta de artistas aullando tras ella cada noche despues del espectaculo.
Camille debio de contarle a monsieur Dargent lo que habia sucedido, porque a la noche siguiente me trasladaron al camerino numero tres. La estancia estaba ocupada por Fabienne Boyer, la pechugona
– ?El publico de hoy es
Las ronchas en las palmas de sus manos y en el dorso de sus piernas me ponian nerviosa, pero las quemaduras de la cuerda no les solian molestar. Se secaron el sudor con toallas y se frotaron la piel con aceite de oliva y unguento de lavanda.
– Gracias a la temporada turistica es por lo que tenemos tanta audiencia -nos explico Fabienne a traves de la celosia.
La division del camerino habia sido idea suya, pero no a causa de que fuera altiva, sino por consideracion hacia nosotras, pues recibia muchas visitas. Las pantallas no aislaban el sonido, y las hermanas Zo-Zo y yo teniamos que contener la risa cuando Fabienne practicaba sus ejercicios de calentamiento: «Maaaa… Meeee… Miiii… Moooo… Muuuu…».
La unica cualidad que su chillona voz poseia era que lograba mantenerse bastante tiempo en una nota sin desafinar, pero nadie venia a ver a Fabienne por sus capacidades como cantante. Era su rostro vivaracho y su fabulosa figura lo que incitaba a las multitudes. Las
Aunque la conversacion de los admiradores de Fabienne siempre era discreta -«Mademoiselle Boyer, al aparecer usted en escena, mi corazon se llena de alegria, es usted magnifica»-, habia algo presuntuoso en aquellos hombres que me ponia la piel de gallina. Le daban las buenas noches a Fabienne, le besaban la mano y caminaban con aire arrogante hacia la puerta, girandose para hacer una ultima reverencia, siempre con un brillo en los ojos que me recordaba a la mirada de un lobo. Unos minutos mas tarde, Fabienne fingia un bostezo y anunciaba que tenia que irse a casa.
– Pronto vendran a visitarte a ti, Simone -me dijo Fabienne una noche, rociando en el aire su perfume de lilas.
Era su manera educada de camuflar el olor a sudor con un toque de cebolla que las chicas Zo-Zo traian despues de actuar.
Le agradeci a Fabienne sus palabras de animo, aunque la atencion de los hombres no era lo primero que tenia en mente. Y no es que fuera una mojigata. Habia nacido en una finca y, a diferencia de las historias que las coristas inglesas nos contaban, mis padres nunca me habian prohibido salir al campo cuando los animales se apareaban. Desde siempre, habia conocido los «secretos de la vida». Pero me producia terror la historia sobre que a Madeleine la hubieran obligado a abortar o la idea de ver mi destino vinculado a los caprichos de un hombre. Si aquel era el precio por estar con el sexo opuesto, yo no queria pagarlo.
Sin embargo, un deseo que era mas fuerte que el sexo recorria mis venas. Cada noche, ansiaba el sonido del aplauso del publico y no me sentia saciada hasta que no habia recibido como minimo dos bises. Estaba a punto de cumplir quince anos y ya sabia lo que queria ser en la vida: y no era precisamente corista comica de segunda fila. Si no podia lograr convertirme en una gran belleza del escenario, al menos queria llegar a alcanzar la fama como cantante.
Durante la antepenultima noche del espectaculo
– Reunete conmigo en mi camerino -me dijo mientras recogia el borde de su tunica y desaparecia como una diosa que acabara de emitir una orden.
Ascendi penosamente las escaleras, casi chocandome con Claude el mago, que estaba tratando de bajar con la jaula de su pajaro balanceandose en una mano y su mesa de cartas bajo el otro brazo. Espere en mi camerino hasta que escuche a Camille canturreando por el pasillo y el sonido del pestillo de su puerta. No tenia ni la menor idea de por que nos estabamos comportando de una manera tan discreta.
– Pasa -me dijo, haciendome un gesto para que entrara cuando llame a la puerta.
La cerro a mis espaldas y yo me pare en seco. Durante un momento, pense que me encontraba en el camerino de otra persona. El habitual desorden de Camille no se veia por ninguna parte: no habia ropa interior sobre las sillas ni plumas ni zapatos tirados por el suelo, tampoco collares de perlas ni panuelos sobresaliendo de los cajones del tocador. La unica prenda de ropa visible era un vestido color carmesi colgado de la puerta del armario.
– Has recogido -comente, fijandome en la maleta junto al tocador:
Camille se volvio hacia donde yo miraba.
– Ah, eso -respondio-. Siempre me gusta empaquetar mis cosas al final de cada temporada. Luego lo sacare todo de nuevo el dia del estreno de la nueva representacion.
Asenti. Cada artista tenia su propio ritual supersticioso. El mio era besar el medallon que contenia la fotografia de mis padres antes de salir a escena. Fabienne se persignaba antes de su numero y las hermanas Zo-Zo chocaban las manos y pisoteaban el suelo. Albert me conto que el empresario teatral Samuel el Magnifico se presentaba todas las noches de estreno con un sombrero apolillado y una barba de dos dias. Pensaba que acicalarse para la ocasion traeria mala suerte a la compania. Nuestras vidas eran tan precarias que necesitabamos algun tipo de ritual para mantener cierta sensacion de estabilidad.
La voz apagada del cantante masculino, Marcel Sorel, penetro por la pared. Estaba hablando con monsieur Dargent.
– En el proximo espectaculo quiero el ultimo numero del primer acto - le dijo.
– ?Por que? -pregunto monsieur Dargent-. ?Tienes algun compromiso con otro teatro? Ya sabes que eso seria romper tu contrato.
Camille bajo la voz.
– Escucha, Simone, monsieur Gosling me ha pedido que te pregunte si quieres venir con nosotros a cenar manana por la noche.
– ?Yo?
