No comprendi lo que queria decir.

– ?Puedo ver a tio Gerome? -le pregunte a mi tia.

Tia Yvette dudo.

– No se si te reconocera.

– Me gustaria verle de todos modos -replique.

Segui a tia Yvette escaleras arriba al dormitorio al final del pasillo. Empujo la puerta para abrirla y me hizo un gesto para que entrara. Tio Gerome estaba recostado en la cama, sujeto por una montana de almohadas y cubierto hasta la cintura por una colcha. Las tablas del suelo crujieron bajo mis pies. Mire a mis espaldas, suponiendo que tia Yvette aun se encontraba alli. Pero se habia marchado, dejando la puerta entornada. Oi como se reunia con mi madre y Bernard en la cocina.

Me acerque poco a poco a la cama, esperando que tio Gerome se despertara o mirara hacia donde yo estaba. Pero no se movio. Habia un crucifijo sobre la cama y una fotografia de mi padre en la mesilla de noche. Tarde unos segundos en reunir el valor necesario para mirar a tio Gerome a la cara. La llevaba totalmente afeitada, pero, aunque hubiera seguido teniendo bigote, no creo que le hubiera reconocido. Yacia postrado como un cadaver, el color habia desaparecido de sus mejillas y tenia la mirada fija en el techo. Los unicos signos de vida en el eran que el pecho le subia y bajaba al respirar y que parpadeaba de vez en cuando. El infarto habia afectado al lado izquierdo de su cuerpo. Su boca se torcia hacia abajo en una mueca como si un hilo invisible le tirara de la comisura izquierda. Los musculos alrededor del ojo se habian hundido. La rodilla izquierda se le doblaba hacia el exterior y tenia el puno cerrado junto a ella. Vacile y las manos se me volvieron de hielo. El parecido con mi padre era extraordinario. Tuve que relajar la respiracion antes de dar un paso mas hacia el.

– Tio Gerome -susurre.

Dirigio una mirada titubeante en mi direccion, pero no pude interpretar su expresion. Tenia los nervios del cuello rigidos, y los brazos y manos estaban esqueleticos. No tenia ni idea de si sentia alegria u horror por verme, ni tan siquiera si me habia reconocido.

Un ruido gutural le subio por la garganta, como si estuviera tratando de hablar. Le habian enrollado una toalla alrededor del cuello para enjugar la baba que le caia desde la boca por la barbilla.

– Tio Gerome -repeti, aunque no tenia idea de que queria decirle.

El ruido gutural se intensifico. Aquel hombre tumbado en la cama no era feroz, sino fragil. El infarto habia sido como una bomba, habia detonado en su interior. Por el modo en el que su cuerpo se habia contorsionado y retorcido para perder su forma natural, parecia como si lo hubieran vuelto del reves. Quiza lo que estaba viendo alli era su torturada alma, que habia brotado a la superficie.

La tarde siguiente visite la tumba de mi padre en el cementerio de la aldea. Era la lapida mas nueva entre las tumbas maltratadas por el tiempo y las criptas asimetricas. Un lagarto que tomaba el sol en una piedra cercana salio disparado cuando me puse en cuclillas sobre la hierba seca.

Aspire el aroma del cementerio -una extrana combinacion de moho, romero y tomillo- y pense en lo cerca que se habia quedado mi padre de conseguir su sueno y en lo rapido que nos lo habian arrebatado. Aunque me sentia feliz de volver a ver a mi familia, me desesperaba la idea de quedarme para siempre en la finca. La vida en Le Chat Espiegle lo habia cambiado todo, y ver a tio Gerome me habia ayudado a comprender que si no aprovechaba las ocasiones que la vida me brindara cuando se me presentaran, quiza no hubiera una nueva oportunidad.

Cerre los ojos, imaginando la sonrisa de mi padre. «Paris», susurre. «Vete alli -le escuche diciendome-. Vete y dale una oportunidad a tu sueno».

Abri los ojos y mire a mi alrededor. No habia nadie a la vista, pero habia escuchado claramente la voz de mi padre. Recorri con el dedo su nombre sobre la lapida -Pierre Gustave Fleurier- y despues contemple las tumbas circundantes, algunas eran modestas y otras eran imponentes. Habia acudido al cementerio en busca de una respuesta y eso era precisamente lo que habia encontrado.

Contemple a mi madre mientras cortaba las alcachofas para la cena. Mi tia era la cocinera y la artista en la cocina, pero mi madre era la hechicera. Le cantaba al agua hirviendo sobre el fuego y manipulaba las verduras con esmero y perfeccionismo. Tenia la capacidad de aplicar su magia a las tareas mas mundanas.

De vez en cuando, mi madre se volvia y le contaba a Bonbon cosas en patois sobre la finca, sobre la cosecha de lavanda o sobre lo que estaba haciendo.

– Pelo las alcachofas asi y las corto lo mas uniformemente que puedo, ?ves? -le decia, ensenandole a Bonbon una rodaja para que la inspeccionara.

Mi madre le hablaba a Bonbon mas de lo que yo la habia visto hablar con nadie.

– Mama, Bernard te ha hablado sobre el espectaculo en Marsella, ?verdad?

Mi madre miro a sus espaldas.

– Me ha contado que eres muy buena.

No habia ningun deje de censura en su tono. Por ser una mujer que se habia pasado toda la vida en el campo, habia muy pocas situaciones en las que mi madre mostrara aprobacion o desaprobacion. Parecia aceptar todas las cosas por si mismas.

Le conte como habia acabado trabajando en el teatro de variedades, le hable sobre Bonbon y Camille, sobre monsieur Dargent, madame Tarasova y Zephora. Luego le explique la historia de Michel Etienne y de su oferta para representarme si iba a Paris.

– Yo soy como Bernard -le dije, mirandome las manos-, solo que todo lo contrario. No pertenezco a este lugar, sino a la ciudad.

Mi madre senalo con la cabeza los campos de lavanda.

– Si que perteneces a este lugar, Simone. Este es tu hogar. La tierra de la que procedes. Siempre perteneceras a este lugar y siempre seras bienvenida. Vete a Paris, ve y dale una oportunidad a tu sueno. Ha quedado algun dinero de la ultima cosecha para el billete de tren y para ayudarte con el alquiler de unas cuantas semanas. Pero si no sale bien, quiero que me prometas que regresaras.

Le eche los brazos al cuello y enterre la cara en su hombro. Habia pronunciado las mismas palabras que habia oido en el cementerio. Mi madre conocia tan bien a mi padre que resultaba extraordinario.

– ?Pero que pasa con Bernard y tia Yvette? -le pregunte-. ?Como se las arreglara tia Yvette sin mi?

– Quedate este invierno, si puedes -me contesto mi madre-. Despues, habra muchas chicas buscando trabajo. Contrataremos ayuda para la casa si la necesitamos. No malgastes tu vida en tio Gerome, no le debemos nada.

Aquella noche durante la cena, mi madre anuncio que yo me marcharia a Paris cuando llegara la primavera. Aunque tia Yvette se sorprendio, pronto cambio de opinion cuando Bernard describio mi actuacion en Marsella.

– Bueno, en ese caso -comento tia Yvette, sacudiendo la cabeza y tratando de asimilar la noticia-, tengo alguna ropa de ciudad que no voy a necesitar, asi que se la puedo dar a Simone para el viaje.

Bese a mi tia. En cualquier otra situacion, habria sentido lastima por ella. Sabia que nunca habia deseado vivir en la finca. Pero en aquella epoca, parecia contentarse con la compania de Bernard y de mi madre. Sin embargo, si que senti una punzada de tristeza por mi madre. Justo cuando nuestra relacion se estaba volviendo mas intima, yo me marcharia.

Bonbon dejo escapar un aullido. Mi madre le sonrio y le hizo cosquillas detras de las orejas.

– Bonbon dice que puedes irte a Paris con una condicion -me dijo, con una mirada traviesa en los ojos.

– ?Y que condicion es esa? -le pregunte.

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