– Quiere quedarse. Le gusta vivir aqui.

Todos nos echamos a reir al oir aquella afirmacion.

SEGUNDA PARTE

Capitulo 8

Llegue a Paris en febrero de 1924, donde me recibieron un cielo gris y una humedad en el ambiente que no lograron desanimarme. Permaneci de pie en el anden de la Gare de Lyon, contemplando a los mozos de estacion que iban de aqui para alla cargando sus carritos con el equipaje de mujeres ataviadas con estolas de zorro plateado y hombres con sombreros y guantes de gamuza. Me ardian las aletas de la nariz por el hollin del tren y me zumbaban los oidos con las emocionadas voces de amantes abrazandose, familias reuniendose y hombres de negocios estrechandose la mano. No conocia a nadie en la ciudad aparte de a monsieur Etienne, que habia contestado a la carta de Bernard para aconsejarme que viniera a Paris con suficiente dinero como para mantenerme un mes. Pero sentia el corazon henchido por la certeza de que mi vida iba a cambiar para siempre.

Examine las instrucciones garabateadas que monsieur Etienne me habia enviado para indicarme como llegar, con el metro, hasta su oficina en la orilla izquierda del Sena. Sin embargo, me descorazone al ver la cola que serpenteaba frente a las taquillas y las multitudes que entraban y salian dandose empujones. Al menos en el tranvia de Marsella podia ver adonde me dirigia. Necesitaria tiempo para acostumbrarme a la idea de viajar bajo tierra. Abri el monedero y comprobe los francos que llevaba, aunque sabia perfectamente cuanto dinero tenia, y despues busque la cola de los taxis. Paris merecia que la viera por primera vez en taxi, aunque tuviera que saltarme cuatro comidas para permitirmelo. Uno de los revisores del tren me indico que estaban en la salida principal. Mi despilfarro del «primer dia en Paris» no incluia darle propina a un mozo, asi que arrastre mi baul, tirando de las correas, hacia la entrada de la estacion. Cuando abandone la finca para marcharme a Marsella solo llevaba ropa. Pero para Paris, tia Yvette habia insistido en que tambien me llevara sabanas y otros utensilios domesticos. Queria que ahorrara dinero, pero el dolor en los brazos y los hombros por tener que llevar a rastras el baul me hizo comprender que ahorrar podia llegar a ser una carga.

Solo habia dos hombres y una joven pareja esperando para coger un taxi y no paso mucho tiempo hasta que uno se paro junto a mi.

– Rue Saint Dominique -le dije al conductor, que se apeo del taxi para ayudarme con el equipaje.

Introdujo mi baul en el maletero e hizo una mueca.

– ?Pardon, mademoiselle?

Repeti mi destino y cuando vi que seguia sin entenderme, le mostre la tarjeta en la que venia escrita la direccion.

– Ab, oui -exclamo, tocandose la gorra-. Usted debe de ser del sur. Por eso no la comprendia.

Me pregunte entonces como era posible que yo si le entendiera a el.

El calor en el interior del taxi era como un refugio desde el que podia contemplar el centelleante mundo del exterior. Estire el cuello todo lo que pude para admirar los vistosos edificios con sus enrejados de hierro forjado y sus tejados inclinados. Paris era mas sombria que Marsella, pero tambien mas elegante. Marsella se me habia quedado grabada en la mente por sus tonalidades turquesa y amarillo girasol, mientras que las de Paris eran mas perla y nacar. La ciudad tenia algo de funerario, con aquellos bulevares bordeados de platanos desnudos y los adoquines brillantes y resbaladizos. De hecho, pasamos por delante de varias tiendas que vendian urnas, tumbas y angeles de marmol; muchas mas que las que habia visto jamas en el sur. Pero no habia venido a Paris a morirme, asi que enseguida imagenes mas optimistas de la ciudad captaron mi atencion. Pasamos por delante de calles llenas de tiendas. Un tendero salio de su establecimiento y miro esperanzadamente arriba y abajo de la calle. Se soplo en el hueco de las manos y llamo la atencion de un grupo de mujeres con bufandas y abrigos que pasaban por la acera. Ellas le devolvieron el saludo y se detuvieron para inspeccionar los puerros y las patatas. En la tienda contigua, una florista se afanaba en ordenar las flores del escaparate. Los jacintos y las campanillas tenian un aspecto tan vivo y apetecible como el de las zanahorias y las espinacas de la tienda vecina. Me encanto ver a ambos comerciantes concentrados en sus negocios cotidianos, eran como dos rayos de luz en un dia nublado.

Mi alegria se duplico cuando pasamos junto al suntuoso Louvre y, de nuevo, cuando minutos mas tarde volvimos a cruzar las aguas pardas del Sena. La emocion me coloreo las mejillas. «Ya estoy aqui -pense-, por fin estoy aqui».

Los parisinos se habian echado a la calle en la orilla izquierda. Hombres de dos en dos caminaban por las aceras ataviados con trajes azul marino y bufandas color beis, y sus lustrosos zapatos brillaban intensamente. Las mujeres llevaban abrigos con cinturones ajustados a las caderas, cuellos con solapa o encajes en las mangas con ribetes rusos. Yo pensaba que tenia un aspecto elegante con la falda plisada y el abrigo de lana de tia Yvette, pero en comparacion con la gente del exterior, mi apariencia era tan monotona como la de una paloma entre pavos reales.

A pesar del frio, en la mesa de la terraza de un cafe se arremolinaba un grupo de hombres en torno a un brasero, paladeando sus cafes cremes como si estuvieran bebiendo el conac mas exquisito. La manga vacia de uno de los hombres estaba abotonada a la altura del hombro, las muletas de otro se apoyaban contra su silla. Incluso al camarero que les atendia le faltaba una oreja. Habia visto a muchos heridos de guerra en Marsella, pero en Paris veria a cientos mas. A mi me hacian pensar en mi padre; para los demas eran un recordatorio de los horrores de la guerra en un pais que deseaba olvidar.

– Rue Saint Dominique -anuncio el taxista, aparcando frente a un edificio con enormes ventanas de marcos tallados y un tejado azul inclinado.

No le regatee el precio de la carrera, aunque era el doble de lo que yo habia anticipado y, ademas, le di al taxista una buena propina. «Pronto estare ganando mucho dinero», me dije para mis adentros mientras salia a la calle e inhalaba por primera vez el aire de Paris.

La puerta principal era de roble y tenia un aspecto tan macizo como el del ataud de un presidente. No tenia ninguna aldaba ni campana, asi que empuje la puerta con una mano y tire de mi baul con la otra. Mis ojos tardaron unos instantes en ajustarse a la penumbra del vestibulo. En el extremo opuesto del portal estaba la portera, tricotando. A pesar del ruido que hice al arrastrar mi baul y del golpe que dio la puerta al cerrarse, no levanto la vista de su labor.

– Pardon, madame -salude mientras me alisaba la falda y el abrigo-. Estoy buscando a monsieur Etienne.

La mujer me dirigio una mirada por encima de sus gafas.

– Apartamento tres, quinto piso -murmuro, antes de concentrarse de nuevo en su labor.

Su contestacion habia sido tan breve -no me habia dicho ni «mademoiselle» ni «bonjour»- que vacile. Queria preguntarle si le importaba vigilar mi baul para que no tuviera que arrastrarlo escaleras arriba.

– ?Puedo dejar esto aqui? -le pregunte.

Esta vez ni siquiera interrumpio el movimiento de las agujas.

– Subalo con usted -me respondio-. Esto no es un hotel.

Habia un ascensor en el vestibulo con un fragmento de alfombra roja

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