galantes y me ayudaron a subir y bajar del autobus: primero, un hombre de mediana edad me subio el baul por las escaleras del vehiculo y, al final, un par de estudiantes de mejillas sonrosadas lo bajaron bruscamente cuando el autobus se aproximo a mi parada en la interseccion entre el Boulevard Raspail y la Rue de Rennes.

– Mademoiselle, nosotros la ayudaremos -me dijeron, levantando el equipaje sobre los hombros e insistiendo en llevarmelo hasta la reja de entrada del edificio.

– Tambien podemos subirselo por las escaleras -me ofrecio uno de los dos.

Su acompanante asintio con la cabeza, pero me dio demasiada verguenza pedirles mas ayuda, asi que menti y les dije que tenia un amigo en el edificio que me ayudaria.

– Bueno, pues entonces, adios -me dijeron los estudiantes saludandome con la mano, dandose media vuelta hacia la calle-. ?Buena suerte en Paris!

– Merci beaucoup! -les grite-. ?Son ustedes muy amables!

La reja estaba abierta y se tambaleo sobre sus bisagras cuando la empuje para abrirla. Me limpie el oxido de las manos y arrastre el baul tras de mi. Las sombras de los edificios circundantes caian sobre el patio, que estaba lleno de zapatos viejos y macetas rotas. Los parterres ajardinados eran una marana de plantas mustias y enredaderas secas, tan estropeadas que no tenia ni idea de que eran. Me tape la nariz para no respirar el hedor a excrementos de perro y a alcantarilla. Senti la tentacion de dejar alli el baul mientras buscaba la habitacion, pero cambie de idea cuando vi los vidrios rotos de las ventanas y la ropa andrajosa colgada de las cuerdas de tender.

Los numeros de los cuartos estaban pintados con trazos torcidos en cada uno de los edificios que rodeaban el patio. Los apartamentos del siete al catorce se encontraban en la parte posterior. Cruce el pano y entre en el edificio por debajo de un arco. El vestibulo apenas estaba iluminado y desprendia un olor aun mas acre a excrementos de perro y a moho, junto con una penetrante peste a vino agrio. Inspeccione el hueco de la escalera y me prepare para subir arrastrando el baul por aquellos estrechos escalones, con la esperanza de que a nadie se le ocurriera bajar en ese momento. Alguien cantaba y me animo escuchar la sonoridad de aquella voz. Pero me abochorne al distinguir la letra de la cancion:

Me gusta sentarme a la ventana dia tras dia

aqui en Paris, tan hermoso y alegre,

viendo a las chicas pasar por la calle.

Quiero darles un trato especial.

Venid aqui, hermosas,

y ensenadle a papa las tetitas…

La puerta del apartamento numero nueve estaba medio podrida y le faltaban unas tiras de madera en la base. Me tantee el bolsillo del abrigo en busca de la llave que monsieur Etienne me habia entregado y abri la cerradura. La puerta estaba atrancada, asi que tuve que cargar mi peso contra ella para que se abriera, por lo que entre trastabillando en la habitacion. Lo primero que vi fueron los excrementos de paloma resbalando por la ventana.

La habitacion era al mismo tiempo mejor y peor de lo que me esperaba. Era mejor porque en comparacion con la sombria habitacion que ocupaba en Le Panier, esta contaba con dos grandes ventanales que la inundaban de luz; y era peor porque el frio se filtraba por las paredes. Deseaba tener un sitio acogedor en el que descansar, pero en el interior de aquella habitacion hacia mas frio que en la calle. Por lo menos, el hedor del patio no llegaba hasta alli; mas bien, el aire estaba impregnado por el olor a agua estancada y a alcanfor.

Arrastre el baul hasta la estructura de hierro de la cama, y la arenilla crujio bajo mis pies. La cama era el unico mueble que habia, ademas de un pequeno lavabo. Monsieur Etienne me habia dicho que habia un retrete en cada planta, pero que el edificio no tenia bano. Si queria banarme, tendria que caminar tres manzanas hasta los banos publicos y pagar unos pocos francos para ponerme en remojo veinte minutos. Pero yo ya sabia que las mujeres parisinas eran famosas por salir de sus apartamentos limpias y perfectamente acicaladas tras lavarse con poco mas que una manopla y un cubo de agua. Lo llamaban «banarse por partes». Me parecia bien, pero ?como podria calentar el agua? Habia un largo conducto de calefaccion que recorria la pared desde el techo hasta el suelo entre las dos ventanas. Lo toque; estaba tibio. Me resigne a que aquella seria la unica calefaccion que tendria en la habitacion y rece para que por las noches le subieran la temperatura.

Me tumbe en la cama, aunque no tenia colchon. Los muelles crujieron bajo mi peso. Me puse de lado y doble las piernas. Solo llevaba unas horas en Paris y ya estaba agotada. Rasque un pegote de polvo de la pared y lo solte en el aire. La mota de polvo giro durante un momento antes de flotar hasta el suelo. La soledad se apodero de mi. Pense en mi madre, en tia Yvette y en Bernard. Estaban a kilometros de distancia de mi en aquellos momentos. Cerre los ojos, todavia sintiendo el movimiento del tren acunandome. Queria echarme solo unos minutos, pero acabe quedandome profundamente dormida.

Me levante con un dolor agudo en el brazo derecho, donde habia hecho presion contra los muelles de la cama. La temperatura de la habitacion habia descendido varios grados. Me frote los ojos, oscile las piernas hasta el suelo y deje escapar un grunido. El sol se estaba poniendo por detras de los tejados y las chimeneas. Contaba con haber podido limpiar la habitacion y haber comprado un colchon, pero se me habia hecho tarde. Mi estomago emitio un sonido de protesta. Decidi que lo mejor que podia hacer era ir a buscar algo de comer.

El trafico que iba y venia por la calle me hizo recuperar la emocion de estar en Paris. Pasee por el Boulevard Raspail, aspirando el aroma de las castanas asadas que los castaneros ambulantes vendian en conos de papel. Me pare un momento frente a la estacion de metro de Vavin, convencida de poder notar el traqueteo de los trenes que pasaban bajo tierra, antes de encaminarme hasta el Boulevard du Montparnasse, donde los cafes estaban repletos y los clientes se desperdigaban por las terrazas, calentandose con braseros. En el cruce resonaban sus conversaciones y el tintineo de sus copas de vino. Cuando pase por delante del Cafe Dome, percibi el olorcillo de mejillones cocidos y mantequilla fundida. Por el aspecto distinguido de los clientes, di por hecho que no podria permitirme tomar alli ni siquiera un cafe creme.

Segui andando tranquilamente, con las manos metidas en los bolsillos e imaginandome vividamente una sopa de calabaza acompanada de media jarra de vino tinto para reactivarme la circulacion. La boca se me hizo agua ante la anticipacion de la dulzura granulada de i a calabaza, cuando me encontre frente a un cafe con un menu barato en el ventanal. El interior estaba lleno hasta los topes de estudiantes, que pedian a voz en grito bebidas y raciones de patatas fritas. El aire era caliente, pero no hubiera sabido decir si se debia a la calefaccion o a todos aquellos cuerpos que atestaban la sala. Habia un monton de boinas y abrigos de lana en las perchas junto a la puerta. Me desabroche el abrigo, pero decidi no quitarmelo hasta que no hubiera entrado en calor.

Un camarero con aspecto espanol me mostro una mesa en la esquina, cerca del puesto de periodicos y revistas. No habia sopa de calabaza en el menu, pero me sugirio que pidiera la de cebolla en su lugar y que probara el pate con el pan. Acepte su consejo y mire a mi alrededor. El piso inferior del cafe estaba compuesto por una barra de zinc, banquetas y unas pocas mesas. El nivel intermedio tenia mesas corridas y bancos. Estire el cuello para ver hasta donde llegaba la segunda planta y me sorprendio descubrir alli un grupo de estudiantes acurrucados con libros y cuadernos de notas extendidos frente a ellos. Me pregunte si podrian concentrarse con todo el ruido de la multitud del primer piso. Quiza se alojaban en edificios tan frios como el mio y les resultaba mas facil estudiar en un cafe ruidoso que temblando en el silencio de sus habitaciones.

Llego mi comida. Aunque tenia mucha hambre, comi despacio, dejando que la calidez de la sopa me llegara hasta los dedos de las manos y de los pies. Me quede en el cafe todo el tiempo que pude prolongar la comida, temiendo el momento en el que tuviera que salir de nuevo al aire helador. Habia gente abriendose paso a empujones por la puerta y algunos clientes llegaron a tomar asiento en las escaleras. Pero incluso despues de rebanar el plato hasta dejarlo reluciente el camarero no me pidio que cediera

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